COLUMNA DOMINICAL
RESENTIMIENTO
Por: Julián David Rincón Rivera (Colombia)
Correo electrónico: electrónico: rinconriverajulian@gmail.com

Oscar y Ricardo entran al primer cajero automático que encuentran abierto. Oscar va directamente a la máquina, mientras tanto, Ricardo espera atrás. Saca de la billetera la tarjeta de crédito Visa, la introduce en la ranura asegurándose de que el chip esté bien ubicado. Espera a que sea leída y reconocida. El cajero da la bienvenida y solicita la clave. Digita los cuatro números en el tablero de manera rápida y automática. El cajero ofrece las acciones a realizar. Elige retiro en efectivo, selecciona cuenta corriente, escoge el monto de un millón de pesos, confirma. Espera unos segundos. El cajero emite un sonido mecánico, luego, le ofrece el dinero en efectivo. El cajero le pregunta si desea imprimir un recibo con la información del retiro. Oscar lo omite. Finalmente, el cajero le indica sacar la tarjeta. La saca, la guarda en la billetera y cuenta el dinero. El fajo de billetes es prioritariamente de cien mil. Sin embargo, al final de la cuenta, Oscar encuentra seis billetes de cincuenta mil. Chasquea con la boca y arruga el ceño en una clara señal de inconformidad.
—¿Qué pasa?
—Necesito cambiar estos billetes.
—¿Por qué? ¿Qué tienen los billetes?
—Nada raro. Es solo que no me gustan los billetes de cincuenta mil.
Para fortuna de Oscar, el banco está al lado del cajero. No toma turno ni pregunta al vigilante por alguna indicación para su solicitud. Va directo a la primera recepcionista que encuentra desocupada y esta le ofrece todas las atenciones del caso. Con el mayor de los respetos y la mejor educación que se puede esperar de un hombre de su edad, le solicita a la mujer que le cambie los billetes de cincuenta mil que acaba de sacar del cajero automático.
—¿Por qué? ¿Qué tienen de malo los billetes?
—No tienen nada de malo. Es solo que no me gustan los billetes de cincuenta mil.
La mujer del banco, sorprendida, le pide a Oscar que le repita su solicitud; tal vez escuchó mal.
—¿Necesita cambiar los billetes de cincuenta mil solo porque no le gustan?
Oscar asiente en silencio con la cabeza. Tiene que hacer un esfuerzo para contener su irritabilidad. Es un tipo que se irrita con facilidad, en especial cuando tiene que dar explicaciones. No le gusta dar explicaciones. Es curioso el hecho de que a un hombre con semejante excentricidad le moleste tener que dar explicaciones.
La mujer del banco se muestra reticente a la petición de Oscar. Mejor dicho, parece desconfía de sus intenciones. Realmente, es muy comprensible que la mujer desconfíe, teniendo en cuenta que los billetes de cincuenta mil no están falsos, ni rotos, dañados, trajinados, deteriorados o alguna otra cosa que sirva de justificación a la petición de Oscar. De hecho, los billetes parecen nuevos, recién salidos del banco, literalmente. Duran un rato discutiendo. La mujer del banco no entiende la obstinada decisión de Oscar en cambiar los billetes de cincuenta mil, mientras que este no le ofrece un argumento lo suficientemente válido como para convencerla.
—Simplemente no me gustan.
—Pero ¿por qué no le gustan?
—Si se lo dijera, no me entendería.
La mujer le pregunta algo al gerente del banco que se reúne con Oscar, recibe su solicitud y revisa los billetes. Intercambian un par de palabras. El gerente niega con la cabeza.
—No pienso salir de aquí hasta que no me cambien los billetes.
La mujer y el gerente del banco cruzan miradas en silencio. Ante la obstinada decisión de Oscar, saben que solo hay una forma de solucionar el altercado. El gerente prefiere esto antes de que la situación escale a niveles incontrolables. La decisión de Oscar le deja claro que él está dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias, así que le ofrece lo que quiere y le cambia los billetes. Tres billetes de cien mil por los seis billetes de cincuenta mil que el cajero le había entregado. Oscar da las gracias, se reúne con Ricardo y juntos salen del banco. Ricardo, tanto o incluso más sorprendido que la mujer y el gerente del banco, trata de comprender la escena que acaba de presenciar. No se atreve a preguntar directamente ya que la mujer y el gerente del banco lo dejaron al borde de la ira consumada.
—Claro, es mucho más fácil y cómodo tener billetes de esa denominación antes que un montón de billetes de cincuenta —dice Ricardo, procurando comprender y entender al inexplicable Oscar.
—No es por eso. —responde Oscar.
—¿Por qué es?
—No es nada. Solo que no me gustan los billetes de cincuenta mil.
Ricardo sabe que Oscar miente. Mejor dicho, se reserva la verdadera razón para él mismo. Esto afecta el grado de afecto que Ricardo siente por Oscar.
—¿Por qué no me lo dice? ¿Es que no soy digno de su confianza?
—Si se lo dijera, no me entendería.
Al medio día, Gabriela le propone a Oscar almorzar en un restaurante que ella suele frecuentar.
—De una ¿dónde queda?
—El restaurante queda al lado del teatro Fahrenheit. Lo conoce ¿no?
No. No lo conoce.
—Sobre la carrera 4. Cerca del Campincito.
El Campincito sí lo conoce. El teatro está ubicado en una zona residencial. Su fachada puede pasar desapercibida por la común imagen que comparte con el resto de las casas. Solo el nombre del teatro formado con delgados alambres y decorados con luces de neón alrededor hacen algo de diferencia. Fahrenheit 451, como la novela de Bradbury. El nombre formado y presentado en la fachada del teatro parece algo anticuado. No por el nombre en sí mismo, sino por la forma como está presentado. Uno puede esperar algo más llamativo, decorativo, alegre, ostentoso. Quiere decir, es un teatro, tiene que llamar la atención del público ¿No?
Dos portones de madera y una pared en el medio de estas son la fachada del teatro. En dicha pared aparece una cartelera con todos los eventos y presentaciones del mes. No hay mucha actividad para ese mes ¿será porque es enero?
Sobre el andén, está ubicado un tablero de tiza doble cara con el menú del día. Sopa de lentejas o fruta. Albóndigas de carne, goulash de pollo. Espagueti o arroz. Calabaza. Papa en casco. Ensalada. Valor del menú: diecisiete mil pesos.
—Se la rebuscan para mantener vivo el proyecto cultural —dice Gabriela—. Es admirable su resiliencia.
Admirable y todo, sí, sin embargo, el hecho de que un teatro funcione también como un restaurante es una clara demostración del poco interés, importancia y valor que tiene el arte y la cultura en la ciudad.
—¿Cuánto tiempo lleva el teatro aquí?
—Algo más de tres años.
Tres años en los que Oscar no tenía ni idea de que existía un teatro en la ciudad. Una muestra de cuán poco importante es el arte y la cultura para la gente de la ciudad. El arte y la cultura están dramáticamente rezagados en la lista de prioridades de la gente. Solo cuando se comprenda realmente el valor, la importancia y relevancia de estos será posible considerar un cambio drástico en esa sociedad ignorante, prejuiciosa, quisquillosa y mediocre. Oscar da el primer paso hacía el teatro, como quien marca la iniciativa, con el fin de cambiar esa pobre realidad de la ciudad. De repente, se detiene en seco.
—¿Qué pasa?
Oscar mira fijamente una de las paredes del teatro restaurante donde aparece un retrato de Gabriel García Márquez. La imagen en cuestión es de un viejo García Márquez, con el rostro detallado por las arrugas y limitado por el uso de unas gafas. Curiosamente, el personaje aparece sacando la lengua, como si del gesto de un niño travieso se tratara, dándole al retrato un curioso contraste entre la edad marcada por los signos inequívocos de la vejez y ese gesto que parece desafiar los rigurosos estragos de la edad. Todo con el aleteo mágico de sus mariposas amarillas. Claro que no podían faltar. Toda su iniciativa se vino abajo de forma mágica, como el realismo mágico de García Márquez. Puede tolerar todo, cualquier cosa. Pretender que nada ha pasado, que ningún retrato lo intimida y predispone desde la distancia que es la pared del teatro restaurante y su mesa. Ver de reojo aquel gesto infantil y un tanto inmaduro mientras se toma la sopa de lentejas, o se alimenta con el goulash de pollo y las papas en casco. Puede llegar a atragantarse, considerando que el gesto es para él mismo, como si fuera una burla, un desafío. Esto no le genera ninguna gracia. Da media vuelta y vuelve por donde vino.
—¿Qué pasa? —pregunta Gabriela.
Oscar se detiene, la observa afligido. Sabe que sus intenciones son las mejores. Gabriela mata dos pájaros de un solo tiro invitándolo a almorzar y apoyando la causa cultural de un teatro que rema contra la actitud indiferente de la gente de esta ciudad. Puede que sea un miserable, pero lo prefiere si de esta manera evita traicionar sus propios principios.
—Lo siento. Si te lo dijera, no lo entenderías.
Tarde noche en la ciudad. En el parque principal se mueve el grueso de la gente. Unos salen de trabajar, otros buscan algo de diversión, algunos un poco de distracción. Oscar se deja arrastrar por la muchedumbre que lo lleva a la calle de los bares. Algunos la llaman cuadra picha, un apelativo reciclado de la cultura Bogotana para, quien sabe, darle más vigor y vitalidad a la ciudad. La juventud, belleza, atrevimiento y osadía que encuentra en las caras, en los gestos, en la ropa, en las mesas, en la música, el olor, el ambiente de esa calle le sugieren que, si entra en alguno de esos lugares, de allí no sale hasta la madrugada. No quiere perderse en un ambiente que considera ya no es acorde con su edad, sus intenciones, deseos y ambiciones. Busca algo más suave y ligero. Sigue de largo, sale del parque. A la izquierda, por donde viene todo el tráfico, ve un restaurante de comida mexicana que no había visto antes. La novedad lo invita a acercarse. Al lado del restaurante encuentra una entrada regular que se extiende varios metros al interior. Una especie de pasillo comercial repleto de sillas y mesas a la izquierda, restaurantes a la derecha. Tacos mexicanos, pollo árabe, fast food gringo, ramen japonés y una librería café. Un espacio gastronómico y cultural que suena a novedad en esa idiosincrasia perversamente prejuiciosa, orgullosa e ignorante de la ciudad. Si toma como referencia el teatro restaurante de Gabriela al medio día, no le sorprende anticipar el origen del pasillo gastronómico y cultural. Puede confirmarlo perfectamente con algún cliente sentado en una de las mesas o algún mesero en la diversidad de oferta gastronómica. ¡Para qué! Al final, sabe que la respuesta le trae de condimento la certeza de que la cultura en la ciudad está más viva y presente que nunca, que el anticuado no es ese reguero de autómatas imperdonables y arrogantes, sino él mismo.
La librería es un recinto en forma cuadrada con algunas mesas y sus respectivas sillas organizadas estratégicamente en el centro. Unos estantes negros apoyados contra las paredes sostienen las portadas coloridas y llamativas de algunos libros nuevos y otros de segunda mano. Un televisor de unas 50 pulgadas reproduce algo de rock clásico. Una chimenea que funciona como elemento decorativo. Una capuchinera. Una nevera con cerveza local y de importación. Una vitrina con pasteles, tortas, galletas y cierta variedad de repostería. Y claro, no puede faltar en una librería la referencia a García Márquez. Una figura animada hecha en lo que parece ser cerámica amoldada en un cuadro y con cierto relieve que le da algo de perspectiva. Con mariposas amarillas alrededor, por supuesto. Oscar se planta frente a la figura, la contempla. No es una imagen muy fiel al aspecto real del escritor, especialmente si lo compara con el retrato que ha encontrado en el teatro. Sin embargo, comprende a la perfección la intención. El tentativo arrebato de salir de allí es tan claro y contundente como el del teatro al mediodía, aun así, el cansancio de no encontrar un lugar idóneo para él, acorde a sus caprichos, lo mantiene allí.
—Ese es el orgullo de esta librería… —le dice alguien más allá de la vitrina.
Un hombre de aspecto joven, tranquilo, alegre y jovial. Lleva un delantal negro que pasa desapercibido a razón de la camisa y el pantalón del mismo color. Tiene una voz suave, tranquila, apaciguadora. Sus ojos claros y serenos confirman esa impresión. A su vez, resaltan una mirada audaz e inteligente. No es difícil adivinar quién es el librero de la librería.
—… aunque me ha sacado unas cuantas canas verdes. —dice el hombre mientras sale de su resguardo detrás de la vitrina y se acerca a Oscar.
Comenta algo sobre el artista responsable de la réplica; su falta de compromiso y el constante cambio en los acuerdos de carácter económico que habían pactado desde un principio.
—¡Y qué decir de las amenazas!
—¿Amenazas?
Bromas de unos viejos conocidos, miembros de las fuerzas armadas, que acusan a García Márquez de ser un comunista. Avisan de un atentado contra la réplica del escritor cuando el librero se descuide.
—No son los únicos.
—¿A qué se refiere?
El librero, a razón de la experiencia y el conocimiento adquirido en el ejercicio de su profesión, puede entender a la perfección los razonamientos de Oscar. Este guarda su popular frase para evitar las explicaciones en su bolsillo y detalla, por primera vez, su inconformidad con García Márquez.
—En un sentido estrictamente narrativo.
En un principio, se puede considerar que esta reacción responde a un mero capricho, o la simple intención de llevar la contraria porque, admitámoslo, ¿a qué colombiano no le gusta García Márquez?
—Los hay —lo interrumpe el librero —. Créame cuando se lo digo.
—¿Usted es uno de ellos?
—No necesariamente. Estoy en un punto intermedio.
—Pues yo no tengo términos medios. Ese es mi problema.
Oscar reconoce que uno de los orígenes de dicho resentimiento no nace directamente en el propio García Márquez. Hace referencia a una “voluntad ciega e infundada” de muchas personas para reconocer, aceptar y admirar a García Márquez por tres simples razones: ser premio nobel de literatura, ser colombiano y ser el escritor más leído.
—¿Eso está mal? —le reprocha el librero.
Oscar admite que su principal problema reside en “Cien años de soledad”. No puede asegurar que es la mejor novela de García Márquez, como muchos afirman a rajatablas. En su lugar menciona “Del amor y otros demonios” o “Memorias de mis putas tristes”. Incluso puede llegar a considerar “El amor en los tiempos del cólera” o “La hojarasca”.
—¿Y cien años? ¿Es un mal texto?
No, no es el texto. Es la idea, la opinión general, el mito que existe del texto. Antes de leer, acumuló opiniones, referencias, juicios, criterios y valoraciones que, a su parecer, formaron una predisposición y concepción previa que afectó, inevitablemente, su percepción del texto.
—Créame que, desde esa experiencia, no vuelvo a crear juicios previos de un libro o una lectura.
Sin embargo, hay que reconocerlo, por más voluntad e intención que exista en evitar dichos juicios, la sociedad, la cultura se encarga de establecer un criterio, infundado desde su perspectiva, en relación con García Márquez y su narrativa.
—¿Cómo pretenden que una persona no desarrolle alguna forma de expectativa si solo encuentra referencias de él? —dice Oscar mientras apunta con el dedo índice de su mano izquierda la réplica del escritor.
—¡Qué difícil es ser un lector en un mundo en el que solo existe García Márquez!
Al final, la novela no es la gran obra maestra que se supone debe ser. Una sensación extraña, como un vacío, un remordimiento, algo de inconformidad se queda pegado en la impresión del lector.
—Una cosa jodida si se es un lector de hábito.
Inquietud que se convierte en ansiedad. Un merodeo por la cabeza, paseos constantes de un lado al otro del cuarto. Falta de concentración, problemas y dificultades para mantener la atención.
—No exagero cuando le digo que uno se cuestiona el valor como ciudadano al cuestionar a García Márquez.
¡Traición a la patria! ¡Paria nacional! ¡Antipatriota!
—No me queda de otra más que aislarme y condenarme con mi propio remordimiento.
Remordimiento que adquiere más relevancia al descubrir que la gran mayoría de la gente adopta una opinión general, establecida y asumida. Como si de una tradición, una mala maña se tratara. Alimentada y estimulada, además, por una crítica hipócrita y señoritera.
—Por eso, ya no confío en la crítica.
Estandarizan una opinión, un sentimiento, una reacción, una experiencia. Es como si la gente temiera desarrollar una opinión propia y personal o, peor aún, como si no pudieran hacerlo. A falta de criterio y personalidad con la cual debatir estos sentimientos, no le queda de otra más que compararlo con otros escritores. Por citar un par de ejemplos. De Camus descubre escribe con una mezcla extraña y encantadora de corazón, remordimiento y razón. Bukowski, por su parte, escribe con el resentimiento que nace en lo más profundo de sus entrañas y solo encuentra una vía de escape en la palabra escrita.
¿Y García Márquez?
Con la intención de demostrar algo.
—García Márquez es un presuntuoso —dice Oscar.
El librero argumenta que esa es la típica relación de “amor y odio” que nace entre los escritores y sus lectores.
—Claro que yo reproché a Gárcia Márquez en su momento —confiesa el librero—. Con el tiempo, uno entiende que ese resentimiento, antipatía y desconcierto no es más que simple decepción. Que Gárcia Márquez no sea el escritor que se supone debería ser.
—¿Cómo llegó a esa conclusión? —pregunta Oscar, realmente intrigado.
—Si se lo explicara, creo que no me entendería.
AUTOR: JULIÁN DAVID RINCÓN RIVERA (COLOMBIA)
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Julián David Rincón Rivera, segundo de dos hijos, nacido en Bogotá, Colombia el 7 de abril de 1994. Profesional de Cultura Física, Deporte y Recreación.
Lector apasionado, escritor por elección, músico por diversión.
Cuenta con tres publicaciones antológicas con la editorial ITA, además de dos publicaciones en proceso, también de carácter antológico, con factor literario y la editorial mítico.
Con varias publicaciones en revistas de américa latina, encuentra en la escritura el mejor sustento para su vida.
Instagram: @relatero_literal
