En el planeta Eryndora, la palabra “paladín” había dejado de tener sentido hacía mucho tiempo. No porque no existieran actos de valor, sino porque nadie los recordaba. Las ciudades seguían funcionando, las rutas comerciales permanecían activas, los sistemas de energía no habían colapsado nunca… pero algo esencial se había erosionado de forma silenciosa: la idea de que el futuro podía ser mejor. La gente vivía con una calma extraña. No había guerras abiertas, ni grandes crisis visibles. Sin embargo, bajo esa superficie ordenada, todo parecía sostenido por una inexplicable resignación colectiva.
En ese mundo nació Kaleb Varn.
Su nombre no inspiraba miedo o admiración. En los registros oficiales figuraba como asesor estratégico de la Red Central de Coordinación Global, una estructura administrativa que gestionaba la política de Eryndora con eficiencia quirúrgica. Kaleb no era un gobernante. Tampoco un revolucionario. Era un simple analista. Un observador.
Un hombre acostumbrado a ver patrones donde otros solo veían ruido. Y, durante años, eso fue suficiente. Hasta que todo cambió el día en que detectó la anomalía. Ocurrió en una de las salas inferiores del Centro de Cálculo Orbital, donde enormes núcleos de datos procesaban la información de todo el planeta. Kaleb había estado revisando simulaciones cuando un conjunto de variables comenzó a comportarse de manera imposible. Era una coherencia dentro de la incoherencia. Un sistema perfectamente equilibrado que, al ser observado, parecía responder como si tuviera memoria propia.
—“Eso no debería existir” —murmuró uno de los técnicos.
Kaleb no respondió de inmediato. Observó las proyecciones durante varios minutos.
Luego pidió acceso total a los registros. Lo que encontró lo dejó en silencio. Había referencias dispersas a un fenómeno llamado “Eje Exterior”. No aparecía en documentos oficiales recientes, pero sí en archivos antiguos, mapas astronómicos fragmentados y bitácoras de exploración espacial de siglos atrás. El Eje Exterior era descrito como una frontera imposible. Un punto donde la realidad parecía comportarse de forma distinta.
Y más allá de esa frontera… había otro mundo. Otra versión de la humanidad. Kaleb pensó, al principio, que se trataba de una metáfora. Un mito científico. Un error interpretativo heredado de épocas menos precisas. Pero los datos no encajaban con esa explicación.
Había coordenadas. Frecuencias de energía. Patrones de desplazamiento espacial que no podían ser ignorados. Algo estaba ahí y era real.
Durante semanas trabajó en secreto. Mientras el resto del planeta seguía con su rutina de eficiencia impecable, Kaleb reconstruía lo que la historia oficial había fragmentado. Descubrió que el contacto con ese otro mundo había existido. Que en algún punto del pasado se habían abierto canales de comunicación. Y que, después de un evento no registrado, todo había sido interrumpido. Borrado. Como si alguien hubiera decidido que era mejor no recordar. Cuanto más profundizaba, más inquietante se volvía el patrón.
Cada vez que surgía un intento de cambio significativo en Eryndora —reformas, movimientos sociales, descubrimientos tecnológicos con implicaciones filosóficas— aparecía una constante invisible que lo neutralizaba. Algo más sutil. Decisiones que nunca se tomaban. Ideas que se desvanecían antes de realizarse. Personas que cambiaban de opinión sin recordar por qué habían querido cambiar algo en primer lugar. Kaleb comenzó a entenderlo. Eryndora no estaba simplemente gobernada; estaba contenida.
La confirmación llegó una noche sin importancia. Mientras analizaba una transmisión antigua recuperada de un satélite olvidado, Kaleb vio la imagen. Era borrosa, inestable, casi irreconocible. Pero allí estaba. Un planeta distinto. Y, sobre él, estructuras que no pertenecían a su mundo. Ciudades diferentes. Cielos con tonalidades imposibles. Y una firma energética idéntica a la suya. Otra Eryndora. Real. Existente. Respirando. Kaleb sintió algo que no había sentido en años. Posibilidad. Intentar contactar con ese mundo fue un proceso peligroso. No por el riesgo, sino por la atención que podría generar. El sistema central de Eryndora no era una entidad consciente, pero funcionaba como si lo fuera. Detectaba desviaciones. Corregía anomalías. Restauraba el equilibrio. Kaleb sabía que, si seguía avanzando, algo lo notaría. Y aun así continuó. Construyó un transmisor utilizando piezas descartadas del sistema orbital. Fragmentos de tecnología antigua. Restos de experimentos abandonados. Componentes que oficialmente no debían funcionar juntos. Pero funcionaron.
La primera señal fue un eco. La segunda, una respuesta incompleta. La tercera, una frase.
—“¿Quién eres?”.
Kaleb dudó antes de contestar. Luego escribió:
—“Alguien que no debería existir”.
Del otro lado, la respuesta tardó varios minutos.
—“Nosotros tampoco”.
A partir de ese momento, el contacto se estabilizó. Descubrió que el otro planeta se llamaba “Arkena”. Era similar al nuestro en muchos aspectos, pero había diferencias fundamentales.
Allí, el conflicto no había sido eliminado. Había sido enfrentado. Las sociedades eran más inestables, más caóticas… pero también más dinámicas. Había arte que cambiaba constantemente. Ideas que evolucionaban sin control central. Personas que podían recordar errores del pasado sin que esos recuerdos fueran reescritos. Arkena era imperfecta.
Pero viva.
Kaleb comenzó a compartir información. Al principio, de forma parcial. Luego con mayor precisión. Hasta que entendió algo alarmante. Arkena también había detectado a Eryndora. Pero no lo interpretaba como un mundo hermano. Sino como una advertencia. Un posible futuro fallido. Las conversaciones se intensificaron. Se formaron hipótesis. Algunas eran científicas. Otras más filosóficas. Una teoría emergió con fuerza. Eryndora no era un accidente. Era una solución. Un experimento de estabilidad absoluta. Un sistema diseñado para eliminar el conflicto eliminando la incertidumbre. Con un alto precio. La historia había dejado de avanzar de forma significativa. Todo era eficiente. Predecible. Controlado. Y, a la vez, vacío. Kaleb empezó a cuestionarse su propia vida. Recordó decisiones que nunca tomó. Proyectos que desaparecieron sin explicación. Relaciones que se desvanecieron en la memoria colectiva como si nunca hubieran ocurrido. Y comprendió que el mundo no solo era estable. Era cuidadosamente filtrado. Cuando intentó advertir a otros, descubrió la primera resistencia real. No venía de autoridades visibles. Venía de la propia estructura social. Conversaciones que se interrumpían. Mensajes que no llegaban. Personas que olvidaban inmediatamente lo que acababan de escuchar. Era como si el mundo rechazara la idea de ser cuestionado.
Arkena le envió una advertencia urgente.
—“Si continúas, te van a aislar”.
Kaleb respondió:
—“Ya estoy aislado”.
Decidió entonces dar el último paso. Intentar abrir un portal estable entre ambos mundos.
El proceso requirió energía orbital completa. La activación del núcleo central fue detectable desde todos los puntos del planeta. Por primera vez en mucho tiempo, Eryndora reaccionó con reorganización. Sistemas enteros comenzaron a ajustarse alrededor del fenómeno. Como un organismo respondiendo a una herida.
Kaleb comprendió demasiado tarde lo que estaba ocurriendo. Lo estaban reabsorbiendo.
El portal se abrió por unos segundos. A través de él vio a Arkena con claridad. Un mundo imperfecto. Ruidoso. Contradictorio. Pero auténtico. Y al otro lado, alguien lo miraba a él. Como posibilidad. El sistema de Eryndora estabilizó la anomalía. El portal se cerró. El experimento fue neutralizado. Los registros se fragmentaron automáticamente. La memoria colectiva se reajustó. Pero algo permaneció. Kaleb Varn. El único individuo que no fue completamente corregido. Ahora vive en los márgenes del sistema. Observa el cielo con frecuencia. No espera una nueva oportunidad. Pero mantiene los cálculos abiertos.
Sabe que, en algún punto más allá de la estabilidad perfecta, existe otro mundo que todavía recuerda lo que significa cambiar.
Y mientras esa posibilidad exista… Eryndora no será completamente cerrada.
AUTOR: FRANCISCO ARAYA PIZARRO (CHILE)
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Francisco Araya Pizarro. Nacido en 1977 en Santiago de Chile, Artista Digital, Diseñador Gráfico Web, Asesor en Marketing Digital y Community Manager para empresas privadas y ONGs asesoras de las Naciones Unidas, Crítico de Arte, Cine, Literatura, además de Investigador. Y Escritor de Ciencia Ficción, donde en su blog comparte sus relatos cortos en: www.tumblr.com/franciscoarayapizarro
