Keonor, el gobernante guerrero, pasó meses dándole vueltas a una pregunta que la hechicera Lithver no dejaba de repetirle cada vez que se reunían a estudiar los símbolos grabados alrededor del arco de piedra descubierto bajo el templo real.
—“Si la ventana del tiempo nos permite ver el origen de nuestras leyendas” —decía Lithver, señalando una serie de inscripciones que hasta entonces nadie había logrado descifrar por completo—, “¿por qué habría de estar limitada a una sola dirección?”.
Tardaron casi un año en descifrar el segundo conjunto de símbolos, los que, según la interpretación final de Lithver, permitían orientar la ventana hacia adelante en el tiempo. Fue Don Vanalel, ya anciano pero todavía firme en su papel de consejero principal del reino reconstruido tras su conquista, quien insistió en que la primera expedición hacia el futuro debía incluir, además de Keonor, a un pequeño grupo de jóvenes guardianes recién formados en la nueva academia real, como una manera de preparar a la siguiente generación para proteger un legado que apenas empezaban a comprender del todo.
—“Si vamos a ver lo que Kalenua puede llegar a ser” —dijo Don, durante la reunión donde se decidió la composición de la expedición—, “es justo que quienes algún día tendrán que cuidar ese futuro sean quienes lo vean primero con sus propios ojos”.
La ventana del tiempo, ajustada según los cálculos más audaces que Lithver se atrevió a proponer, los llevó diez mil años hacia adelante, una distancia que ni siquiera ella misma estaba segura de que la ventana lograra sostener sin desestabilizarse.
Lo que encontraron al cruzar superó, con creces, cualquier expectativa que Keonor hubiera podido formarse durante los meses de preparación previos al viaje. Kalenua ya no era un reino contenido dentro de las fronteras que Keonor conocía. Era, según pudieron comprender en las primeras horas de asombro casi paralizante, el nombre que la civilización del sistema estelar había adoptado para sí misma, extendida ahora a través de ciudades orbitales que giraban alrededor de su planeta de origen como anillos de luz artificial, y de colonias establecidas en mundos vecinos que ningún astrónomo de la época de donde procedían había siquiera imaginado como habitables. Naves capaces de cruzar distancias entre estrellas surcaban el cielo con una regularidad tan cotidiana que los habitantes de esa Kalenua futura apenas levantaban la vista para observarlas, de la misma manera que en tiempos de donde había venido nadie se detenía a admirar el vuelo de un pájaro común.
—“Esto no puede ser real” —murmuró Lirpa, la más joven de los aprendices de guardián que acompañaban a la expedición, apenas con dieciséis años, contemplando desde la plataforma donde habían emergido una ciudad suspendida en el aire, sostenida por un campo de energía que ninguno de ellos sabía nombrar con precisión. Fue precisamente esa plataforma de emergencia, señalada en los antiguos registros como un punto de anclaje seguro para cualquiera que cruzara la ventana del tiempo en cualquier dirección, la que los llevó directamente a un encuentro que Keonor no había anticipado del todo: un grupo de jóvenes vestidos con trajes que combinaban tecnología avanzada con símbolos que todos reconocieron de inmediato, grabados en el pecho de cada uno de ellos, como el mismo emblema de la llama circular que él mismo llevaba tatuado en el antebrazo desde que marcó su llamado a despertar de su conciencia años atrás.
—“¿Y ustedes son…?” —empezó a preguntar Keonor, sin saber bien cómo formular la pregunta ante un grupo de desconocidos que, sin embargo, portaban un símbolo que consideraba parte íntima de su propia historia.
—“Somos los Guardianes de la Ciudadela” —respondió una joven que parecía liderar el grupo, con una autoridad tranquila que a Keonor le recordó, de manera extraña, a la que él mismo había desarrollado con el tiempo—. “Me llamo Nyra Aldemaran. Y ustedes, a juzgar por sus ropas y por la energía residual que nuestros sensores detectaron en la plataforma, deben ser viajeros de una era mucho más antigua”.
El apellido no le pasó desapercibido a Keonor, que llevaba tatuado en la memoria, desde hacía años, el nombre del rey de Kalenua que su antepasado Selma había conocido mucho tiempo atrás: Cedric Aldemaran. Comprendió, en ese instante, que los linajes de los guardianes de distintos mundos que él mismo había empezado a conectar con su propia historia se habían entrelazado, con el paso de los siglos, de maneras que ningún historiador de su época hubiera podido predecir.
—“Mi nombre es Keonor Valsovar” —respondió, todavía procesando la magnitud de lo que estaba presenciando—. “Guardián del linaje real de Kalenua”.
Nyra Aldemaran abrió los ojos con un asombro que igualaba, casi exactamente, al que Keonor mismo sentía frente a ella.
—“Su legendaria espada es una leyenda fundacional en nuestros archivos” —dijo, con una reverencia que sorprendió a Keonor, acostumbrado más a ser él quien preguntaba con asombro sobre historias antiguas—. “Se dice que todo lo que Kalenua llegó a construir, incluyendo esta misma ciudadela orbital donde ahora nos encontramos, tiene su origen simbólico en el sacrificio de un solo guardián dispuesto a fundir su espíritu con el metal para proteger a su pueblo”.
Durante los días que permanecieron en aquella Kalenua futurista, guiados por Nyra y su grupo de jóvenes guardianes, Keonor y sus acompañantes descubrieron que, a pesar de los diez mil años de distancia y de una tecnología que superaba cualquier cosa que ellos mismos pudieran comprender del todo, el núcleo esencial de lo que Keonor había defendido durante su propia vida seguía intacto: los Guardianes de la Ciudadela, ahora entrenados con simuladores neuronales y armaduras capaces de resistir el vacío del espacio, seguían rigiéndose por los mismos principios que iba a transmitir Keonor siglos atrás, y que Keonor a su vez había intentado honrar durante toda su campaña contra las fuerzas de la oscuridad: “Proteger, nunca gobernar por encima de aquellos a quienes se debe proteger”.
—“Cada guardián que se forma en nuestra academia” —le explicó Nyra, mientras recorrían juntos los corredores de cristal de la ciudadela orbital, con la Tierra natal de Kalenua visible como una esfera azul y verde a través de los ventanales— “debe pasar años estudiando la historia completa del linaje, incluyendo la de guardianes de otros mundos que, con el tiempo, decidieron unir sus tradiciones a la nuestra. Aprendemos el primer guardián que fundió su espíritu con el acero. Aprendemos sobre Cedric y Selma Aldemaran, cuyo linaje conectó Kalenua con un mundo con nuestros ancestros. Y aprendemos sobre ti, Keonor Valsovar, aunque en nuestros registros tu historia aparece ya tan antigua que algunos académicos discuten si fuiste una persona real o una figura simbólica construida a partir de varias leyendas fusionadas”.
Keonor sintió un vértigo extraño al escuchar esas palabras. ¿Quién no estaría abrumado? Fue una sensación incómoda, pero también reveladora, escuchar su propia vida descrita como historia antigua, casi mítica, por alguien que consideraba su propia existencia tan real y presente como Keonor consideraba la suya.
—“¿Cómo saben que soy real, entonces?” —preguntó, más por curiosidad genuina que por necesidad de validación.
—“Porque estás aquí, de pie frente a mí, con la misma espada que nuestros archivos describen con precisión exacta” —respondió Nyra, con una sonrisa que combinaba diversión y respeto genuino—. “Supongo que acabas de resolver, sin proponértelo, un debate académico que lleva siglos sin conclusión definitiva”.
Antes de regresar a través de la ventana del tiempo hacia su propia época, Keonor pidió, y Nyra accedió con gusto, visitar el punto exacto donde, según los registros de la academia, se ubicaba el templo original que Keonor conocía como el corazón espiritual de Kalenua. Encontró, en lugar de piedra antigua, una estructura de cristal y luz que conservaba, sin embargo, en su diseño arquitectónico, la misma disposición circular que el templo original había tenido siglos atrás: un centro sagrado rodeado de corredores que se abrían hacia todos los puntos cardinales, como si los arquitectos de esa Kalenua futurista, a pesar de disponer de tecnologías que Keonor apenas lograba comprender, hubieran decidido, de manera deliberada, preservar la memoria física de sus orígenes en el corazón mismo de sus construcciones más avanzadas.
—“No hemos olvidado de dónde venimos” —le confirmó Nyra, notando la atención con la que Keonor examinaba cada detalle de la estructura—. “Por avanzada que se vuelva nuestra tecnología, seguimos construyendo nuestros templos y academias siguiendo el mismo diseño que los primeros guardianes usaron, porque creemos que olvidar la forma de nuestros orígenes es el primer paso hacia olvidar también su propósito”.
Cuando finalmente Keonor y sus acompañantes regresaron a través de la ventana del tiempo hacia su propia época, el joven aprendiz Lirpa, todavía visiblemente afectada por todo lo que habían presenciado, formuló la pregunta que llevaba horas rondándole la cabeza sin atreverse a decirla en voz alta.
—“¿Cómo sabemos que seremos parte de esa historia que ellos cuentan sobre nosotros?, ¿cómo sabemos que lo que hagamos hoy de verdad importará dentro de diez mil años?”.
Teodor, mirando hacia el arco de piedra que empezaba a cerrarse detrás de ellos, encontró en esa pregunta el mismo tipo de certeza tranquila que había aprendido a cultivar desde que despertó su conciencia años atrás.
—“No lo sabemos con certeza, Lirpa” —respondió, con la honestidad que había aprendido a valorar por encima de cualquier promesa vacía de grandeza—. “Pero acabamos de ver, con nuestros propios ojos, que diez mil años después, alguien todavía recuerda y que ni siquiera tuvo la certeza, de que el primer guardián, mientras vivía, de que su sacrificio serviría para algo más allá de una sola generación. Creo que la única manera honesta de merecer un lugar en esa historia es la misma que él eligió: hacer, hoy, lo correcto por quienes dependen de nosotros ahora mismo, sin necesidad de la garantía de que alguien, algún día, vaya a recordarlo”.
La ventana del tiempo se cerró completamente detrás de ellos, devolviéndolos al templo antiguo de piedra que Keonor conocía como su propio presente, pero ninguno de los que habían cruzado regresó exactamente igual a como había partido: cada uno de ellos cargaba ahora, además del recuerdo asombroso de ciudades orbitales y naves interestelares, la certeza silenciosa y profundamente humana de que el trabajo pequeño y cotidiano de proteger a quienes se ama, sostenido generación tras generación, era capaz de construir, con el tiempo suficiente, algo tan vasto como un futuro entre las estrellas.
AUTOR: FRANCISCO ARAYA PIZARRO (CHILE)
© DERECHOS RESERVADOS AUTOR (A)

Francisco Araya Pizarro. Nacido en 1977 en Santiago de Chile, Artista Digital, Diseñador Gráfico Web, Asesor en Marketing Digital y Community Manager para empresas privadas y ONGs asesoras de las Naciones Unidas, Crítico de Arte, Cine, Literatura, además de Investigador. Y Escritor de Ciencia Ficción, donde en su blog comparte sus relatos cortos en: www.tumblr.com/franciscoarayapizarro
