«Dios creó a los hombres, el coronel Colt los hizo iguales.»
— Samuel Colt
El aire era demasiado seco, casi irrespirable, como si perteneciera a un planeta ajeno. Algunas elevaciones rocosas delimitaban la inmensidad del abismo. Había algo de vegetación dispersa, pero ningún animal rondaba por la zona. En las profundidades del condado de Bexar —un punto neurálgico, pero desértico del gran estado de Texas—, la vida parecía haberse rendido. Aquellas tierras, donde el calor podía descomponer los huesos y el viento borraba cualquier rastro humano, despedían un olor rancio, mezcla de sudor añejo y madera podrida.
En ese confín del mundo se alzaba un viejo caserón vencido por la acción del tiempo y la naturaleza, conocido por los lugareños como la Estancia Benally. Se decía que las tierras aledañas no daban ni frutos ni sombra, y que el agua del pozo emergía espesa, casi viscosa, como sangre de becerro recién derramada.
El lugar estaba abandonado desde hacía ya bastante tiempo, tanto por Dios como por los hombres… o al menos eso era lo que se creía.
El pueblo más cercano, de nombre Abismo Seco, no era más que una cantina desvencijada, una herrería y una iglesia tan antigua que su campana, más que sonar, parecía llorar lamentos que inundaban el desierto. El viejo reverendo McGrath solía decir —casi en susurros y siempre mirando por encima del hombro— que Dios ya no tenía interés en escuchar a la gente del gran sur profundo. Lo decía con temor, como si temiera que alguien —o algo— pudiera escucharlo.
Pero una tarde rojiza como carne abierta, un hombre llamado Caleb Rourke —un pistolero sin patria ni destino— regresó al pueblo. Pasó años en la guerra, vio cosas que lo habían marcado para siempre… pero nada como lo que estaba a punto de presenciar.
—Volviste demasiado tarde, forastero —dijo la anciana Inez, desde su mecedora frente al salón—. Él ya está despierto.
A Caleb no le importó lo que había escuchado. Solo apretó los labios con fuerza, contuvo sus pensamientos y caminó hacia el límite del pueblo, donde el olor del polvo comenzaba a ser distinto, más denso… más antiguo. Llevaba una promesa a cuestas, una que lo ataba al pasado. Los muertos no olvidan ciertas cosas.
Casi veinte años atrás, en un duelo ilegal, Caleb le voló la cabeza al hijo menor de Tom Benally, un tirano terrateniente que se creía dueño de todo lo que alcanzaban sus ojos. Pero Tom cometió un error imperdonable: no enterró a su hijo.
Cuentan las malas lenguas que lo llevó a la estancia y lo enterró en la bodega, bajo la casa. Fue entonces cuando el viejo Benally comenzó a aprender cosas… cosas antiguas, prohibidas, surgidas desde las profundidades de la tierra: de los huesos y la carne de indios, de rituales de los navajos, de embrujo corrompido por la fiebre del oro. Algo que venía de generaciones antiguas de su familia, mitad india, arrastrados hasta esos tiempos. Los Binaalyé, navajos que con el tiempo y la mezcla fueron engendrando los Benally.
—El viejo Benally hizo un pacto —había dicho Inez años atrás—. Entregó su alma a cambio de una segunda bala. Y lleva el nombre de Caleb.
Cuando llegó a la estancia, el aire era tan espeso e infernal que escupió sangre sin siquiera notarlo. Tenía la lengua seca, áspera, con un desagradable sabor metálico que le raspaba el paladar.
La edificación parecía querer inclinarse sobre él, como un perro rabioso a punto de lanzarse al cuello de su presa. Y allí, en el umbral, con un sombrero viejo que le cubría los ojos, lo esperaba alguien… alguien con hambre de muerte. Era un hombre alto, de piel cenicienta y sonrisa cadavérica.
—Ya veo que volviste —dijo el viejo Tom, aunque sus labios no se movieron. Su voz parecía emanar del polvo, desde lo más profundo de la tierra.
—Algunas promesas están para cumplirse —respondió Caleb, al tiempo que desenfundaba su revólver. Era una herrumbrosa Colt 45, con seis balas cargadas en su tambor.
Entonces, los dos hombres se colocaron a unos veinte pasos de distancia, frente a frente. En ese momento, hasta las cigarras guardaron silencio. El viento huyó, como si buscara refugio.
Uno…
Dos…
Tres…
Y dispararon…
Pero el cuerpo del viejo Tom Benally no tocó el suelo. Su pecho ardía con el agujero de las balas, pero sus pies permanecían firmes, sin vacilar. Era como si aquellas balas no tuvieran poder sobre él.
La pistola de Tom seguía en alto, apuntando con una calma infernal. Caleb sintió que el tiempo se detenía, como si todo a su alrededor quedara suspendido en un charco estancado de eternidad.
—Tú traes la muerte a estas tierras, pero yo traigo la eternidad —susurró Tom Benally.
Las detonaciones retumbaron en el valle. Y luego, el grito de Caleb, que brotó desde lo más profundo de su pecho, mientras sentía cómo algo se apoderaba de su interior. Algo que lo desgarraba desde dentro. Algo antiguo… algo que había sido sellado con el alma de Caleb y el pacto oscuro del viejo Tom.
El disparo de Benally nunca llegó a su destino. No lo necesitaba.
AUTOR: GUSTAVO ZABALLA (URUGUAY)
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Gustavo Zaballa – Soy oriundo de la ciudad de Rivera, Uruguay. Me desempeño como profesor de Informática y ajedrez, además de trabajar como desarrollador de software. Intento converger mi predilección por el mundo literario y lo digital con el fin de cautivar a quienes puedan leerme. Amante del terror y la ciencia ficción, soy autor de El Circo de las Bestias: Antología de Terror (junio 2023). He participado en varias colecciones con «Larva» en Criaturas Nocturnas (noviembre 2023) y «La Maldición de la Casa Rodríguez» en Caos Innombrable (mayo 2024) por Editorial Alas de Cuervo, así como con «Umbral» en Historias de Medianoche (junio 2024) por Ediciones Akera. Además, he sido incluido en varias ediciones de la revista Paladín con «Larva», «La luz que cayó del cielo», «3042» y «Umbral» (2024).
