— ¿Me dice usted que han logrado recrear un dinosaurio casi con un noventa por ciento de éxito? —preguntó el octogenario Pangloss a Ramón Sattori, líder del proyecto 19-DX. Éste, treinta años menor, de carácter apático y gris, apenas abrió la boca para responder casi en un susurro:
—Es una mejora genética, Dr. Pangloss. Extrajimos restos de ADN de una especie exobiológica del meteorito que cayó en Venezuela…
—Sí, lo recuerdo. San Silvestre, Venezuela, 1961.
El doctor Pangloss se reclinó en su mecedora.
—Maldición, muchacho. Se suponía que el meteorito estaba en manos de una corporación extranjera. De extraterrestres.
—Daxzaxianos, doctor. Este Baryonyx representa el sueño de diez años de investigación en ZAGREB LABS. Utilizamos líquido cefalorraquídeo de varanos y cobras para concretar la formación cerebral del dinosaurio.
Ambos guardaron silencio. La vieja casa estilo americano pertenecía a Benito Pangloss, exdirector de ZAGREB LABS. Ahora retirado, recibía noticias de su antiguo pupilo, el gris genetista Ramón Sattori. El aprendiz no había ido hasta allí solo para anunciarle el hallazgo. Dio un largo suspiro mientras revisaba su reloj de pulsera.
—El… dinosaurio escapó hace una hora, doctor. Fue una carnicería. Mató a todos los integrantes del proyecto 19-DX, excepto a mí.
Pangloss cerró los ojos y se llevó las manos al rostro antes de levantarse de la mecedora. Comenzó a maldecir en una mezcla de español y yidis. Luego tomó una tableta de una mesita cercana.
—A esto me refería, muchacho: el mapa de sondeo mostraba el ADN de un organismo con una extraordinaria capacidad para moldear la estructura de los universos múltiples. Lo que llamamos mundos paralelos no sería una simple ventana en el cosmos; estos malditos extraterrestres podían abrir compuertas industriales a la vasta negrura sideral.
Ramón se limpió las gafas con un pañuelo. Pangloss notó que le temblaba la mano.
—Yo modifiqué algunas hebras del ADN original daxzaxiano, doctor. Todos en ZAGREB LABS estuvieron al tanto de eso.
El octogenario tiró con fuerza de la camisa de Ramón.
—¡No! El director recibió el pago de un extranjero, muchacho. Un inglés que pagó para que el Baryonyx conservara en su totalidad los genes originales extraídos del meteorito.
—Dios…
—¡No es Dios, Ramón, es una abominación! El inglés estaba dispuesto a comprar el dinosaurio por una suma astronómica de dinero
—El sistema de contención no falló por un error humano, Ramón —dijo Pangloss, tecleando a toda prisa en la tableta—. La secuencia base daxzaxiana no solo metaboliza tejido vivo, sino que altera la carga fotónica a su alrededor. El espécimen no rompió la cerca; distorsionó las métricas de espacio-tiempo para atravesarla.
El rugido no llegó desde el aire, sino desde las paredes mismas de la residencia de Pangloss. La realidad comenzó a astillarse como cristal mal templado.
Ante la mirada estupefacta de Ramón y del viejo doctor, el aire del patio trasero se rasgó. Una fisura purpúrea y resplandeciente se abrió sobre el césped fino, seguida inmediatamente por otra de un azul fluorescente y una tercera que vibraba en un tono amarillo enfermizo. Las métricas del espacio-tiempo colapsaban bajo la carga fotónica de la secuencia daxzaxiana.
De las brechas comenzaron a emerger.
No eran simples réplicas. De un portal brotó un Baryonyx de escamas iridiscentes y extremidades asimétricas, cuyo lomo cresta de espinas duplicadas desafiaba toda biología terrestre. De otra hendidura surgió un ejemplar alado, de un negro absoluto que parecía absorber la luz del sol, con mandíbulas alargadas en geometrías imposibles. Un tercero, albino y gigante, de simetría perfecta y ojos rojos como brasas, pisó el concreto dejando huellas de vapor denso.
El mensaje era absoluto e innegable: el Baryonyx no era un escape aislado; era una invasión multiversal. Había llegado a la urbanización Abraxas para quedarse.
A lo lejos, el eco de los portales rotos retumbó en las mansiones vecinas. Las personas más ricachonas de Abraxas, ataviadas en sus ropas de seda y joyas, salieron atemorizadas a sus balcones y jardines. El terror paralizó sus rostros refinados al contemplar la jauría interdimensional de depredadores que se adueñaba de sus calles privadas.
En medio del silencio lúgubre que siguió al caos, las bestias alzaron sus hocicos al unísono. Inhalaron profundo.
Podían olerlo. OLIAN LA CARNE.
-Este es su nuevo hábitat, Ramón…su nuevo hábitat.-susurró Pangloss antes de cerrar los ojos.
AUTOR: DIONY SCANDELA (VENEZUELA)
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Diony Scandela. Escritor aficionado nacido en Venezuela, el 3 de julio de 1993. Iniciado formalmente en la escritura con la novela «Perros de la Prehistoria», autor de varios cuentos y relatos, siendo los más conocidos «Zorobabel», «Alienación», «La abominación desoladora» y «Al Dios no conocido»; reconoce en sus trabajos influencias de Jorge Luis Borges, Edgar Allan Poe, Horacio Quiroga y Dan Brown. Cristiano convencido, es fiel lector de la Biblia. Actualmente dirige la Revista Paladín, un fanzine dedicado a la literatura de género.
Correo: dionyscandela@gmail.com
