COLUMNA DOMINICAL
MASACRE SOCIAL Y AMBIENTAL
Por: Julián David Rincón Rivera (Colombia)
Correo electrónico: rinconriverajulian@gmail.com

El 9 de noviembre del año 2025, Luis fue interceptado y atacado con un arma de fuego por un hombre en las inmediaciones de la zona rural del municipio de San Zenón, Magdalena. Fue atendido por los cuerpos de socorro, pero ya era muy tarde. Luis había muerto.
El 30 de noviembre del año 2025, Elizabeth fue sorprendida por dos hombres que entraron a la fuerza a su vivienda en la vereda la Laguna, Riohacha, la Guajira. La sacaron a rastras de su casa para propinarle dos disparos que acabaron con su vida.
El 25 de noviembre del año 2025, Eduardo fue interceptado por dos hombres mientras se trasladaba en motocicleta por la vía que conecta La Plata con Neiva. Los dos hombres iban armados. Dispararon múltiples veces a la espalda de Eduardo. Aún y a pesar de ser auxiliado por un grupo de bomberos voluntarios de La Plata, murió en el Hospital San Sebastián debido a la gravedad de sus heridas. Tenía 34 años.
El 2 de diciembre del año 2025, dos hombres que se movilizaban en motocicleta llegaron a la casa de Darly, ubicada en el corregimiento de El Sitio, municipio de El Roble, departamento de Sucre. Preguntaron por ella. Al salir, los sujetos dispararon siete veces a Darly, causándole la muerte en el acto. Tenía 43 años.
El 3 de agosto del año 2025, Astrid realizaba algunas compras cerca del parque principal en el corregimiento de El Plateado, en Argelia, Cauca. Fue interceptada y atacada con arma de fuego por un par de hombres. Murió en el acto. Tenía 35 años.
El 18 de julio del año 2025, dos hombres irrumpieron en la casa de Aída, ubicada en el municipio de Morales, Cauca. Al ingresar, buscaron y atacaron a la mujer con armas de fuego, produciéndole la muerte.
Luis, Elizabeth, Eduardo, Darly, Astrid y Aida. Todos ellos tienen algo en común. Eran líderes sociales y ambientales que fueron vil, sucia, cruel y cobardemente asesinados a causa de su lucha por su pueblo, sus territorios, sus comunidades y sus derechos. Al igual que ellos, otras 31 personas, todos ellos líderes sociales y ambientales, fueron asesinadas en el país a lo largo del año 2025 (Global Witness).
Global Witness es una organización internacional no gubernamental fundada en 1993 que investiga y denuncia los abusos contra el medio ambiente y los derechos humanos en todo el mundo. Desde el año 2012, esta organización publica informes anuales relacionados con el asesinato y la desaparición de líderes defensores de la tierra y el medio ambiente a nivel mundial. Según estos reportes, Colombia ostenta el no muy envidiable registro de ser el país con más asesinatos de líderes sociales y ambientales en el mundo. No es cosa de uno o dos años. Colombia ha liderado sistemáticamente el ranking de los países más mortales para estos líderes en los últimos años. En este sentido, podemos hablar de una marca registrada. Gústenos o no, es una realidad que tenemos que asumir.
El último reporte, publicado el 16 de septiembre del 2026, informa que, en el año 2025, al menos 124 personas defensoras del medio ambiente y el territorio fueron asesinadas por proteger sus tierras y sus derechos. Colombia, como ya se dijo, encabeza la lista con 39 personas asesinadas. Le siguen Brasil con 26 personas y Filipinas con 12. Aunque los 39 asesinatos reportados suponen un descenso con respecto a los 48 registrados el año inmediatamente anterior (2024), son números que ponen en evidencia la vulnerabilidad de estas personas.
Las estadísticas y los datos demuestran que en América Latina se concentra la mayor parte de los casos que se documentaron en 2025. De hecho, esta es una tendencia que se viene repitiendo desde hace más de una década. Los casos registrados en esta región representan el 85% del total de casos registrados a nivel mundial el año pasado. Adicionalmente, casi la mitad de las personas asesinadas en el territorio colombiano eran indígenas, y otras 15 eran campesinas. Como reflejo de ello, 35 de las 39 muertes estuvieron relacionadas con conflictos por la tierra.
La organización, de igual forma, advierte que estos números y registros son una estimación. Seguramente, este número puede ser mucho más alto, debido a todos aquellos casos de asesinatos o desapariciones que por una y otra razón no fueron y no han sido registrados. Sirva de confirmación a lo anteriormente dicho, o bien para incomodar o inquietar más. Indepaz, un instituto enfocado en el estudio para el desarrollo y la paz, cuenta con unas cifras que estiman un total de 187 personas asesinadas en Colombia, todas ellas líderes sociales y defensores de derechos humanos en el año 2025.
Aún y a pesar de esto, su tragedia se siente muy lejos. Aquí llega un eco muy leve, muy suave, acaso un ligero susurro que dice que algo grave está ocurriendo en los territorios asediados por el conflicto armado, donde la atención de la población y los medios no llega, donde el olvido y la indiferencia se sienta en la mesa, como pan de cada día.
¡Qué lástima! ¡Qué pesar!
Que todos esos nombres, registros, descripciones, sucesos, horrores, no se sientan aquí. Gritan en ese silencio que es más grande que ellos mismos, que se los comen.
¿Es que no son de aquí? ¿Cómo no serlo? Si son mis ojos, mis labios, mi carne, mi sangre, mi corazón. No quiero perderlos, no quiero dejarlos. Pero es que no los siento. Son como una hoja más que se lleva el viento del fuego eterno y lento que es la vida, la historia del hombre. Lo que siento es lo que vivo. La lluvia de todos estos meses. De noche y de madrugada. La lluvia que es ese rocío que arrastra el viento. La lluvia que pega en carne viva al cuello, que siempre está descubierto.
Esa indiferencia y apatía es lo que duele, atosiga e incomoda. Pero es inevitable, es innegable. ¿Imperdonable? En ciertos momentos lo es, pero en otros tantos… parece algo injusto. El resultado es un esfuerzo enorme, prácticamente sobrehumano, por el simple hecho de desconocerlo, ignorarlo.
¿La tragedia sería la misma si tocara la puerta de nuestra propia morada?
Uno pensaría que no, que la tragedia tomaría otras formas, más reales y palpables. Uno pensaría, más sin embargo no lo desearía. Sería justo decir que no se le desearía a nadie, pero la tragedia existe, y a alguien le debe tocar. Pero la tragedia nos toca cerca, casi de manera indirecta. Toca en la puerta de al lado, y sin embargo no la sentimos, no la sufrimos, no la vivimos, ¿O es que no lo queremos así?
¡Qué lejos! ¡Qué diferentes! ¡Qué extraños somos ahora!
Quiero sufrir su tragedia, pero no puedo. No la siento.
Joan Carling. Mujer activista y ambientalista indígena de origen filipino. Actual directora de la organización por los derechos de los pueblos indígenas internacionales. Con una larga trayectoria y varios reconocimientos por su labor. Es una voz que se debe escuchar, a la cual se le debe prestar atención, a la cual hay que tomar en serio. En su discurso, habla de un acontecimiento, en el año 1980. El gobierno filipino, con la intención de hacer una represa, militarizó y asesinó a varios líderes indígenas que se oponían a dicho proyecto que, según Carling, “amenazaba con inundar territorios ancestrales y desplazar a cientos de miles de personas de diferentes pueblos indígenas”.
El gobierno filipino, como justificación a sus actos, argumentó que todas las personas que se oponían al proyecto se oponían, a su vez, al desarrollo. Para Carling, la justificación que el gobierno filipino implementó en su momento es el mismo mecanismo que hoy en día muchas empresas y autoridades implementan contra los pueblos indígenas: obstruir el camino hacia el progreso.
¿De qué progreso están hablando?
Para Carling, a los pueblos indígenas se les ignora deliberadamente de todas las tomas de decisiones referentes a estrategias y vías para combatir el cambio climático. En consecuencia, los proyectos y recursos que se presentan como “soluciones” acaban provocando despojos de tierras, desalojos y violencia.
—Justo lo contrario a lo que se necesita— dice Carling.
De igual forma, insiste en la necesidad de ofrecer a los grupos indígenas su lugar en la toma de decisiones sobre el clima, considerando todos sus conocimientos y el largo bagaje en su relación con el planeta y sus recursos. Ciertamente, Carling habla de un lugar de “privilegio”, dada su función como guardianes de la tierra.
“Nuestra opinión debería influir en las políticas que se adoptan en el centro del poder.”
Sin embargo, antes que una forma de integración o incorporación de estas comunidades que buscan promover el dialogo y la disertación, Carling denuncia el asesinato sistemático de todos aquellos miembros de la comunidad indígena a nivel mundial que tratan, por todos los medios, proteger sus territorios y ecosistemas. Esa es la respuesta que la comunidad internacional les ofrece. Para Carling, los asesinatos son sólo la punta de un “Iceberg oculto” de lo que ella llama “agresiones no letales”, entre las que se pueden citar la criminalización, las amenazas, las campañas de desprestigio, entre otras.
No deja de ser curioso, a este respecto, cómo los protectores y defensores de derechos humanos y ambientales deben lidiar contra la corriente por algo que se supone es un derecho y beneficio de todos.
Hablamos de una masacre no solo social.
En la puerta de un cuarto de una casa quinta, tienen un termómetro digital que registra la temperatura ambiente. Aunque la fiabilidad del aparato es discutible, sirve para hacerse a una idea de la temperatura. El calor es intenso. Pesa, cansa y agota. El termómetro registra 38°.
—Eso no es nada —dice el administrador—. Un par de días atrás, el termómetro indicó 43°.
El hecho le sirve para referir los estragos de los incendios forestales que impactaron la región. El aire que se respiraba era caliente, seco, con olor a chamuscado y lleno de partículas que se pegaban al baldosín blanco de los cuartos, la cocina y los baños. En las noches, se podía escuchar el rugir de las llamas consumiendo miles de hectáreas de prados y bosques. El resultado, prados secos, quemados y muertos. El ganado rebuscándoselas para encontrar algo que comer. Restricciones en el servicio de agua por falta de lluvias, además de múltiples súplicas para que llueva después de cinco meses de sequía.
AUTOR: JULIÁN DAVID RINCÓN RIVERA (COLOMBIA)
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Julián David Rincón Rivera, segundo de dos hijos, nacido en Bogotá, Colombia el 7 de abril de 1994. Profesional de Cultura Física, Deporte y Recreación.
Lector apasionado, escritor por elección, músico por diversión.
Cuenta con tres publicaciones antológicas con la editorial ITA, además de dos publicaciones en proceso, también de carácter antológico, con factor literario y la editorial mítico.
Con varias publicaciones en revistas de américa latina, encuentra en la escritura el mejor sustento para su vida.
Instagram: @relatero_literal
