COLUMNA DOMINICAL
EL SILENCIO DE LOS BUENOS
Por: Carmen Rovira Bernal (Colombia)
Correo electrónico: rovirabernalcarmen@gmail.com

En estos tiempos, cuando tantas personas buscan proteger su energía, cuidar sus pensamientos y preservar su tranquilidad, el silencio parece haberse convertido en un refugio. Algunos consideran que la mejor manera de alejarse de lo negativo es evitar las noticias, ignorar los conflictos y apartar la mirada de lo que sucede a su alrededor.
Pero ¿hasta qué punto esa postura protege nuestro bienestar y en qué momento se convierte en indiferencia?
Cuidar nuestra salud emocional es necesario. Sin embargo, cuando ese cuidado nos lleva a cerrar el corazón ante el sufrimiento ajeno, debemos preguntarnos si estamos defendiendo nuestra paz o justificando una vida centrada únicamente en nosotros mismos. La religión y la filosofía ofrecen elementos para abordar esta cuestión.
Desde la perspectiva cristiana, la Biblia enseña que ignorar el sufrimiento del prójimo, cuando tenemos la posibilidad de ayudar, contradice el amor que Dios nos llama a vivir. La compasión debe expresarse también en acciones.
En 1 Juan 3:17–18 se cuestiona cómo puede permanecer el amor de Dios en quien tiene recursos, ve a su hermano en necesidad y le cierra el corazón. La invitación es clara: amar con hechos y de verdad. Esa enseñanza cobra vida en la parábola del buen samaritano, en Lucas 10:25–37. Mientras un sacerdote y un levita pasan de largo ante un hombre herido, el samaritano se detiene, lo atiende y se hace cargo de su cuidado. Jesús lo presenta como ejemplo de lo que significa hacerse prójimo.
Santiago 2:15–17 también advierte sobre una fe que ofrece palabras de consuelo, pero no responde a la necesidad de quien carece de ropa o alimento. Romanos 12:15 nos invita a alegrarnos con quienes se alegran y a llorar con quienes lloran. Y en Mateo 25:35–45, Jesús vincula el trato hacia las personas hambrientas, enfermas, extranjeras y encarceladas con el trato hacia él mismo.
Estas enseñanzas no exigen que una sola persona resuelva todo el dolor del mundo. Nos llaman a responder según nuestras posibilidades: escuchar, acompañar, compartir, buscar ayuda o defender a quien está siendo maltratado.
La filosofía, aunque reúne perspectivas diversas, también plantea que el sufrimiento del otro nos interpela moralmente.
Para Aristóteles, nuestra manera de actuar contribuye a formar nuestro carácter. La generosidad, la justicia y la prudencia orientan una vida virtuosa y nos ayudan a responder adecuadamente a las necesidades ajenas. Desde la ética de Kant, ayudar a los demás constituye un deber, aunque exista un margen para decidir cómo cumplirlo. Adoptar la indiferencia como regla resulta incompatible con ese compromiso.
El utilitarismo nos invita a considerar el sufrimiento que nuestras decisiones pueden evitar. Peter Singer sostiene que, si podemos impedir algo muy malo sin sacrificar algo de importancia comparable, tenemos una obligación moral de hacerlo. La ética del cuidado pone el énfasis en la atención, la escucha y la respuesta a necesidades concretas. Emmanuel Levinas sitúa la responsabilidad ante el otro en el centro de la reflexión ética. Incluso el estoicismo, que enseña a reconocer los límites de nuestro control, permite unir la serenidad con la justicia y la solidaridad.
Estas perspectivas difieren sobre el alcance de nuestras obligaciones, pero nos permiten reconocer una distinción fundamental: no poder ayudar es distinto de negarse a mirar.
Escribo sobre el silencio de los buenos porque el mundo arde. Las guerras destruyen vidas, separan familias y someten a comunidades enteras al hambre, al miedo y al desplazamiento. Ante ese sufrimiento, me preocupa que el silencio se convierta en una forma de evitar cualquier compromiso con el cambio.
Es cierto que necesitamos cultivar pensamientos que nos sostengan, crear nuevas ideas y conservar la esperanza. Para quienes creemos en Dios, la fe también es una fuente de fortaleza. Pero debemos preguntarnos si estamos utilizando esos principios para justificar el desinterés por los demás. ¿Qué ocurre cuando la búsqueda de bienestar personal ocupa tanto espacio que ya no deja lugar para la solidaridad?
Ignorar una tragedia no garantiza que termine. Apartar la mirada tampoco devuelve la paz a quienes la han perdido. Me preocupa que nuestra indiferencia contribuya a prolongar el abandono de quienes sufren y reduzca la presión pública sobre quienes tienen la responsabilidad de proteger la vida.
Necesitamos recordarles a quienes toman decisiones —en los países en guerra, en América Latina y en cualquier lugar donde existan persecución y violencia— que el mundo no les pertenece y que la vida de sus habitantes no está a su disposición.
Romper el silencio puede adoptar muchas formas: informarnos con responsabilidad, apoyar iniciativas humanitarias, acompañar a una persona, denunciar una injusticia o exigir respuestas a quienes ejercen el poder. Nuestra voz, unida a otras, puede abrir espacio a la defensa de la vida frente a quienes promueven la violencia.
Necesitamos ser capaces de preguntar: «¿Cómo puedo ayudar?». Y de afirmar, en voz alta, que nadie, sin importar su color de piel, su origen o su ubicación geográfica, merece morir por las armas o por el hambre provocada por una guerra.
Merecemos un mundo mejor, y construirlo requiere un esfuerzo compartido. Los lugares que hoy sufren la guerra también conocieron tiempos de paz. Esa realidad debería recordarnos que ningún lugar está completamente a salvo de la violencia y que la tranquilidad que hoy disfrutamos también necesita cuidado y responsabilidad.
Si algún día fuéramos nosotros quienes padeciéramos la opresión, necesitaríamos que otras personas alzaran la voz, rompieran el silencio y reclamaran protección para nuestras vidas.
Por eso, la pregunta ética permanece abierta y nos compromete personalmente:
«Ahora que conozco este sufrimiento, ¿qué respuesta está a mi alcance y qué razones tengo para actuar o pasar de largo?»
CARMEN ROVIRA BERNAL (COLOMBIA)
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Carmen Rovira Bernal, nacida el 4 de octubre de 1984 al frente del mar caribe, rodeada de la magia de las montañas de la Sierra Nevada, que no permiten que la brisa fluya en el municipio de Ciénaga – Magdalena (Colombia).
Activista Política, Administradora de Empresas de la UNAD, con diplomado en Derechos Humanos. Estudiante de inglés y noruego.
Fiel creyente que la pobreza solo se supera con acceso a la educación.
Escritora de poemas y novelas desde niña aun sin publicar.
