‘Mural’, La Nueva Novela De  Ricardo Silva Romero Que Transforma En Arte La Tragedia De La Toma Del Palacio De Justicia

Cuarenta años después de la toma y retoma del Palacio de Justicia, uno de los capítulos más desgarradores de la historia colombiana, Ricardo Silva Romero convierte la tragedia en literatura. Mural (Alfaguara, 2025) reconstruye los hechos y los reimagina desde la humanidad, la memoria y la compasión.

Fotografía: El escritor y periodista colombiano Ricardo Silva / EFE – Carlos Ortega

Con su estilo poético, cinematográfico y profundamente humano, el autor levanta una obra coral que, como su título sugiere, es un gran fresco de voces, heridas y resistencias. “Usted tiene enfrente un mural de nuestra guerra”, advierte el narrador desde la primera página. 

Silva Romero nos conduce a lo largo de las horas del 6 y 7 de noviembre de 1985, y de las décadas de violencia que las antecedieron, para mostrarnos a guerrilleros, magistrados, militares, periodistas y familiares en el mismo lienzo de la historia. En Mural, la ficción busca poner en escena lo humano como el duelo, la fe, la furia y la persistencia de un país que aún intenta comprenderse.

El resultado es una novela sobre uno de aquellos días en que Colombia perdió la cordura, pero también un retrato luminoso de la humanidad que resiste incluso en medio del horror. “Está hecho para la gente que ha sido de esta casa, dice el narrador, pero mientras lo estaba escribiendo tenía presentes los duelos de los personajes que tuvimos cerca y los que luego pude conocer”, explica Silva Romero.

Mural convierte el Palacio de Justicia, antes de volverse ruina, en un escenario vivo, nostálgico y doloroso. En sus páginas, las víctimas y sobrevivientes no son cifras ni símbolos, sino rostros que nos interpelan desde el pasado. 

Ricardo Silva Romero (Bogotá, 1975) es una de las voces más influyentes de la literatura contemporánea en español. Autor de Cómo perderlo todo (ganadora del V Premio Biblioteca de Narrativa Colombiana), Historia oficial del amor, Río Muerto, Zoológico humano y El libro del duelo, entre muchas otras, su obra ha sido celebrada por su lucidez, valentía y belleza narrativa.

Sobre sus libros se ha dicho que son “una demostración de valentía” (Fernando Quiroz), “una obra maestra” (Gloria Arias) y “una exploración conmovedora de cómo llevar una vida buena en un país tan violento” (Juan Gabriel Vásquez). Con Mural, Silva Romero amplía su propio universo literario y confirma que la ficción sigue siendo una de las formas más poderosas de resistencia: una manera de entender al otro y de mirarnos, sin miedo, en nuestro propio abismo.

‘MURAL’ – FRAGMENTO

Vemos una paloma dando tumbos en la resignada Plaza de Bolívar. Todo susurra en el centro de Bogotá. Falta un poco más de una hora para que empiece y se note el infierno, pero, entre el rumor y la media luz de la rutina del Palacio de Justicia, sólo unos cuantos seres trágicos saben que muy pronto el mundo se va a desfigurar.

 Cada escena de cada personaje que está en el edificio, desde el sótano hasta la azotea de piedra, es un paso más hacia la muerte. Si uno se fija como una cámara que va del primer plano al plano general, nota que nada, salvo el cielo, es indiferente a lo que viene. Y, sin embargo, ni los celadores, ni los magistrados, ni los consejeros, ni los visitantes, ni los infiltrados, ni los militares ni los guerrilleros —piezas, los unos y los otros, del rompecabezas de un holocausto por venir— están leyendo las señales del fin. Vemos que andan en lo suyo, en esos despachos de vidrio y de madera, por última vez. De un segundo al otro nos pasa justo al lado, ¡zas!, ¡zas!, en el trago de la oreja como un zancudo huidizo, un espíritu —la misma sombra que vi esa noche yo, a los diez años, por el corredor del apartamento— harto de advertirnos que en aquella torre de sentencias va a ocurrir la ruina. Pasa el zumbido. Y después viene, de golpe, un plano cenital. Desde arriba, en la mañana cargada del miércoles 6 de noviembre de 1985, el Palacio de Justicia es una G. A unos pasos nomás, en el redundante altozano de la Catedral, salpicado de restos y plagado de huellas y cansado de haber sido escenario de tanta locura que sólo se da en este país, un pequeño escuadrón de escoltas desciende a la plaza a ver qué va a pasar. Son cinco, siete, nueve sombras que van a acordarse de esa mañana de aquí hasta la vejez. Vienen alrededor del general Rafael Samudio Molina, el comandante del Ejército, que entrecierra los ojos porque lo agarra por sorpresa el despliegue de tropas en ese lugar —«despejen, despejen», dice entre dientes— a esa hora tan larga de la mañana: 10:15 a.m. en su reloj. Samudio, de cincuenta y un años apenas, ha estado mirando a lado y lado desde hace diez días, pues hace diez días trataron de matarlo. No cojea, a pesar del disparo que le rozó la pierna izquierda aquella mañana, porque se resiste, se niega.

Vamos ahora a un montaje de fotos amarillosas, de documental, que nos muestra la vida de Samudio en una ráfaga: Rafael el niño, alerta y tenaz, detrás de su querido taita por los pasillos de la fábrica de textiles de Barranquilla; Rafael con los ojos abiertos en la primera noche en la Escuela Militar de Cadetes en Bogotá; Rafael en los pasillos de la Facultad de Derecho, el último año de la dictadura de Rojas Pinilla, cruzándose a las doce meridiano del sábado con un decano de apellido Betancur que hoy es el presidente del país; Rafael el general Samudio, veinticinco años después, graduándose de abogado: tres examinadores, que son tres magistrados de la república, elogian su tesis «La Justicia Penal Militar frente a la subversión».

El general Samudio cruza el suspenso de la Plaza de Bolívar amparado por sus guardaespaldas. Vemos que lo ven los peatones y los vendedores. Hay un silencio que no se va ni con los pasos, ni con los susurros, ni con las miradas a ambos lados. Un fotógrafo callejero dice «ese es Samudio» como diciendo «ese hombre está vivo de milagro», pues hace un par de semanas una ambulancia en contravía se le vino encima a sangre y fuego a su caravana, por los lados del barrio Gaitán, y le pegaron ocho tiros al Mercedes Benz en el que iba. «¡Estos hijueputas me dieron!», gritó el sargento Vargas, que se lanzó a cubrir a Samudio, cuando sintió «el totazo en el glúteo derecho». «Queríamos secuestrar al general y devolvérselo a la familia pedazo por pedazo», dijo luego a la radio, a RCN, la voz de un comandante borroso del M-19.

FUENTE – AGRADECIMIENTO
Periódico El Tiempo
Nota Original – María Jimena Delgado Díaz

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