COLUMNA DOMINICAL
¿EVOLUCIÓN O DEPENDENCIA?
Por: Julián David Rincón Rivera (Colombia)
Correo electrónico: rinconriverajulian@gmail.com

¿Evolución o dependencia? La inteligencia artificial plantea nuevos interrogantes sobre el pensamiento humano, la curiosidad, el aprendizaje y nuestra creciente relación con la tecnología. Una reflexión sobre los límites entre aprovechar sus capacidades y depender de ellas, en la columna de Julián David Rincón Rivera (Colombia). / Ilustración digital generada con inteligencia artificial para Escritores Rebeldes
La primera vez que vi a la IA en acción fue en un video. Trataba de representar a una persona comiendo. El resultado era algo totalmente irreal, extraño, rozando lo terrorífico. Aquello ocurrió aproximadamente hace unos cuatro o cinco años. En aquel entonces, pensaba que la IA estaba aún muy lejos de simular la realidad de una manera fidedigna. Si así lo pretendían, a los desarrolladores les quedaba aún mucho esfuerzo, trabajo y, sobre todas las cosas, tiempo, mucho tiempo por delante para lograr su propósito.
Tenía la certeza de que los resultados más fiables y capaces llegarían después de décadas de trabajo. Tal vez ni siquiera estaría vivo para ver esos resultados. Ahora mismo, la IA es capaz de generar videos con un grado de fidelidad y similitud con la realidad que hace prácticamente imposible reconocer las diferencias a simple vista.
Expertos y especialistas se refieren a este progreso rápido, continuo y acelerado de la IA con orgullo y regocijo en sus palabras. Ese mismo tono lo aplican al asegurar que se trata de una revolución, lo que, en lo personal, me suena a exageración. Ciertamente, tengo la certeza de que dicha «exageración» es la forma en que la ignorancia tiende a llamar a esa tecnología.
La IA parece algo muy importante, influyente, relevante y poderoso, tanto que prefiero hacerme el desentendido, darle la espalda, ignorarla, ser indiferente o, por lo menos, tratar de hacerlo.
El problema surge cuando uno se da cuenta de que la IA está cada vez más presente en todos los procesos y mecanismos de la vida diaria. Todo, prácticamente, está controlado, manipulado o intervenido de una u otra forma por la IA, así que parece absurdo pretender seguir ignorándola.
Procuré hacerlo, tal vez de una forma inconsciente. Recuerdo a muchos decir con euforia y exacerbación que la IA no sería capaz de superar al ser humano en ciertas labores. Ahora los veo tragándose sus palabras, condimentadas con esa misma euforia que ellos tan esmeradamente emplearon.
De igual forma, es muy curioso cómo se ha venido adoptando e implementando la IA, con una inconsciencia que resulta muy inquietante. Me refiero a esa facilidad con la cual recibimos y aceptamos estos cambios y modificaciones. Lo hacemos sin más.
¿Cómo no hacerlo, si cada día aparece algo nuevo, una nueva versión, una nueva actualización, una nueva mejora?
Así mismo ocurrió con internet. Un día llegó, se sentó en el sillón y allí se quedó, sin decir ni preguntar nada. Todos lo recibieron con un poco de extrañeza y mucha curiosidad. Poco a poco, se hizo su espacio en el hogar. Ahora es como un miembro más de la familia. De hecho, tan importante o incluso más que la escoba, el trapero o el recogedor; la olla arrocera, el molinillo para el chocolate o el filtro para preparar el café.
Lo digo porque muchos no pueden vivir sin él y lo prefieren antes que un abrazo, un beso o una buena comida. Les aterra imaginar el día en que no esté allí, tan tranquilo y campante; en que la «normalidad» se rompa, la atracción se pierda y la conexión ya no exista.
¿Qué harán entonces?
Tenía miedo de que la IA llegara y me quitara mi lugar. Los expertos y especialistas hablaban de esta posibilidad. Algunos, más airados y coléricos, utilizaban la amenaza como método de persuasión. En algunos funcionaba; en otros, no. Aun así, nunca consideré que ese día llegaría o, si lo hacía, sería ya muy tarde. El problema es que los días pasan y esa posibilidad parece cada vez más real, cercana y palpable.
Los expertos y especialistas tienen un discurso muy particular. Primero hablan de que la posibilidad es real; de hecho, algo inevitable. Lo hacen como si fuera una amenaza, para captar la atención de la gente. Para cuando les prestas atención, te dicen que no es tan así, que no hay motivos para alarmarse o preocuparse.
El problema es que a las personas o no les importa en absoluto o se preocupan demasiado. No puedo ser totalmente indiferente, pero tampoco me interesa preocuparme hasta el punto de perder el sueño.
En este sentido, he optado por el interés y lo hice de la siguiente manera: tomé como punto de partida esa «incomodidad» que despierta en muchos la implementación de la IA. Podemos interpretarla como rechazo y antipatía.
Se me ocurrió considerar que esta reacción podía ser un mecanismo de defensa. Cuando hablamos del ser humano, muchos se refieren a una raza dominante o superior. El fundamento principal de esta premisa se basa, primordialmente, en esa capacidad de raciocinio que tanto nos caracteriza.
A este respecto, muchos hablan de una «ventaja evolutiva» que nos diferencia del resto de seres vivos con los cuales compartimos el planeta. En este sentido, podemos hablar del fundamento que nos hace ser lo que somos. Así que una tecnología capaz de «simular» esas habilidades que nos hacen únicos puede llegar a ser considerada una «amenaza».
Digamos las cosas como son. El ser humano es un ser orgulloso y prepotente, capaz de desarrollar envidia y recelos como produce uñas, mocos o caca. De esta forma, tanta antipatía, animadversión y rechazo hacia la IA tiene sentido. Parece una respuesta normal y natural.
Ahora bien, tenemos la certeza de que esa misma tecnología es capaz de hacerse cada vez más «inteligente» a medida que pasa el tiempo y de que su desarrollo es evidente, además de acelerado y continuo. Uno no deja de considerar el momento en que esa tecnología llegue a ser más «inteligente» que el ser humano.
De hecho, los expertos ya le han puesto nombre: «superinteligencia artificial (ASI)», un punto de inflexión en el que la IA supera de manera definitiva las capacidades cognitivas del ser humano.
Claro que esto incomoda e inquieta.
En consecuencia, se me ocurrió considerar que muchas personas, con el propósito de no perder ese rango y categoría que significa en sí mismo poder y dominio, realizan un esfuerzo consciente para ser más «inteligentes» o, por lo menos, tratar de adquirir más conocimientos para no sentirse tan incompetentes en comparación con una IA.
De igual forma, me pareció divertido considerar que una consecuencia de este impulso podía empujar a la raza humana hacia una forma de «evolución», en términos intelectuales.
Parecía una hipótesis audaz, atrevida y un tanto alocada. Eso me gustó.
Pensé que valdría la pena ponerla a prueba y experimentar con ella de algún modo. No se me ocurrió mejor manera de hacerlo que con la mismísima IA. Así que abrí la versión gratuita de ChatGPT, la puse en contexto y le presenté la hipótesis.
La propuesta le pareció relevante, ya que expresa, de cierta forma, una noción que viene acompañando al ser humano a lo largo de la historia: la necesidad de distinguirse de los demás seres vivos.
Los seres humanos se han definido a sí mismos en razón de sus habilidades: raciocinio, creatividad, comunicación, resolución de problemas y acumulación de conocimientos.
Claramente, una inteligencia artificial puede «simular» varias de estas capacidades. De hecho, ha llegado a superar al ser humano en algunos aspectos.
Sin embargo, la IA menciona algo muy importante y que ella misma recalca como el principal impacto que ha generado su uso e implementación: su existencia nos ha llevado a pensar y reflexionar acerca de nosotros mismos en muchos aspectos.
Tal cual lo que ahora mismo ocurre con esta columna.
Ahora bien, la IA reconoce ese esfuerzo y esa búsqueda de conocimiento por parte de muchos seres humanos como un mecanismo de defensa antes que como un deseo intelectual innato.
En este sentido, se pregunta si ella misma puede «forzar», por decirlo de alguna manera, al ser humano a una forma de evolución.
Para responder a esta pregunta, ofrece tres posibilidades:
Desde una presunta evolución intelectual: plantea que las personas pueden sentirse obligadas a aprender más, desarrollar nuevas habilidades y cultivar destrezas que las máquinas no pueden reproducir. La «competición» con una IA podría funcionar como punto de partida y servir de estímulo para el crecimiento intelectual.
Como intelectualismo defensivo: sugiere que las personas pueden acumular conocimiento solo con el propósito de demostrar que aún son superiores a las máquinas. El aprendizaje es una forma de autoprotección y la inteligencia en sí misma se convierte en algo para exhibir antes que en un mecanismo para comprender la realidad.
Como adaptación a través de la cooperación: en lugar de competir con la IA, la gente aprende a implementarla con el fin de extender y mejorar sus capacidades. De esta forma, la ventaja no se limita exclusivamente a lo que el individuo sabe, sino también a cuán eficaz es su forma de cuestionar, evaluar y usar la información que tiene a su alcance.
Simultáneamente, la IA se esfuerza en aclarar que estas propuestas son tentativas y que pueden coexistir en un ambiente o contexto particular.
De igual forma, sugiere que este tipo de «adaptación intelectual» no necesariamente se debe entender como una forma de evolución biológica, en el sentido más estricto de la palabra. En su lugar, sugiere hablar de una respuesta cultural, educativa y psicológica ante un cambio o estímulo.
En este punto, la IA propone una pregunta ante dicho cambio:
¿Y si la IA nos hace más inteligentes, pero menos curiosos?
Aunque la inteligencia puede ser un concepto con múltiples aristas e interpretaciones, podemos asegurar que la curiosidad es uno de sus pasos previos.
¿Qué pasa si las personas confunden tener acceso a una respuesta con entender la respuesta?
Si bien la IA lo plantea como una pregunta, perfectamente se puede considerar como una afirmación en sí misma. De hecho, en muchas ocasiones, es precisamente eso lo que la gente busca al implementar IA: una respuesta rápida, clara y contundente.
El primer ejemplo que se me ocurre es imaginar a un joven estudiante que se dirige a la IA con el fin de cumplir sus «responsabilidades» académicas.
El estudiante pregunta. La IA ofrece la respuesta.
¿En qué medida un estudiante busca confirmar lo que la IA ofrece como respuesta? ¿En qué grado un estudiante se interesa por la cuestión planteada?
Cuando era estudiante de bachillerato, era necesario buscar las respuestas en libros, enciclopedias o diccionarios. No había de otra. Existía la necesidad de leer. Para bien o para mal, con o sin gusto implícito, algo se le quedaba a uno.
De igual forma, esa lectura juiciosa y dedicada de una cuestión podía llevar a otra cosa, y eso a otra cuestión más, y así sucesivamente. La curiosidad se estimulaba y la inquietud funcionaba como impulso para seguir investigando, leyendo y aprendiendo.
Esa cadena de curiosidad e investigación se pierde en el momento en que el estudiante simple y llanamente se limita a cumplir el requisito.
Dado que la IA es la que, realmente, le termina haciendo la tarea, la pregunta que surge es: ¿qué le queda al estudiante cuando la IA responde a sus responsabilidades académicas?
Si bien la IA puede ofrecer excelentes argumentos para responder una pregunta, poca utilidad tienen si la persona no logra entenderlos.
Para la IA, el resultado no depende únicamente de su respuesta o implementación, sino de cómo estos resultados son interpretados, implementados o utilizados.
En esta dinámica, la IA encuentra cierto tipo de contradicciones en estos planteamientos que no se pueden pasar por alto.
Si bien la raza humana ha creado una herramienta para hacer su vida más fácil, luego utiliza esas habilidades de una nueva forma para juzgarnos a nosotros mismos.
La herramienta que en un principio se creó para hacernos más libres se puede convertir en otra forma de obligación.
Una contradicción que, a mi parecer, es tan humana como su propia naturaleza.
En consecuencia, la IA propone replantear la pregunta central del debate:
¿Y si el gran peligro de la IA no es que las máquinas sean más inteligentes que los humanos, sino que estos últimos se vean obligados a parecerse más a esas máquinas para seguir siendo relevantes?
Aunque es un cuestionamiento, también se puede interpretar como una consecuencia.
Recuerdo que un día le pregunté a un conocido que usa e implementa frecuentemente IA en su trabajo si no temía que el uso repetido y constante de esta herramienta nos llevara a perder cierto grado de humanidad.
—¿En qué sentido? —me preguntó.
Le dije que había desarrollado cierto tipo de contrariedad al descubrir, a raíz de una declaración de un ingeniero de OpenAI, que la gente no se entera de la cantidad de energía y recursos que se gastan solo con darle las gracias a la IA.
La aclaración sugería, de forma indirecta, que ciertas costumbres culturales eran innecesarias al momento de usar e implementar una inteligencia artificial.
Aunque la sugerencia del ingeniero es válida y muy razonable, el hecho de reprimir este gesto tan humano, como lo es saludar o dar las gracias, por más máquina que sea, puede tener repercusiones.
Le propuse a mi amigo un ejemplo.
Imaginemos a una persona que usa IA diariamente. Una persona que se ve obligada, por cuestiones laborales o de cualquier índole, a implementar IA constantemente.
Supongamos que esta persona adopta las sugerencias del ingeniero de OpenAI relacionadas con el trato hacia las máquinas: un trato frío, directo, indiferente y poco humano.
Recordemos que hablamos de una máquina.
¿Qué nos asegura que esta persona, acostumbrada a este trato frío y descortés, no llevará ese trato, tal vez de forma indirecta, a sus interacciones humanas?
—No creo que ocurra. Sabemos reconocer muy bien la diferencia entre una persona y una máquina —respondió ese conocido.
En lo personal, no sé si esto es garantía suficiente.
La IA, por su parte, analiza esta cuestión, pero desde un enfoque más intelectual y pedagógico.
Esta pérdida de «humanidad», por llamarla de alguna manera, pone en consideración algunas características que identifican a los seres humanos, tales como la curiosidad sin un propósito práctico, la contemplación sin fecha límite, el aprendizaje por el simple placer de entender el entorno o la libertad de ser imperfectos.
De esta forma, la IA propone un desafío muy interesante:
¿Cree que la gente busca ser más inteligente porque genuinamente teme perder sus capacidades para pensar o porque teme perder el estatus social que viene de ser considerada inteligente?
Ante la pregunta, sugerí que, como ella misma mencionó, todas las alternativas son posibles.
Mucha gente puede pretender ser más inteligente por el simple placer de aprender, aunque aquí hablaríamos de una consecuencia.
Por otro lado, mucha gente puede sentir la presión de ser más «inteligente» que su «competencia», la IA.
Esta presión puede responder al miedo de perder un trabajo, el estatus, el poder o las posesiones, o simple y llanamente al hecho de que alguien puede considerar que el ser humano debe ser «mejor» que una IA.
Sugerí, al mismo tiempo, que la implementación más adecuada, la que probablemente implicaría mayores beneficios para sus usuarios, era aquella en la cual la IA se interpreta como un complemento, como una segunda mano, como un compañero de trabajo en lugar de una competencia o un enemigo.
Esta perspectiva, desde mi punto de vista, nos ofrece la posibilidad de dar un gran paso.
Un paso que se puede considerar un salto en el proceso evolutivo cuando usamos e implementamos la IA para desarrollar y potenciar nuestras habilidades naturales.
Podríamos estar hablando de otro tipo de humano, un nuevo humano, el ser humano que ha sido mejorado y potenciado con ayuda de la IA.
A la IA le agradó la nueva perspectiva y ofreció su punto de vista desde diferentes ángulos.
En primer lugar, se refiere a un término muy interesante al pasar de la inteligencia humana a la «inteligencia aumentada».
La interpretación de la herramienta como un medio para desarrollar la inteligencia potencia su función y alcance. En el momento en que el ser humano aplica el desarrollo de la IA para ampliar su propio alcance intelectual, a eso le llama inteligencia aumentada.
En segundo lugar, considera la posibilidad de «un nuevo humano».
Hablar de una evolución, en el sentido más estricto de la palabra, parece una exageración para la IA. En su lugar, sugiere hablar de una forma de «integración» de la tecnología en todas las actividades intelectuales del individuo, lo que describe como la simbiosis humano-computadora.
Un concepto que el científico en computación J. C. R. Licklider estableció en 1960.
Bajo esta premisa, el científico imaginaba un futuro en el cual los humanos y las computadoras cooperaran, combinando objetivos y juicio humano con la precisión y velocidad computacional.
Finalmente, plantea el dilema de la idea de un humano mejorado como mejor lo sabe hacer, con una pregunta:
Si la IA puede mejorar nuestras capacidades intelectuales, ¿esto significa que todos podrán beneficiarse de igual manera?
La IA toma la iniciativa y sugiere que lo más probable es que no.
Como argumento, considera dos tipos de personas. La primera tiene tanto acceso como conocimiento de las herramientas de IA. La segunda, por su parte, no tiene el conocimiento y limita su uso a lo estrictamente necesario y básico.
Las dos tienen acceso a la herramienta, pero no obtienen necesariamente el mismo beneficio.
De esta forma, la IA establece una nueva división intelectual: aquellos que saben cómo expandir sus capacidades a través de la IA y aquellos que solo dependen de ella.
Con esta idea en mente, se plantea otra cuestión:
¿Qué pasa cuando la gente deja de desarrollar ciertas habilidades porque la IA lo hace por ella?
Aunque la tecnología puede potenciar nuestras capacidades, de igual manera somos vulnerables a perder otras tantas por falta de práctica o entrenamiento.
¿Esto es evolución o transformación tecnológica?
Claramente, sería más pertinente hablar de una transformación tecnológica antes que de evolución.
Si bien la IA tiene el potencial para producir una transformación de importancia histórica, aún no se puede conocer el alcance de dicha transformación.
De esta forma, la IA se hace a la idea de que dicho humano mejorado no necesariamente se debe definir por sus capacidades intelectuales.
En su lugar, se refiere a un individuo capaz de implementar las herramientas para explorar preguntas que anteriormente excedían sus capacidades individuales, mientras preserva la curiosidad, el escepticismo, la imaginación y el deseo de entender el mundo.
Como demostración, nos invita a imaginar un mundo con dos tipos de generaciones:
Generación A: aprende a pensar de manera independiente en primer lugar y, posteriormente, incorpora la IA a sus actividades intelectuales.
Generación B: crece desde la infancia con IA y la usa como una extensión natural de su memoria, su proceso de razonamiento, creatividad y aprendizaje.
Con esta perspectiva en mente, ¿es la generación B intelectualmente superior a la generación A o han desarrollado una forma diferente de inteligencia?
Cada vez que la IA emplea el término «capacidad» de usar la IA, por una razón extraña se me ocurre pensar en una forma «democrática» de dicha capacidad.
Sin embargo, esto es, ante todo, una decisión.
La mayoría de la gente, ahora mismo, usa la IA para obtener respuestas de manera rápida y fácil.
No está mal, pero ¿qué pasaría si vamos más allá?
¿Qué pasará cuando entendamos que la implementación de IA puede ayudarnos a mejorar en ciertos aspectos?
En ese momento, una persona debe asumir la responsabilidad que implica conocer y comprender mejor dicha herramienta, no solo para obtener mejores resultados, sino para actuar de manera más responsable ante esta forma de poder.
Un gran poder implica una gran responsabilidad, y el conocimiento es una forma de poder.
La IA reconoce el valor del término «capacidad democrática». Reconoce que la tecnología ha hecho que ciertos recursos intelectuales sean mucho más accesibles.
Alguien sin ningún tipo de educación formal puede tener acceso a ese conocimiento al que, de otra manera, le hubiera tomado tiempo y dinero llegar.
En este sentido, se puede hablar de una forma de democratización del conocimiento.
Sin embargo, el acceso a estas herramientas no democratiza la capacidad de beneficiarse totalmente de ellas.
De esta manera, volvemos a la misma conclusión que ya hemos planteado anteriormente: si bien el acceso puede ser democratizado, la experiencia final depende de las capacidades de los usuarios.
Por otra parte, la IA también sabe reconocer la importancia de introducir un elemento que, ciertamente, había pasado desapercibido a lo largo de la conversación: la responsabilidad como condición de un desarrollo intelectual.
Para explicarlo, la IA destaca tres dimensiones de responsabilidad:
- Responsabilidad individual: entender las limitaciones de la IA, cuestionar las respuestas obtenidas y evitar la dependencia intelectual.
- Responsabilidad social: reconocer que la IA puede generar información capaz de influir en otras personas, instituciones, discusiones públicas y decisiones.
- Responsabilidad intelectual: preservar la voluntad de investigar, entender y desarrollar un criterio personal de juicio antes que aceptar todas las respuestas convenientes.
En su obsesiva intención de mantener viva la conversación, plantea lo siguiente:
¿Qué pasa cuando el entendimiento y la comprensión de la IA se convierten en un requisito para participar en la sociedad?
La IA plantea un futuro en el cual las oportunidades laborales, el desarrollo educativo, el acceso a la información o incluso la participación social dependen de cómo se interactúa con esta herramienta.
Según mi sugerencia de que la imposición de entender la IA produce una pérdida en sus efectos, identifica dos tipos de motivaciones:
- Aprender en razón de un genuino interés por entender algo.
- Aprender por la necesidad de satisfacer un requerimiento externo.
Aunque las dos experiencias pueden ofrecer conocimiento, no producen la misma experiencia intelectual.
Aun así, para la IA, los requerimientos externos no necesariamente destruyen por completo la curiosidad. En algunas ocasiones, la obligación introduce a alguien en una nueva experiencia que se puede convertir en una pasión genuina.
Para demostrar el grado de «experiencia» que surge al momento de interactuar con estas herramientas, propone tres niveles de interacción:
Nivel 1. Uso instrumental: la IA provee una solución inmediata. Los usuarios, por su parte, solo quieren conveniencia, rapidez y una única respuesta.
Nivel 2. Integración consciente: el usuario entiende la herramienta, sus limitaciones y sus posibilidades. La IA, por su parte, se convierte en parte del proceso intelectual.
Nivel 3. Integración exploratoria: el usuario utiliza la herramienta para descubrir nuevas preguntas, retar su propio pensamiento y explorar posibilidades que nunca había considerado.
Finalmente, y para darle cierre al debate, la IA propone un interesante paralelo histórico que sirve como punto de referencia para considerar las implicaciones y consecuencias de su implementación.
Para ello, cita el diálogo Fedro, de Platón. En este, Sócrates cuenta una historia acerca del dios egipcio Thot, quien presenta la escritura como un invento que mejorará la memoria y la sabiduría.
El rey Thamus cuestiona esta afirmación, argumentando que la escritura puede debilitar la memoria humana al presentar los datos en forma física antes que recordarlos.
La anécdota socrática evidencia que la escritura no destruyó ni perjudicó la inteligencia humana. En su lugar, transformó la forma en la cual la inteligencia se puede desarrollar.
Aunque la analogía no es perfecta en sí misma, establece un paralelo que vale la pena presentar:
¿Y si la IA es otra transformación tecnológica que inicialmente parece perjudicar nuestras habilidades intelectuales, pero que, sin embargo, cambia la forma en que estas habilidades se desarrollan?
AUTOR: JULIÁN DAVID RINCÓN RIVERA (COLOMBIA)
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Julián David Rincón Rivera, segundo de dos hijos, nacido en Bogotá, Colombia el 7 de abril de 1994. Profesional de Cultura Física, Deporte y Recreación.
Lector apasionado, escritor por elección, músico por diversión.
Cuenta con tres publicaciones antológicas con la editorial ITA, además de dos publicaciones en proceso, también de carácter antológico, con factor literario y la editorial mítico.
Con varias publicaciones en revistas de américa latina, encuentra en la escritura el mejor sustento para su vida.
Instagram: @relatero_literal
