COLUMNA DOMINICAL
¡QUE SE JODAN LOS METALEROS!
Por: Julián David Rincón Rivera (Colombia)
Correo electrónico: rinconriverajulian@gmail.com

—No me gusta Maiden…
Me dijo un metalero que encontré un día en la calle. Caminaba despacio, como contando los pasos. Avanzaba con precaución, como temiendo perder el equilibrio. Parecía perdido, buscando algo. Yo, por el contrario, andaba con paso rápido, decidido y contundente. Iba tarde para el trabajo. Me reconoció por el pelo largo y la ropa negra.
—¿Metalero? —me preguntó.
No supe qué responder. Descubrió mi desconcierto. Creo que alcanzó a ver que lo estaba sufriendo.
—Rockero entonces —dijo por fin, como queriendo salvarme de esa incómoda e injusta paradoja.
—Más metalero que Rockero —terminé por confesarle.
Su nombre es Mauricio. No es un nombre muy metalero. Andrés, por el contrario, es un nombre muy metalero. No conozco a muchos Andrés, sin embargo, la mayoría de los que conozco se caracterizan como metaleros. Si bien a Mauricio el nombre no le queda, lo compensa con la pinta: ropa negra, chaqueta de cuero, parches de sus bandas favoritas y chivera. Lo único que le falta es el pelo largo, pero creo que la edad es un impedimento al cual no le puede hacer frente. No lo digo por una presunta o presumible alopecia. He conocido a muchos metaleros de pelo largo que el sistema se los ha comido. Terminan siendo hombres comunes y corrientes de corte a la medida, peinado pulcro, traje, corbata y zapatos relucientes. Horario de oficina, transporte público, trancones, estrés, deudas y cansancio. La música se les reconoce en un particular gesto en la boca que parece una sonrisa dolorosa cuando la escuchan. Son como esos personajes de la canción “Rockeros muertos” de las 1280 almas. Solo personas que han tomado una decisión. Tan simple como eso.
Mauricio parece un metalero auténtico, o eso procura. El problema es que ser un metalero auténtico tiene sus riesgos. Él los acaba de sufrir. El día inmediatamente anterior discutió con su mujer. Como resultado del altercado, lo echaron de su casa. La noche anterior fue la primera que tuvo que enfrentar en la calle. Sin resguardo, amparo o cobijo. Lo echaron como perro hambriento y regañado, con unos pocos pesos en los bolsillos y una maleta de hombro en la que quién sabe qué alcanzó a guardar.
—Gasté lo poco que tenía en un barcito de barrio muy Chucu Chucu.
Se refiere a esas típicas cantinas de barrio con mujeres de buen mirar atendiendo, sillas y mesas plásticas con patrocinio de la productora de cerveza. Las botellas se van acumulando a medida que pasa el tiempo y el alcohol hace sus efectos en los consumidores sentados. El olor a orina que se escapa de la vigilancia de las paredes del baño hace de ambientador en el establecimiento, favoreciendo la embriaguez y el aturdimiento de los borrachines que depositan los pocos pesos de sus cortos salarios en las amables y pícaras atenciones de la mujer que administra. Una rockola de moneda en un rincón del lugar y que parece mera decoración sirve para hacer del consumo algo distraído, ameno y alegre.
—Me tocó poner Metallica. Era lo único que había en la rockola.
Mauricio habla de Metallica como si de una resignación se tratara. Evidentemente, un metalero es mucho más que simplemente Metallica. Uno puede pensar, ingenuamente, que las prioridades de un metalero suenan a Slayer, Black Sabbath, Sepultura, Judas Priest o Motorhead. Sin embargo, Mauricio demuestra que para un metalero estas bandas son solo del montón. Sus gustos más propios y particulares circundan nombres que yo en la vida he escuchado. Y eso que me digo “conocedor”, en un sentido musical. Mejor dicho, en lo referente al metal.
—Y también tengo mi propia banda…
Un metalero que se respete trasciende su gusto y pasión en algo más que simplemente el placer de escucharlo. Llega un momento en la vida de un metalero en que la simple escucha se queda corta. Necesita vivir la experiencia, o por lo menos simularla. De esta manera, empieza un proceso de aprendizaje impulsado por su gusto y pasión. La práctica se convierte en una segunda forma de escucha, disfrute y experimentación de la música. Progresivamente, comprende que puede imitar todo aquello que tanto lo entusiasma, apasiona y enloquece. Su adiestramiento lo lleva a componer sus propias melodías. Los más disciplinados, osados y perseverantes se convierten en leyendas en sí mismas, tal cual esos mastodontes que han aprendido a escuchar e imitar durante su vida. Mauricio, tal parece, ha seguido al pie de la letra los pasos y procedimientos. Que se quedara estancado en el insignificante hecho de compartir su música en barcillos de barrio y fiestas de amigos son circunstancias que se salen de su control y entendimiento. Que aun y a pesar de todo lo siga haciendo es algo para reconocer y admirar. Tengo toda la intención de admirarlo por resistirse a ser lo que es. Sin embargo, apenas lo he conocido. Bien dicen que una imagen vale más que mil palabras. Al mismo tiempo, afirman que una impresión puede ser un simple engaño. Necesito algo que me confirme que Mauricio, realmente, es un metalero, aun y a pesar de todo.
—También tengo un dilema muy grande.
Mauricio lo dice haciendo una pausa que le da más drama y misterio al asunto. Mira alrededor, como previendo que alguien más lo escuche. Luego, me mira fijamente. Toma aire de manera lenta y concienzuda. Todo alrededor queda atrapado en el dramatismo del momento. El tiempo se ha detenido. Se acerca un poco y finalmente lo suelta.
—No me gusta Maiden hermano…
Se trata de una confesión. Una dura, difícil y pesada. A Mauricio le pesa el hecho de no gustar de Iron Maiden. Se le nota. Después de su confesión, su expresión se aligera un poco. Es como si se hubiera liberado de algo que lleva amarrado en su interior. Aun así, lo que no se le quita de la cara es la expresión de incomodidad por reconocer que no gusta de Iron Maiden. De igual forma, no es la primera vez que lo confiesa. Después de la confesión, espera el veredicto en forma de reprimenda o juzgamiento.
—¿Usted cree que eso está mal? —le pregunto.
—No lo sé. Pero muchos amigos me han criticado por ello.
La crítica parece algo anticuado e injusto. Aun así, no deja de ser un hecho muy curioso que, para un metalero, en el sentido más estricto de la palabra, tal cual como parece ser Mauricio, no le guste Iron Maiden. Una de las bandas más icónicas y representativas del género. Maiden es culto, todo el mundo los conoce. En este sentido, el pecado no debería recaer en el hecho de no gustar de Maiden, sino de no conocerlos. No se lo digo directamente a Mauricio. A esas alturas, ya lo había dejado atrás. Recuerden que iba tarde para el trabajo. Prioricé el horario y la responsabilidad de mi trabajo antes que una charla casual y amena con un metalero que me encontré una mañana en la calle. Eso puede decir mucho de mí. Si bien no me genera ningún tipo de remordimiento ahora mismo, tengo la ligera sospecha de que, a largo plazo, puede ser algo de lo cual me arrepienta. En un sentido muy estricto, eso me hace uno de los “rockeros muertos” de las 1280 almas. Mejor dicho, un metalero muerto. Sin embargo, el apelativo no me genera nada, ya que nunca me he considerado como un metalero. De hecho, la experiencia con Mauricio me ha dejado algo claro: no quiero ser ningún metalero.
Si llevo puesta una camiseta de Metallica, no pretendo cargar la obligación de conocer toda la discografía de la banda. Si me llaman “poser” por llevar una camiseta de una banda que escucho a medias, esporádicamente, que se jodan los metaleros. Si me gusta la ropa negra y el metal, y mi gente lo sabe bien. ¿Debo negar sus obsequios y regalos solo por quedar bien con los “verdaderos metaleros”?
Tampoco me interesa tener un conocimiento profundo y especializado del género. Para demostrarlo, todas las mañanas despierto con la misma canción de Gojira, que hace de despertador. Tampoco me da vergüenza reconocer que en mi lista de reproducción hay muchas cosas más que simplemente rock y metal. Claro que escucho algo de vallenato, pop, punk y salsa. No necesito buscar bandas rebuscadas para demostrar mi conocimiento del metal. Tampoco pretendo negar el aprecio y la influencia que el Nu Metal (el reggaetón con guitarras, como algunos metaleros llaman a este género) tiene para mí. Crecí escuchando Korn, Limp Bizkit, Linkin Park, Slipknot, System, Papa Roach, Disturbed y no dejaré de hacerlo.
Aunque me fascina el metal, escucho metal y tiendo a adquirir los hábitos, costumbres y comportamientos de un metalero, no pretendo dejar que una cultura defina la forma como vivo, disfruto, siento y escucho la música.
Hace poco, leí otro aparente “capricho” metalero que me pareció un tanto anticuado y ridículo, según el cual, los verdaderos metaleros escuchan música en YouTube, antes que Spotify. ¿La razón? En Spotify solo se encuentran las bandas más populares y comercialmente importantes. En este sentido, la escucha y reproducción de la música en esta plataforma conlleva a llenarle los bolsillos a los que los tienen bien llenos. En su lugar, las bandas emergentes y poco comerciales, pero seguramente muy valiosas y talentosas musicalmente hablando, solo pueden ofrecer su contenido en YouTube. Algo muy real, valioso y justificado. Aun así, adivinen en cual plataforma escucho música.
Esta situación, inevitablemente, me lleva a recordar a Freud y su libro Psicología de las masas. Freud sugiere que las personas tienden a cambiar su comportamiento cuando forman parte de una multitud o colectivo, llevándolos a perder su individualidad.
Desde mi experiencia con Mauricio y el apelativo como metalero, identifico que el grupo ejerce un poder sobre sus miembros. Más concretamente, influenciando su comportamiento y la toma de decisiones. Dada la necesidad de pertenencia e identidad que desarrollan las personas, los individuos pueden traicionar sus propios principios y valores con tal de ser parte del grupo. Esto es normal y natural. A fin de cuentas, somos seres sociables. De igual forma, muchos grupos saben de este poder e influencia, sacando provecho de ello. Por esta razón, pretenden inculcar en los miembros del grupo la fidelidad al mismo. Dicha fidelidad puede ser una trampa disfrazada de bien necesario. Muchos grupos, con tal de asegurar dicha fidelidad, pueden exigir a sus miembros cierto grado de compromiso o convenio. En estos casos, se puede hablar de coerción disimulada por parte del grupo sobre sus miembros. Muchas personas, con tal de asegurar su pertenencia en ese conglomerado que los acoge y adopta, optan por traicionar sus propios principios y valores. El grupo limita y restringe la individualidad. Aunque la fidelidad del grupo puede tomar connotaciones coercitivas, no necesariamente debe ser algo completamente malo o evitable. Lo dicho, la pertenencia a un grupo es una necesidad innegable en el ser humano. No pretendo restringirla o limitarla. De hecho, existe algo mucho más peligroso que la fidelidad: el fanatismo.
Digámoslo de esta manera: la fidelidad puede interpretarse como la justa medida en términos de influencia. Algo que se puede evitar pero que en sí mismo no debería ser totalmente perjudicial. Por su parte, el fanatismo es la práctica que sobrepasa esta medida justa y saludable. Es el extremo más perjudicial y peligroso. Lo peor de todo es que un fanático difícilmente es capaz de reconocer su condición de extrema fidelidad.
Ahora bien, si digo ser Metalero, debo cumplir con ciertos “criterios y comportamientos”, que pueden perjudicar la manera en la cual consumo y disfruto la música. Antes que la necesidad de hacer parte de un grupo social, para desarrollar un sentido de identidad, prefiero desarrollar un individualismo auténtico y transparente que se aleje por completo de todos los convencionalismos de la cultura metalera. No pretendo adoptar un cúmulo de “reglas” que limiten o perjudiquen mi experiencia con la música. Quiero escuchar la música que disfruto a mi propia manera. No me interesa si es correcto, inadecuado, inapropiado o anticuado.
¡Que se jodan los metaleros!
AUTOR: JULIÁN DAVID RINCÓN RIVERA (COLOMBIA)
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Julián David Rincón Rivera, segundo de dos hijos, nacido en Bogotá, Colombia el 7 de abril de 1994. Profesional de Cultura Física, Deporte y Recreación.
Lector apasionado, escritor por elección, músico por diversión.
Cuenta con tres publicaciones antológicas con la editorial ITA, además de dos publicaciones en proceso, también de carácter antológico, con factor literario y la editorial mítico.
Con varias publicaciones en revistas de américa latina, encuentra en la escritura el mejor sustento para su vida.
Instagram: @relatero_literal
