Voces Rebeldes | Entre los relojes
Francisco Araya Pizarro (Chile)
Cuento
¿Puede la memoria conservar aquello que una sociedad decidió olvidar? ¿Es posible que los recuerdos de quienes nos precedieron permanezcan vivos, incluso cuando desconocemos su historia?
En esta nueva entrega de Voces Rebeldes, de Escritores Rebeldes, presentamos «Entre los relojes», un cuento del escritor chileno Francisco Araya Pizarro que nos conduce por los territorios del misterio, la memoria colectiva y los silencios heredados.
La historia comienza con un reloj detenido a las 4:10 desde hace treinta años. Lo que parece una simple curiosidad cotidiana se convierte en el punto de partida de una inquietante exploración del pasado. Amparo Lozano, protagonista del relato, descubre que sus sueños y los de otros habitantes de la villa podrían estar relacionados con un acontecimiento que nadie recuerda con claridad.
Entre archivos olvidados, nombres que regresan del silencio y las huellas de una aldea desaparecida, el autor construye una narración que invita a reflexionar sobre las heridas de la historia y la necesidad de recuperar las voces que alguna vez fueron silenciadas.
«Entre los relojes» nos recuerda que el pasado no siempre desaparece cuando dejamos de nombrarlo. A veces permanece esperando que alguien se atreva a escucharlo.
Desde Escritores Rebeldes agradecemos a Francisco Araya Pizarro por compartir una nueva creación literaria con nuestros lectores y enriquecer este espacio de encuentro entre escritores de diferentes países.
¿Crees que podemos heredar recuerdos, temores o silencios de generaciones anteriores, incluso sin conocer sus historias?
Te invitamos a descubrir este cuento y compartir tus reflexiones.
ENTRE LOS RELOJES
En la villa, el reloj de la estación llevaba treinta años marcando las 4:10, y nadie había sentido nunca la necesidad de arreglarlo. Fue Amparo Lozano quien lo notó primero, un jueves de octubre, cuando bajó del autobús con la bolsa del pan y se quedó mirando las manecillas como si acabaran de decirle una grosería.
—Siempre han estado así —le dijo el quiosquero, sin levantar la vista del periódico.
—Ya lo sé. Pero hoy me ha dado pena.
Eso fue todo. No supo explicarlo mejor. Una pena sin dueño, de esas que llegan sin avisar y se sientan a la mesa como un pariente que nadie invitó. Caminó hasta casa con la sensación de haber olvidado algo en el fogón, aunque vivía sola desde hacía once años y llevaba la cocina con una disciplina de relojera.
Esa noche volvió a soñar con la guerra. No era una guerra que ella hubiera vivido. Amparo había nacido en 1974, en un pueblo del interior, en un país que llevaba décadas sin disparar un tiro. Y, sin embargo, en el sueño había trincheras de barro rojo, un cielo del color de la ceniza mojada y un silbido agudo que bajaba desde las nubes. Alguien le gritaba un nombre al oído. Ella corría con un fusil que no sabía manejar y, justo antes de despertar, siempre sentía lo mismo: una mano soltándose de la suya.
Se incorporó en la cama, con el camisón empapado. La ventana estaba abierta y entraba el olor del campo, a rastrojo y a tierra fría. Encendió la luz. Sobre la mesilla, el despertador marcaba las 4:10… Se quedó un rato mirándolo. Luego lo apagó y no volvió a dormirse.
Al principio creyó que le pasaba solo a ella, y eso la avergonzó más que el sueño. Pero en la villa los secretos duran lo que dura una cola en la panadería.
—A mi marido le pasa —le dijo Remedios, la panadera, mientras envolvía una barra de pan—. Se despierta gritando que no lo dejen. Que no lo dejen, repite. Y no sabe quién.
—¿Y qué dice el médico?
—Que son los nervios. Y que le baje al vino.
En el bar de la plaza, esa misma semana, tres hombres de la cooperativa hablaban bajito de un asunto parecido. Uno de ellos, Gaspar Nieto, jubilado, aseguraba que llevaba meses con la certeza de haber vivido ya cada día que le tocaba. Entraba en la cocina, abría el frigorífico y sabía exactamente qué iba a sonar en la radio. Le pasaba con los gestos de su mujer, con el vuelo de los gorriones, con las conversaciones.
—Es como si alguien hubiera ensayado todo —dijo— y yo llegara tarde a la función.
Nadie se rió. Esa fue la señal de que algo no andaba bien.
Amparo empezó a apuntar cosas en una libreta de tapas verdes. Los sueños, las fechas, los nombres de quienes le confesaban sus rarezas con un pudor casi infantil. Al cabo de un mes tenía cuarenta y tres anotaciones. Cuarenta y tres vecinos que soñaban con trincheras, con sirenas, con cartas que nunca habían escrito. Y todos, sin excepción, hablaban de lo mismo al final: una pérdida sin objeto. La sensación de haber dejado atrás a alguien importante en un lugar al que ya no se podía volver. Lo más raro era que ninguno de ellos tenía mucho en común. Había labradores, una maestra, dos adolescentes, un cura. Lo único que los unía era haber nacido, o llegado a vivir, a este lado en una fecha que nadie sabía precisar.
Fue Gaspar quien sugirió ir al archivo municipal.
—Si el pueblo se acuerda de algo —dijo—, tiene que estar escrito en algún sitio.
El archivo ocupaba los bajos del ayuntamiento, una sala con olor a papel húmedo donde un empleado llamado Evaristo Pardo guardaba, con celo de monje, tres siglos de bautizos, defunciones y litigios de lindes. Los recibió con cierto recelo, como quien ve llegar a un grupo de forasteros con pancartas.
—¿Qué buscan?
—No lo sabemos —admitió Amparo—. Algo que haya pasado aquí y que nadie cuente.
Evaristo se quedó pensativo, rascándose la barbilla. Después abrió un armario metálico del fondo y sacó una carpeta gris sin etiquetar.
—Esto lleva ahí desde que yo entré —dijo—. Lo heredé de mi antecesor, que, a su vez, lo heredó de su antecesor. Nunca me atreví a abrirla.
La abrieron entre los tres, sobre una mesa de roble, con las manos limpias, todo como si fuera una ceremonia. Dentro había un puñado de fotografías en blanco y negro, un mapa del municipio con una zona sombreada a lápiz y una lista de nombres. Setenta y siete. Debajo, con una letra apretada y antigua: «Evacuados. 14 de septiembre».
No ponía el año.
Amparo reconoció tres apellidos de su libreta. Reconoció también la silueta de un cerro que se veía desde su ventana, aunque en la foto aparecía cubierto de lo que parecían casas, una aldea entera con tejados de pizarra, hoy inexistente. Al dorso de una de las imágenes alguien había escrito: «Valdeluna. Antes de».
—¿Antes de qué? —preguntó Gaspar.
Nadie contestó. En el silencio, afuera, el reloj de la estación dio por casualidad un chasquido seco, como si hubiera estado a punto de moverse.
La tarde siguiente, Amparo subió sola al cerro. Costó. Las piernas ya no eran las de antes, y el camino usado hace años por los pastores de cabras estaba cubierto de zarzas. Pero algo la empujaba, algo parecido al instinto de los animales que vuelven a morir donde nacieron. Cuando llegó arriba, con el corazón golpeándole las costillas, se quedó parada en una explanada cubierta de hierba rala. No había muros, ni cimientos, ni una piedra caída. Solo viento. Y, sin embargo, al cerrar los ojos, vio la aldea con una dolorosa nitidez. Las casas de pizarra. El humo de las chimeneas. Una fuente en el centro, con el caño de hierro. Una mujer con delantal tendiendo sábanas y un niño que corría detrás de un perro cojo.
Abrió los ojos de golpe. Estaba llorando. Fue entonces cuando oyó el silbido.
Agudo, descendente, inconfundible. El mismo del sueño. Se le heló la sangre. Miró al cielo, pero solo había nubes bajas y un halcón dando vueltas. El sonido no venía de arriba. Venía de dentro, de un lugar anterior a la memoria, y por un instante, un solo instante, Amparo supo con certeza que ella había estado allí cuando cayó.
Con otra edad, otro cuerpo, otro nombre. Con una mano que apretaba la suya.
Se sentó en el suelo, temblando. Pensó en los cuarenta y tres vecinos de la libreta. En las coincidencias, en los sueños, en el reloj parado. Pensó en una pregunta que le daba más miedo que cualquier respuesta: ¿y si la gente no se olvidaba de las cosas, sino que las cosas se olvidaban de la gente?
Esa noche, de vuelta en casa, no soñó nada. Fue peor.
A la semana siguiente, Evaristo la citó en el archivo, a las siete de la mañana, antes de abrir. Tenía ojeras y un termo de café que sostenía con las dos manos.
—No te lo he contado todo —dijo.
Abrió un cajón y sacó un pequeño cuaderno, de cubiertas desgastadas. Era el diario de uno de sus antecesores, un tal Augusto Rueda, secretario municipal durante cuarenta años.
—Lo encontré hace dos noches, detrás del radiador. Estoy casi seguro de que alguien lo escondió ahí para que no lo leyéramos.
Amparo lo abrió con cuidado. La letra era hermosa, inclinada y ligera. Las primeras páginas hablaban de rutinas, de calores de agosto, de una escasa cosecha. Pero hacia la mitad el tono cambiaba. Aparecían palabras sueltas, tachadas, reescritas: «convoy, órdenes, silencio, cierre». Y una anotación final, con fecha cortada: «Hoy se dispuso que Valdeluna no haya existido. Los vecinos serán reubicados y se les pedirá que olviden. Es por su bien».
Amparo levantó la vista.
—¿Un pueblo entero?
—Un pueblo entero. Hubo algo en la zona, una pequeña guerra, o un accidente, o una cosa peor. Las autoridades decidieron que lo mejor era enterrarlo. Y la gente lo aceptó, o la obligaron, o simplemente estaban tan cansados que prefirieron olvidar.
—Pero no se puede olvidar por decreto.
—No —dijo Evaristo—. Pero se puede intentar. Y lo que se intenta olvidar no desaparece. Se queda dando vueltas bajo la piel, esperando una generación que no tenga miedo de recordarlo.
Afuera empezaba a clarear. Un camión de reparto pasó por la calle con un traqueteo familiar. Amparo cerró el cuaderno despacio, como quien cierra los ojos de un muerto.
—Entonces somos…
—Somos los hijos de los que callaron. Y los nietos. Y de pronto, sin saber por qué, los que sueñan.
Amparo propuso una reunión en la plaza. Pusieron sillas de la cooperativa, sacaron una mesa con vino y empanadas, y avisaron a viva voz por el pueblo. Acudieron más de cien personas. Algunos venían con la libreta de los sueños. Otros llegaban sin una sola palabra preparada, solo con la mirada de quien ha estado esperando permiso durante años. Evaristo leyó el diario en voz alta. Su voz, al principio firme, se fue quebrando a medida que avanzaba. Cuando terminó, nadie aplaudió. Hubo un largo silencio, de los que no se rompen por cortesía.
Entonces habló Remedios, la panadera.
—Mi abuela me contaba una cosa cuando yo era niña —dijo, con la voz temblando—. Decía que antes del pueblo había otro pueblo. Yo creía que era un cuento. Me hacía rezar por los que se quedaron en el cerro.
Habló después Gaspar, y luego un chico de dieciséis años que había soñado con un perro cojo. Hablaron los que pudieron y los que no, los que lloraron en silencio y los que contaron chistes para disimular. Y en algún momento de la noche, sin que nadie lo organizara, alguien empezó a nombrar a los setenta y siete evacuados. Uno por uno. Con sus apellidos. Con sus oficios.
Cuando llegaron al último, el reloj de la estación dio las cuatro y once. Se oyó en toda la plaza un pequeño sonido, muy definido. Amparo cerró los ojos y sintió, por primera vez en meses, que la mano que se soltaba de la suya volvía a sujetarla.
Hoy, en lo alto del cerro, hay una piedra pequeña con setenta y siete nombres grabados. No tiene fecha. Nadie supo qué año escribir, y al final decidieron que era mejor así. Amparo sube los domingos, con un termo y la libreta verde. Ya casi no sueña con la guerra. A veces, cuando el viento sopla desde el oeste, cree oír una fuente que no existe y un niño que corre detrás de un perro cojo. No le da miedo. Lo trata como a un huésped querido, de esos que llegan tarde, pero llegan. Ha entendido algo sobre la memoria que no sabría explicar bien. Que no es una línea recta o un archivo ordenado. Es más parecida a una casa con dos plantas, una vieja y una nueva, y una escalera interior que nadie quiere usar porque cruje. Los que vivimos ahora habitamos la planta de arriba, con sus luces eléctricas y sus rutinas. Pero abajo, en la penumbra, siguen estando los que vinieron antes, esperando que alguien baje de vez en cuando con una vela.
El reloj de la estación sigue funcionando. Marca la hora que debe, con un retraso de dos minutos que nadie corrige, porque a todos les parece una forma educada de decir que el pasado todavía tiene prisa.
AUTOR: FRANCISCO ARAYA PIZARRO (CHILE)
© DERECHOS RESERVADOS AUTOR

Nacido en Santiago de Chile en 1977, Francisco Araya Pizarro es diseñador gráfico, community manager, escritor y emprendedor digital. Ha publicado seis libros y cuenta con más de cuarenta relatos incluidos en antologías literarias. Sus textos han aparecido en diversas revistas literarias en español.
Además, comparte sus cuentos y relatos cortos a través de su blog personal, disponible en: www.tumblr.com/franciscoarayapizarro
