Antes de nosotros, existieron creadores que se jugaron la piel por la belleza y son eternos… ¡Conócelos!
El Escritor Rebelde en la inmortalidad del día es:
Émile Zola – (París, 1840 – 1902) Novelista francés, teórico y máximo representante del naturalismo. Émile Zola fue el impulsor de la «novela experimental», es decir, de una narrativa planteada como un experimento sociológico destinado no a reflejar la realidad contemporánea (como la novela realista), sino a explicar las causas de los males sociales desde postulados positivistas (la herencia, el medio) con el fin de contribuir a su reforma y progreso. De ahí que la novela naturalista se centrase a menudo en el examen de las lacras sociales (alcoholismo, prostitución, delincuencia) sin rehuir la sordidez, con el consiguiente escándalo para la sociedad biempensante. La influencia de sus ideas y de su praxis narrativa marcó la literatura europea durante al menos las dos décadas de auge del naturalismo (1880-1900).
Hijo de Francesco Zola, ingeniero emigrante italiano, y de Émilie Aubert, proveniente de la pequeña burguesía francesa, pasó su infancia en Aix-en-Provence y estudió en el colegio Bourbon. Fue compañero de Paul Cézanne, con quien mantuvo una sólida amistad, y tomó contacto con la literatura romántica, especialmente con la narrativa de Victor Hugo y la poesía de Alfred de Musset, su favorito.
Al morir su padre en 1847, se trasladó a París junto a su madre y continuó sus estudios en el instituto Saint-Louis. Tras fracasar en su examen de graduación, en 1859 consiguió un empleo administrativo en una oficina de Aduanas y en 1862 empezó a trabajar para el departamento de publicidad de la editorial Hachette. Se interesó por la poesía y el teatro, y colaboró para periódicos como Le Figaro, Le Petit Journal y Le Salut Public.
Sus primeros libros publicados fueron un conjunto de relatos titulados Cuentos a Ninon (1864), y una novela autobiográfica con influencia del romanticismo, La confesión de Claude (1865). Escribió dos obras de teatro que no fueron representadas, La fea (1865) y Magdalena (1865), y en 1866 fue despedido de Hachette. Comenzó a trabajar como cronista literario y artístico en el periódico L’Événement, y publicó los trabajos de crítica pictórica Mis odios (1866) y Mi salón (1866), donde hizo una enérgica defensa de Manet, cuestionado en esa época por los sectores académicos.
A partir de ese momento se dedicó por completo a escribir, se alejó paulatinamente del romanticismo y sintió afinidad con el movimiento realista y el positivismo. Aplicó su experiencia periodística en Los misterios de Marsella (1867), una novela folletinesca, y publicó su primera obra importante, Teresa Raquin (1867), con la que ganó cierto prestigio en el ambiente literario.
Con la novela Madeleine Férat (1868) fue consolidando su estilo, y la lectura de Introducción a la medicina experimental, de Claude Bernard, lo inspiró para concebir un conjunto de novelas escritas «con rigor científico», donde quería relatar la historia natural de varias generaciones de una familia bajo el Segundo Imperio.
Así nació la monumental serie Los Rougon-Macquart, integrada por La fortuna de los Rougon (1871), La ralea (1871), El vientre de París (1873), La conquista de Plassans (1874), La caída del Abate Mouret (1875), Su excelencia Eugène Rougon (1876), La taberna (1877), Una página de amor (1878), Naná (1879), Lo que se gasta (1882), El paraíso de las damas (1883), La alegría de vivir (1884), Germinal (1885), La obra (1886), La tierra (1887), El sueño (1888), La bestia humana (1890), El dinero (1891), La derrota (1892), y El Doctor Pascal (1893).
En los treinta y un volúmenes que comprenden las veinte novelas trazó la genealogía de más de doscientos personajes; el carácter de los distintos miembros de la familia deriva de las tendencias hereditarias y de los condicionantes del medio social en que viven. Sus textos fueron tan elogiados como criticados; recibió duros cuestionamientos por parte de escritores católicos como Maurice Barrès, Léon Bloy y Jules Barbey d’Aurevilly, que veían en el carácter positivista de su obra signos de decadencia, dogmatismo y una «absoluta carencia de espiritualidad».
Su obra ensayística comprende volúmenes teóricos sobre el naturalismo, como La novela experimental (1880), El naturalismo en el teatro (1881), Nuestros autores dramáticos (1881), Los novelistas naturalistas (1881), Documentos literarios (1881), y Una campaña (1882); así como textos de crítica y polémica, entre los que destacan Viaje de vuelta (1892), Nueva campaña (1897), y fundamentalmente ¡Yo acuso! (1898), un extenso artículo dirigido al Jefe de Estado francés y publicado originalmente en el periódico L’Aurore, donde defendió la inocencia del capitán de origen judío Alfred Dreyfus, acusado de alta traición a la patria por los militares antisemitas.
El efecto causado por su participación en el Caso Dreyfus lo posicionó como líder de las fuerzas progresistas (republicanos y socialistas) que reclamaron al gobierno derechista la defensa de los derechos humanos en la República. El gobierno, apoyado por los partidos conservadores, el ejército nacionalista y la Iglesia Católica, lo acusó por injurias y lo persiguió, por lo que se exilió en Inglaterra hasta que se demostró la inocencia definitiva de Dreyfus y el complot militar.
En 1899 volvió a París y pudo ver indultado a Dreyfus, y el 29 de septiembre de 1902 murió asfixiado por la defectuosa combustión de una chimenea, hecho que suscitó muchas sospechas dadas las reiteradas amenazas de muerte que había recibido.
Su influencia sobre las generaciones posteriores de escritores no fue sólo literaria, ya que su actitud de involucrarse tanto en la literatura como en la realidad social se transformó en un paradigma del escritor comprometido y dominó la escena cultural de occidente hasta la década de los 70.
También es autor de las series Las tres ciudades, compuesta por Lourdes (1894), Roma (1896) y París (1898), y Los cuatro evangelios, integrada por Fecundidad (1899), Trabajo (1901), Verdad (póstuma, 1903) y Justicia (inacabada).
LOS HOMBRES DE LA MARQUESA
I
La marquesa duerme en su gran lecho, bajo el ancho dosel de satén amarillo. A las doce, al escuchar el sonido claro del reloj de pared, se decide a abrir los ojos. La habitación está tibia. Las alfombras, las colgaduras de puertas y ventanas la convierten en un nido mullido donde el frío no penetra. Fluyen calores y olores. Allí reina una eterna primavera. Y, tan pronto como está bien despierta, la marquesa parece víctima de una súbita ansiedad. Retira las mantas y llama a Julie.
-¿La señora ha llamado?
-Dígame, ¿ha subido la temperatura?
¡Oh! ¡la buena marquesa! ¡Con qué emocionada voz ha preguntado! Su primer pensamiento es para aquel terrible frío, aquel viento del norte que ella no nota, pero que tan cruelmente debe soplar en los tugurios de los pobres. Y pregunta si el cielo se ha apiadado, si puede estar caliente sin sentir remordimientos, sin pensar en todos los que tiritan.
-¿Ha subido la temperatura?
La doncella le ofrece el salto de cama que acaba de calentar junto a un gran fuego.
-¡Oh! no, señora, no ha subido la temperatura. Al contrario, está helando con mayor intensidad. Acaban de encontrar a un hombre muerto de frío en un ómnibus.
La marquesa se deja llevar por una alegría infantil; aplaude y grita:
-¡Ah! ¡estupendo! Entonces esta tarde iré a patinar.
II
Julie recorre las cortinas, suavemente, para que la brusca claridad no hiera la delicada vista de la deliciosa marquesa. El reflejo azulado de la nieve inunda el dormitorio de una luz alegre. El cielo está gris, pero de un gris tan bonito que a la marquesa le recuerda el vestido de seda gris perla que llevaba la víspera en el baile del ministerio. El vestido estaba adornado con blondas blancas, semejantes a los ribetes de nieve que ve al borde de los tejados, sobre la palidez del cielo.
La víspera estaba encantadora con sus nuevos diamantes. Se acostó a las cinco. Por eso tiene aún la cabeza algo pesada. Sin embargo, se ha sentado ante el espejo y Julie ha levantado la oleada rubia de sus cabellos. La bata se desliza y los hombros quedan al aire hasta media espalda.
Toda una generación ha envejecido ya contemplando el espectáculo de los hombros de la marquesa. Desde que, gracias a un poder fuerte, las damas de físico atractivo pueden escotarse y bailar en las Tullerías, ella ha paseado sus hombros por la baraúnda de los salones oficiales, con una asiduidad que la ha convertido en el estandarte viviente de los encantos del Segundo Imperio. Ha tenido que acomodarse a la moda, escotar sus vestidos unas veces hasta el declive de los riñones, otras hasta el extremo de sus pechos; hasta el punto de que la querida mujer, hoyuelo a hoyuelo, ha mostrado ya todos los tesoros de su corpiño.
No hay ni tanto así de su espalda o de su pecho que no sea conocido desde la Magdalena hasta Santo Tomás de Aquino. Los hombros de la marquesa, generosamente exhibidos, son el blasón voluptuoso del reino.
III
Es verdad, es inútil describir los hombros de la marquesa. Son tan populares como el puente Nuevo. Durante dieciocho años han formado parte de los espectáculos públicos. Basta con ver un pequeño trozo en un salón, en el teatro o en cualquier otro lugar, para exclamar: «¡Hombre! ¡la marquesa! ¡Reconozco la señal negra de su hombro izquierdo!».
Por lo demás, son unos hermosos hombros, blancos, rollizos, provocativos. Las miradas de un gobierno han pasado por ellos proporcionándoles mayor finura, como le sucede a las losas que los pies de la gente pulen con el paso del tiempo.
Si yo fuera el marido o el amante, preferiría ir a besar el pomo de cristal de la puerta del despacho de un ministro, desgastado por la mano de los que van a solicitar algo, antes que rozar con los labios aquellos hombros sobre los que ha pasado el aliento cálido de todo el París galante. Cuando se piensa en los mil deseos que han temblado a su alrededor, uno se pregunta de qué arcilla ha debido hacerlos la naturaleza para que no se hayan corroído ni desmenuzado como esas estatuas desnudas, expuestas al aire libre en los jardines, de las que el viento roe los contornos.
La marquesa ha depositado su pudor en otro sitio. Y ha hecho de sus hombros toda una institución. ¡Y cómo ha combatido a favor del gobierno de su agrado! Siempre en la brecha, en todas partes a la vez, en las Tullerías, en los ministerios, en las embajadas, en casa de los simples millonarios, convenciendo a los indecisos a fuerza de sonrisas, afianzando el trono de sus senos de alabastro, mostrando los días de peligro pequeños rincones ocultos y deliciosos, más persuasivos que los argumentos de los oradores, más decisivos que las espadas de los soldados y amenazando, para conseguir un voto, con recortar sus camisetas hasta que los esquivos miembros de la oposición se declaren convencidos.
Los hombros de la marquesa han quedado siempre íntegros y victoriosos. Han soportado un mundo sin que una sola arruga haya venido a rajar su mármol blanco.
IV
Esta tarde, al salir de las manos de Julie, la marquesa, vestida con un delicioso conjunto polaco, ha ido a patinar. Patina adorablemente bien.
En el bosque hacía un frío intenso, un cierzo que picaba en la nariz y en los labios de aquellas damas como si el viento les arrojara arena fina al rostro. La marquesa reía, tener frío le divertía. De vez en cuando iba a calentarse los pies en los braseros encendidos en las márgenes del pequeño lago. Luego volvía al aire helado, marchándose como una golondrina que roza el suelo.
¡Ah! ¡qué buen rato y qué estupendo que no haya llegado aún el deshielo! La marquesa podrá patinar toda la semana.
Al regresar, la marquesa ha visto en un vial lateral de los Campos Elíseos a una pobre tiritando al pie de un árbol, medio muerta de frío.
-¡Pobrecilla! -ha susurrado con voz disgustada.
Y, como el coche iba muy rápido y la marquesa no podía encontrar su monedero, le lanzó a la pobre su ramo, un ramo de lilas blancas que costaba por lo menos cinco luises.
AUTOR: ÉMILE ZOLA (FRANCIA)
FUENTE – AGRADECIMIENTO
Biografías y Vidas – Biografía Émile Zola
Tomás Fernández y Elena Tamaro. «Biografia de Émile Zola» [Internet]. Barcelona, España: Editorial Biografías y Vidas, 2004. Disponible en https://www.biografiasyvidas.com/biografia/z/zola.htm [página consultada el 27 de enero de 2026].

Equipo Escritores Rebeldes
