COLUMNA DOMINICAL
LO QUE QUIERO DECIR NO ES UN FRACASO
Por: Julián David Rincón Rivera (Colombia)
Correo electrónico: electrónico: rinconriverajulian@gmail.com

Hola Joan.
A diferencia de la mujer del prólogo (Elvira Navarro), no te vi por primera vez. No sabía ni conocía nada de ti hasta un día en que vi un libro tuyo. Tu nombre no me dijo nada. Ninguna sospecha, ninguna referencia, mucho menos alguna insinuación. La portada mostraba una mujer entrada en años. Muy delgada, los pómulos marcados y los cachetes caídos. Llevaba puesto un suéter de lana arremangado que dejaba en evidencia los flacos brazos y los largos dedos. Por encima del suéter y por debajo de la boca brillante y pintada, se muestra sin disimulo el pellejo caído y arrugado del cuello. Un escritorio, una silla, unos libros, carpetas, fotos, teléfono, apuntes, cenicero. La mujer aún se valía por sí misma. Más que todo y cualquier “decorado” de la imagen, fueron tus ojos los que me indicaron que aquella “abuela” no era cualquier mujer. Una mirada viva, audaz y atenta. La mirada no concordaba con los años que acumulaba la mujer que la poseía. Era una mirada que aun quería algo, buscaba algo, esperaba algo. Era una mirada que aún tenía asuntos pendientes en este mundo terrenal. ¿Qué es lo que espera una mujer como aquella de este mundo?
“Apuntes para John”. Es el título de la obra. Aparece en cursiva y sin ningún resaltado, como sí lo hace el nombre. ¿Quién era John? No tenía ni idea y la verdad no me interesaba mucho. Lo que me llevó a comprar el libro fue la palabra “apuntes”. De cierta forma, dichos apuntes me sugerían que se trataba de un trabajo de recopilación. No un libro, no una novela, no un ensayo, crónica o reseña. Simple y llanamente unos apuntes que, tal vez, podrían tener cualquier objetivo, menos editorial. Eso me gustó. Puede que se trate de una correspondencia. Mejor aún. Lo que quiero decir es que la palabra apuntes me indicaba que todo aquello se trataba de un ejercicio muy auténtico y personal. Algo que salía de momento, dada una necesidad de decir o comunicar algo a alguien, en este caso, John. Eso me gustó mucho. Si pretendía descubrir quién era realmente Joan Didion, prefería hacerlo en lo más simple, cotidiano, despreocupado o incluso irrelevante de una simple correspondencia. Creo que allí es donde mejor se presenta la persona, porque a mi me interesa más la persona, antes que cualquier otra cosa que fuera Joan Didion.
Compré el libro y lo llevé a casa. Lo arrumé con los otros libros que tenía pendientes por leer. Aunque me inquietaba saber la naturaleza de dichos apuntes, tenía que esperar. Joan y John tenían que esperar a que llegara su turno. Mientras tanto, seguía aprendiendo y practicando. Curiosamente, en un cursillo virtual relacionado con narrativa periodística que estaba tomando en aquel entonces, mencionaron tu nombre. Fue una de las recomendaciones del orientador del curso para entender y comprender de mejor manera el tema en cuestión. A los pocos días, di con otro libro tuyo. Allí aparecías mucho más joven. La cara lisa y firme. Los labios apretados, la mirada decidida. Un cigarro en la mano te daba ese toque de estilo particular que siempre te caracterizó.
“Lo que quiero decir”, era el título de la obra. No lo pensé mucho. Me llevé el libro conmigo. En casa, lo ubiqué en el arrume anteriormente descrito. Ya tenía dos libros de Joan Didion. Al terminar la lectura que venía desarrollando, era momento de elegir un nuevo libro. Lo común y corriente hubiera sido seguir el orden del arrume, que viene siendo el mismo orden a partir del cual compraba los libros. En este sentido, el libro que seguía era uno de Jack Kerouac. Aun así, tenía mucha curiosidad por ti. Le di prioridad a esa curiosidad. Me decanté por Lo que quiero decir.
¿Qué quería decir Joan Didion? El título era muy sugerente y provocador.
Antes de que tú hablaras, lo hizo Elvira Navarro. Una intromisión que sirve de provocación para generar mayor expectativa en el lector. Explica cómo te conoció a partir de tu voz narrativa. Habla de Hemingway, la diferencia entre la ficción y el ensayo, de cómo el texto se vale del artista para darse a conocer. Todo muy entretenido e interesante si no fuera por cierta “confesión” definida como un sentimiento de “fracaso” ante un hecho ciertamente particular. Según Elvira, dices haber desarrollado cierto sentimiento de fracaso por el hecho de haberte graduado de Berkeley en lugar de Stanford, según era tu voluntad. No podía ignorarlo. Si para ti era un “fracaso” haberse graduado de una universidad diferente a la deseada, ¿cómo debería llamar al hecho de graduarme de una carrera que no es la mía?
Ya no existía la curiosidad y la voluntad de leerte. Ahora existía la necesidad.
De esta manera, descubrí que todo lo que querías decir no es para todo el que lo quiera escuchar. He disfrutado enormemente tu descubrimiento. Lo celebro y lo anuncio a los cuatro vientos. Sin embargo, la principal razón de este sentimiento se fundamenta en el hecho de compartir ambos el mismo interés y afición. No se si un lector que no esté interesado en escribir encuentre el mismo valor, relevancia e importancia a todo lo que querías decir.
¿Cómo va a entender alguien que se escribe para existir? ¿Cómo va a entender alguien que escribir es el lazo que nos mantiene unidos a este mundo? ¿Cómo va a entender alguien que escribir es una forma de crearse, entenderse, comprenderse y amarse? ¿Cómo va a entender alguien que escribir es para algunos la mejor manera de ser?
Fue precisamente tu ser lo que más me fascinó. Cómo me hubiera gustado haberte conocido con tus gafas de sol, tu ropa de Céline, tu flacura extrema, tu perspicacia y esa elocuencia para observar. Hablo de tu belleza real y auténtica que tanta falta hace en los días como el de hoy. ¿Dónde encontrar una como tú? ¿Se esconden, disimulan, o simple y llanamente ya no existen?
Lo que existe es puro cuerpo, puro maquillaje, puro decorado, pura banalidad, poco seso. Ostentación, arrogancia, prepotencia y orgullo. ¿Dónde quedó la sencillez, la honestidad, la picardía y la elocuencia? ¿Te lo llevaste todo Joan?
La pasión genuina, el deseo exacerbante, el atrevimiento decidido. Hoy hay mucha decoración, poco relleno. Todos parecen huevitos kínder, pero sin sorpresa. Ricos y provocativos por fuera, vacíos por dentro.
Me hubiera gustado haber hablado contigo, pero no de escritura. Arte, música, cine, política, incluso amor. Cualquier cosa menos escritura, por favor. Porque la escritura es un tema complejo y enrevesado, especialmente para aquellos que se dedican a ello. Tú lo sabes bien, lo sabes muy bien, lo sabes mejor que nadie. Dijiste que era algo destructivo. ¿Por qué lo dices? He intentado llegar hasta el fundamento de este razonamiento, pero me he quedado drásticamente corto.
¡Qué lejos estoy! ¡Me falta demasiado!
Esta certeza es algo contradictorio. Veras, por un lado, me motiva e inspira a seguir adelante, seguir “trabajando”, continuar el camino de la formación y el aprendizaje. Aun así, el tiempo se agota, cada vez más el tiempo es menos. Cada minuto, cada segundo cuenta. ¿Llegaré a tiempo? ¿Todo el esfuerzo y dedicación terminarán en algo? Sí, lo sé, no debería preocuparme por ello. Pero ya lo sabes, soy un simple hombre.
¡Lo frágil que es un hombre!
Hablas de la superstición, como no podía ser de otra forma. ¿Tenemos alguna posibilidad? Parece somos totalmente vulnerables a ella. De hecho, para muchos, su trabajo depende, en gran medida, de ella. ¿Cómo desentendernos entonces? ¿Cómo ignorarla o pasarla por alto?
Citaste a Cocteau y a García Márquez. Qué conveniente, ¿no te parece? ¿No podías haber citado a algún otro? Ahora, me veo en la obligación de hablar de García Márquez, más por ser lo que es, por ser yo colombiano. Él hablaba de la “mala suerte” que le comportaría hablar de la novela en la que estaba trabajando. Se refería realmente a esa extraña superstición de que la novela desaparecía, su poder evocador se difuminaría en su realidad imaginativa si hablaba de ella. Tú lo dijiste de una manera más comprensible: “Si lo dices, es como un sueño que cuentas al desayuno, pierde toda su fuerza, potencia y vitalidad”.
Es un misterio, un juego que se juega en secreto. ¿Es realmente el artista dueño de su arte? El artista es un mero puente, ese material que hace tangible la obra. El arte utiliza al artista, a ese pobre diablo que parece condenado ya que el arte lo ha elegido. ¿Por cuales razones? La mayoría lo ignoran. Así que hablar de “arte” es algo ciertamente imposible para el artista. Es mejor dejar que el arte hable por sí mismo.
¿Eso es lo qué escondes detrás de tanta frialdad y seriedad? ¿O simplemente proteges tu lado más sensible y vulnerable? Lo entiendo. Este mundo puede llegar a ser un lugar muy despiadado. Eres selectiva y analítica. Los más interesantes tienden a ser los más solitarios.
¿Te has sentido sola y desamparada en algún momento? Sin lugar a duda. Algo de buena compañía es justo y necesario. Eso lo debes saber muy bien. ¿A qué le diste prioridad, a la razón o al corazón? ¿El justo equilibrio? Lo ideal. Aun así, muy difícil de alcanzar. Mejor dicho, de reconocer. ¿Dónde están los extremos? ¿Acaso no somos proclives a caer allí, a la exageración desmedida?
Hablas de fracaso, pero creo que el fracaso de allá es muy diferente al fracaso de acá. Algunos dirán que el fracaso de acá, en realidad, es injusticia. La justicia es solo para unos cuantos privilegiados, para aquellos que se lo pueden permitir. La justicia parece tener matices dependiendo de la situación, las circunstancias y el marrano, claro está.
¿Qué la justicia es injusta?
Digamos que se adapta a las características, posibilidades, capacidades y caprichos de los seres humanos. Solo diré eso, de lo contrario, pueden estar aplicando la “justicia” conmigo. Pero no es de la justicia de lo que quiero hablar.
Aclaraste que tu prioridad era Stanford, pero terminaste en Berkeley. Lo llamas fracaso. No sé si realmente lo consideras como un “fracaso”, en el sentido más estricto y riguroso de la palabra. Déjame preguntarte: ¿Qué es un fracaso? Aun así, siempre tuviste un plan B. De hecho, hay muchas personas en tu posición que tenían plan B, incluso plan C. Todas ellas buenas universidades. Sinceramente, lo de las pastillas me pareció una exageración. Pero eras joven y a todos nosotros nos gusta el drama.
Lo que quiero decirte es que en el lugar donde vivo, muchos ni siquiera tienen la posibilidad de elegir. Elegir es un privilegio que muchos que eligen no saben que poseen. Muchos eligen por descarte, otros irresponsablemente, algunos sin consciencia ni convicción personal. Este último creo que ha sido mi caso. Te lo digo de una manera muy simple. Si tú consideras tu situación como un fracaso, ¿Cómo debería considerar mi situación? ¿Un fracaso mayor? ¿El total de los fracasos? ¿El fracaso definitivo?
El problema es que no lo considero como tal. Si no hubiera sido de esa forma, muy probablemente no estaría aquí, hablando contigo, feliz y contento de hacerlo. ¿Debería entonces arrepentirme de ello? ¿Debe ser esta extraña costumbre de hablarle a “muertos”, a viejos recuerdos un fracaso?
Si no es fracaso es locura, eso seguro. Para mí, tú no estás muerta. Para explicártelo referiré a Tony. Tony Richardson, el director. Tú lo conociste bien. Lo describes de una forma “particular”. Nombras solo su característica más esencial. De allí, haces un bosquejo muy completo de la persona.
“Nunca fue un hombre al que le interesara mucho volver la vista atrás…”
Eso es exactamente lo que ocurre con mi “fracaso”. No vale la pena volver allí. No vale la pena llorar sobre la leche derramada. ¿De qué me sirve arrepentirme o apenarme de aquello que no puedo cambiar?
“Si bien no podemos volver atrás y comenzar de nuevo, podemos empezar ahora para crear un nuevo final…” dijo alguien muy sabio.
Cuando corro en la montaña, nunca miro atrás, ya que lo que me interesa es lo que viene, no lo que acabo de dejar. No lo pienso negar u ocultar, pero tampoco es necesario darle más importancia de la que en realidad merece. Quiero ser ese hombre que no mira hacia atrás. Adelante, siempre adelante. En lugar de una condena para toda la vida, he elegido una lección para seguir empujando.
AUTOR: JULIÁN DAVID RINCÓN RIVERA (COLOMBIA)
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Julián David Rincón Rivera, segundo de dos hijos, nacido en Bogotá, Colombia el 7 de abril de 1994. Profesional de Cultura Física, Deporte y Recreación.
Lector apasionado, escritor por elección, músico por diversión.
Cuenta con tres publicaciones antológicas con la editorial ITA, además de dos publicaciones en proceso, también de carácter antológico, con factor literario y la editorial mítico.
Con varias publicaciones en revistas de américa latina, encuentra en la escritura el mejor sustento para su vida.
Instagram: @relatero_literal
