I
Una mañana, salió Melesio rumbo al río, con Anthea en sus brazos. Iba descalzo y el camino pedregoso le hería los pies. Llegó a la orilla y se detuvo para contemplar por última vez el rostro de la joven, luego se introdujo de inmediato en el agua. En la superficie, la corriente halaba los cabellos largos de Anthea. Melesio se detuvo en medio del río y suspiró: nunca contemplaría de nuevo el brillo en los ojos de la joven, ni la sangre pintaría más sus mejillas, ni su boca estaría dispuesta cuando él deseara tocarla. Dejó escapar de sus labios un leve murmullo que poco a poco se hizo canción, y mecía a la chica de un lado hacia el otro, como una madre arrullando a su crío.
Las aguas se llevaron el cuerpo de la joven y su corriente se convirtió en el camino directo al mundo de los muertos. Él regresó a la orilla y se detuvo en actitud desafiante. Rasgó la túnica que le cubría el cuerpo y se tomó los genitales entre las manos. Como si deseara gritar algo reprimido por mucho tiempo, miró hacia el cielo y entreabrió la boca, pero desistió. Con un movimiento rápido pasó la hoja de su daga y cercenó sus genitales. El dolor doblegó sus rodillas y cayó en el suelo. La muerte llegaría lenta y penosa.
Atraídas por la sangre que manaba de la herida, los espíritus del bosque aparecieron. Como ecos de un animal herido de muerte, gritos de furia se expandieron, la tierra tembló y el aire se vistió de lluvia, truenos y relámpagos, el cielo dejó de ser azul y la oscuridad cubrió el sol. Los espíritus del bosque se abalanzaron contra Melesio y le mordieron la carne, arrancaron su piel con las uñas, bebieron su sangre, le extirparon las entrañas y desmembraron con avidez sus partes en un frenesí que les desahogaba el furor, que les purgaba la ira.
II
Llegaron al pueblo una mañana. Venían en cuatro carretas haladas por caballos, repletas de utensilios y madera, a habitar la parcela que les habían escriturado. Fueron años de esfuerzo que al fin les permitió adquirir un pedazo de tierra para dejar de trabajarles a otras personas.
No era necesario construir una vivienda porque, según les dijeron, en el terreno asignado ya había una, sólo requería un poco de remodelación. Se preguntaban cómo sería la cabaña, si tendría jardín, muchos árboles, alguna fuente de agua y espacio para corrales y para criar animales. Imaginaron encontrar un lugar lleno de gente y bullicio. Mas, al llegar, solamente los recibió el viento con su silbido y el silencio en un lugar desolado, con muchos túmulos de hogueras consumidas y cabañas deterioradas. Aunque ninguno lo expresó, varias preguntas pululaban en sus cabezas. Se bajaron de la carreta y amarraron a los animales en los pedazos de troncos hallados en el lugar. La cabaña necesitaba urgentemente reparaciones.
—¡Mira, la de allá está mejor! —exclamó la chica cuando vio que la vivienda adjunta era la única que no presentaba daños considerables.
—Pues si no hay nadie, podríamos habitarla —comentó su joven hermano.
Y salió detrás de ella, que ya había decidido explorarla.
Al llegar a la puerta, no hubo necesidad de abrirla, porque un hombre, extrañado por el ruido, se presentó ante ellos.
—Eh… hola… acabamos de llegar… somos sus nuevos vecinos —dijo la chica ante la repentina aparición.
A su vez, el hermano saludó. El hombre dio media vuelta y regresó al interior de la vivienda, cerrando la puerta tras sí. Los dos jóvenes se miraron y fruncieron los hombros. Regresaron a donde estaban sus padres. Los cuatro comenzaron los trabajos de remodelación.
III
El canto de las ranas, algunos aullidos de animales salvajes, unos cuantos piquetes de mosquitos, el frío que no respetaba abrigo y la oscuridad que se veía a los lejos, a través de las ventanas que Melesio cerraba, anunciaron la llegada de la noche. El dueño de casa terminó de atrancar la puerta y se disponía a descansar, cuando escuchó unos tímidos golpes en la madera. Se sobresaltó un poco, y con un palo en las manos caminó sigiloso hacia la puerta. Una voz de hombre preguntaba si había alguien ahí.
—¿Quién pregunta? —respondió Melesio, con tono fuerte.
—Buenas noches… Soy su nuevo vecino y venía a preguntarle si le gustaría cenar…
Melesio se negó.
—Si cambia de opinión, lo esperamos en la cabaña —dijo el hombre, y regresó por donde había venido.
Pero él no asistió.
El hermano también hizo el intentó una semana después, con la disculpa de solicitarle en préstamo una herramienta. Pero un nuevo rechazo impidió cualquier contacto.
Una tarde en que se había quedado sola en la cabaña, porque sus padres y hermano estaban en el bosque, la chica fue donde el desconocido para otro intento de hacer amistad.
—Hola, me llamo Anthea —saludó, y le preguntó si le gustaría el pastel que había preparado su mamá.
A Melesio le llamó la atención el brillo de los ojos y la amable sonrisa. Al tomarle la mano extendida, la sintió cálida, suave y delicada, como la de alguien que no hubiera hecho trabajo en el campo. Recibió el pastel y la invitó a entrar.
Los utensilios de la cocineta estaban sucios, había algunas prendas y pieles de animales esparcidas por el suelo, el polvo reinaba sobre algunos de los escasos muebles de madera hechos a mano sin mucha destreza, las frutas que había recogido y que aún no se comía ya empezaban a oler mal, y pedazos de madera pululaban por doquier. Le señaló dónde sentarse y se disculpó por el desorden, pero a Anthea no le importó. La joven ocupó un tronco de madera, junto a otro más grande que simulaba una mesa, y pasó la vista por la cabaña.
No sabían qué decirse.
—¿Vive alguien con usted? —fue lo primero que se le ocurrió—. Yo vivo con mis padres y mi hermano. Somos de un poblado más allá de las montañas…
—Vivo solo —él interrumpió.
La chica pensó en contarle por qué habían venido a este lugar, pero consideró que no tenía importancia.
—¿Le gustaría una rebanada? —preguntó Melesio.
—No, gracias, es para usted, yo ya comí mucho. Mejor un vaso de agua —dijo con una amplia sonrisa.
Melesio tomó el pastel y se dirigió a la cocina a dejarlo. Desde ahí llegó con un vaso de agua.
—Pero debe tener algún familiar o a alguien… en otro poblado… —comentó ella tomando un sorbo.
Melesio levantó el rostro y detuvo sus ojos en los de la joven. Anthea sintió que sus palabras habían sido imprudentes y quiso abrir la boca para disculparse.
—Vivía con mi madre, pero… murió… —él se anticipó.
Ella expresó un leve “lo siento”. No hallaba cómo preguntarle lo que en verdad quería saber: ¿qué había pasado aquí?
—Es la ley de la vida, nacemos y… —quiso suavizar un poco el momento incómodo—…morimos —completó él.
Los dos se sorprendieron. Ella dibujó una sonrisa nerviosa en el rostro y, para su sorpresa, él correspondió. Creyendo que el momento oportuno había llegado, le formuló la pregunta. Melesio cambió los gestos de su rostro a una expresión seria y dura. Anthea se disculpó, le dijo que ya debía irse porque sus padres no tardarían.
IV
El hermano de Anthea caminaba por el bosque con el deseo de cazar algún ave o animal para variar un poco la dieta de frutas y verduras. Recordaba las especulaciones que todos trataron de sacar sobre lo sucedido en el pueblo.
Cuando llegaron, les llamó la atención los túmulos. Su padre había inspeccionado varios de ellos y descubierto huesos humanos y de animales. Tal vez era un ritual hecho por los pobladores para congraciarse con los dioses, por algo que ocurrió y que acabó con sus vidas. Pero, ¿y por qué no mató al hombre solitario de la cabaña vecina? O tal vez la tierra no pudo producir los suficientes recursos para alimentarse y tuvieron que irse. Pero, ¿y por qué el hombre solitario de la cabaña seguía vivo? O quizá los moradores buscaron mejores derroteros en otros lados. Pero, ¿el hombre solitario de la cabaña vecina fue el menos ambicioso?
El joven divisó un ave que cambiaba de rama en rama en su vuelo. Alistó su arco y se preparó a disparar contra el pájaro cuando unas risas lo distrajeron. creyó por un momento que eran sus padres y hermana, pero aguzando un poco el oído, los tonos no le eran familiares. Giró su cuerpo y caminó en dirección de las voces. Al llegar, se agachó. Vio a cuatro féminas semidesnudas bañándose en las aguas de un claro y jugando absortas entre ellas. Buscó el mejor lugar para observar sin ser descubierto, y se dispuso a espiar el panorama que tenía ante sus ojos. Las cuatro féminas se salpicaban unas a otras, se zambullían, volvían a salir y se jugaban una que otra broma. Excitado por los cuerpos al aire libre, el joven desabrochó la bragueta de su pantalón para desahogar el deseo que explotaba en su sangre.
Una mano tapó su boca y otra lo haló hacia el interior del bosque. El joven retorcía su cuerpo para liberarse y enfrentar a su agresor desconocido, pero éste le puso un cuchillo en la garganta.
—Si no haces ruido, te liberaré.
El joven asintió con la cabeza.
El agresor se dejó ver, y el joven retrocedió hasta chocar la espalda contra un árbol.
—Esto es tuyo —Melesio le arrojó el arco.
El joven lo tomó, sacó una flecha y le apuntó.
—¡Espera! Déjame explicarte y luego decides si me disparas o no —dijo Melesio, estirando un brazo con la palma de la mano en señal de alto.
—¡Habla o te atravesaré la cabeza!
—Esas mujeres no son humanas. Son espíritus del bosque. Si descubren que alguien las espía, su enojo puede ser terrible.
El joven tensó aún más el arco y miró fijamente al agresor, quien le pedía con la mano que bajara el arma. El arco se distendió, y Melesio ofreció la mano a su dueño en señal de amistad, gesto que fue correspondido. Luego, los dos tomaron caminos distintos hacia sus cabañas.
Al día siguiente, el padre del joven fue a la cabaña de Melesio a agradecerle por lo que había hecho por su hijo. El joven les contó a grandes rasgos lo ocurrido, y por eso decidieron invitarlo a cenar como agradecimiento. Por un momento, él dudó de nuevo, pero esta vez aceptó. Durante la cena, fue inevitable que no respondiera a la pregunta que volaba entre los presentes desde el día en que llegaron.
V
Los habitantes del pueblo empezaban muy temprano sus labores, incluso el sol era un zángano para ellos. Pero la mañana siguiente no fue similar. Uno de los lugareños llegó apresurado a dar la noticia:
—¡Las cosechas están podridas!
Otro ratificó:
—¡La tierra está seca!
Una mujer salió de su corral y reveló otras desgracias que gritó a los cuatro vientos.
—¡Mis cerdos y ovejas han muerto!
Otra vociferó aún más alto:
—¡Mi vaca está engusanada!
Por cualquier ladera se gritaban las mismas quejas. El centro del pequeño asentamiento se atiborró de personas asustadas que exclamaban: “¡Epidemia! ¡Epidemia!”. La multitud obligó a convocar a una reunión urgente con los representantes de cada una de las familias y con la presencia de la herbolaria. En el rostro de la mujer reinaba la incertidumbre y la preocupación: varias de las plantas que usaba para sus brebajes se marchitaron. De pie frente a una de las reses muertas, ordenó a algunos de los hombres abrirle las entrañas. El ceño fruncido de la herbolaria no parecía reflejar buenos augurios. El silencio de la turba observaba expectante. Ella levantó algunas de las vísceras hacia el cielo y sentenció:
—Veo a un oso y a un halcón…
La expectación era como el aire que se respiraba.
—Y a una cría de ellos muy extraña… pero… no puedo ver más.
El presidente de la asamblea le pidió algún consejo. De nuevo las entrañas de las reses se sometieron a escrutinio por el ojo explorador de la herbolaria.
—Podrían hacerse sacrificios de crías de oso y halcón…
De un simple murmullo a un ruido ensordecedor creció el bullicio. Los representantes de las familias se reunieron de nuevo e interpretaron el vaticinio a su modo: decidieron que se debían hacer pequeños altares para honrar a los espíritus del bosque con sacrificios de críos de osos y de halcones. Y así lo hicieron. A pesar de la desgracia y la escasez de alimentos, se empeñaron en construir los altares y en cazar crías de osos y de halcones para ofrecerlos a los espíritus del bosque y calmar su ira. Pero nada cambió.
Días después, por el camino de salida del pueblo, algunos habitantes empezaron a desfilar. En las carretas transportaban sus pertenencias y los animales enfermos que sobrevivieron. La desesperación fue el móvil que los llevó a abandonar sus antiguas cabañas.
El límite del pueblo distaba poco de la primera carreta de la caravana. Cuando ésta intentó cruzarlo, se detuvo ante la mirada atónita de los demás. La persona de la carreta que venía detrás se bajó para averiguar qué ocurría, porque nadie le había contestado cuando llamó.
—¡Están todos muertos! —gritó al descubrir la razón del silencio.
—¡Tal vez de hambre, como lo vamos a estar si no nos largarnos de aquí! —vociferó alguien.
Aquél regresó a su carreta y quiso cruzar el límite, pero al llegar también se detuvo. El conductor vecino avanzó para saber qué ocurría y descubrió muertos a sus ocupantes. La misma situación ocurrió con él. Los restantes moradores comprendieron que ya no podían abandonar el pueblo y dirigieron sus carretas de regreso.
Por consejo de la herbolaria continuaron los sacrificios y ofrendas a los espíritus del bosque; sin embargo, en muy contadas ocasiones sus plegarias fueron escuchadas. La tierra fue favorable con algunos alimentos, como para evitar que se murieran de hambre.
VI
El entusiasmo no hallaba espacio en el pecho de Melesio cuando sus amigos lo invitaron a cazar en el bosque. Era la primera vez que disfrutaría de esa experiencia. Los cazadores caminaron un buen tramo de bosque; después de algunas horas, uno de ellos divisó a un oso. Era un ejemplar joven, no muy grande, que vagaba distraído a sus anchas. El cazador alistó su arco. Una flecha salió disparada y se estrelló en un árbol. Otro cazador disparó una segunda saeta que rozó la piel del animal y lo obligó a gemir.
—¡Por ahí! —gritó alguien e inmediatamente azuzó a los perros.
Melesio no quería perderse detalle de la cacería. Una lucha sin precedentes para el invitado estaba a punto de empezar. Los perros se lanzaron contra el cuello del oso, y éste, con fuertes sacudidas, se desprendió de ellos y los encaró con sus garras. Los animales arremetieron de nuevo contra el oso y se prendieron de una parte del cuerpo, hasta doblegarlo. Pero éste no se daba por vencido; caído, sentía los mordiscos de los animales, y cuando lograba incorporarse, se escuchaban los chillidos de alguno de los perros heridos. Melesio miraba con entusiasmo la contienda. Tras rugidos y dentelladas, tras ladridos, lances y arremetidas, las fuerzas del oso menguaron y como guerrero que ve cerca la muerte sucumbió en la batalla y cayó al suelo, arrojando borbotones de sangre por su hocico. Los perros obedecieron a su amo y dejaron sucumbir tranquilo al animal, que moribundo sólo esperaba el tiro de gracia.
Desde los aires, irrumpieron el chillido y aleteo de un halcón. De plumaje oscuro y cabeza blanca, el ave se abalanzó contra uno de los cazadores, y lo hirió en el rostro. Con un rápido giro de sus alas, el halcón emprendió el vuelo, se elevó y de nuevo se dejó caer en picada contra otro de ellos. Los cazadores apuntaron y las flechas terminaron por derribarlo. Alguien se acercó al oso, y el zumbido de un hacha que corta el aire terminó con la vida del animal.
Melesio y los cazadores se asombraron mucho al ver la transformación del primero en mujer y el segundo en hombre.
Como se alborotan las aves cuando alguien grita o las espanta, la gente del poblado caminaba agitada de aquí para allá, y otros oraban como si esperaran lo peor. La madre de Melesio se dirigió al lugar en donde estaban el hombre y la mujer, quienes permanecían fuera de una de las casas, acostados sobre un túmulo de madera y cubiertos por una sábana blanca, listos para ser quemados en la noche. Algunos lugareños rezaban a su alrededor. Mantia se acercó a los cuerpos y levantó la sábana. Se tapó la boca al reconocerlos. Los lugareños le dijeron que lo sentían mucho. Ella tocó el rostro de su hija, y luego se alejó con su hijo.
—¿Qué pasa, madre?
—¡Vámonos! —le ordenó.
—¿Quién era esa mujer? —preguntó.
El silencio se hizo doloroso. Las lágrimas inundaron los ojos de la mujer, y la angustia apresuró aún más sus pasos hacia la cabaña.
El llanto de Mantia cortaba el aire. No era fácil para ella soltar un secreto guardado de tantos años, en los que siempre pensaba cómo le diría a Melesio cuando la asediara con preguntas al respecto.
—¿Qué ocurre, madre?
La ansiedad que Mantia veía en el rostro del muchacho la hacía dudar y, como péndulo, la llevaba a fluctuar entre seguir mintiendo o decir la verdad. Sabía que revelar el secreto guardado por tanto tiempo produciría una fuerte impresión en él. Pero ya no tenía sentido seguir callando. Las averiguaciones no tardarían en llegar hasta ellos, y no faltaría quien lo asociara con los desastres en las cosechas y los animales muertos. Mantia no quería imaginarse qué harían con ellos. Tomó la decisión de abandonar en la noche el pueblo y reubicarse en la cueva en donde había atendido a Corina durante su convalecencia. Allí habló con Melesio.
AUTOR: GUILLERMO RÍOS BONILLA (COLOMBIA)
© DERECHOS RESERVADOS AUTOR (A)
EL LUGAR
SEGUNFA PARTE
Encuentrala el 19-02-2026

Guillermo Ríos Bonilla, nació en 1976 en Colombia (Florencia – Caquetá), y en el año 2004 se naturalizó mexicano. Es licenciado en Letras Clásicas por la Universidad Nacional de Colombia; y maestro en Letras Clásicas por la UNAM. Ha trabajado como profesor, investigador, traductor, subtitulador y corrector de estilo.
CONCURSOS DE CUENTO GANADOS
* 2025. Convocatoria Internacional de Cuentos Gold Editorial: Reinos en otra dimensión.
* 2018. XIV Juegos Literarios Nacionales Universitarios de la Universidad Autónoma de Yucatán.
* 2014. Concurso de Cuento de la Universidad de Colima.
– Primer Concurso de Cuento Escríbele a “El Sol de Irapuato”.
* 2010. Concurso de Cuento Universidad de Colima 70 Aniversario.
* 2004. XI Premio Nacional de Cuento Carmen Báez.
– IV Concurso Nacional y Estatal de Cuento José Agustín.
* 1999. II Concurso de Creación Literaria, Género Cuento, realizado por la Universidad Nacional de Colombia.
Segundos, terceros lugares y menciones en otros concursos de cuento en México, Colombia, Argentina y España.
LIBROS DE CUENTOS PUBLICADOS:
* 2025. El árbol de las hojas palabreadas por la Gold Editorial.
* 2017. Réquiem por un polvo y otras senXualidades, e-book, por la editorial Porrúa.
* 2015. Colección “El Rapidín”, cuentos cortos Minimágenes, por la Universidad de Colima
* 2014. Burbujas de aire en la sangre, por la Editorial Samsara.
* 2011. Los vástagos del ocio, por la editorial Samsara.
* 2010. Colección “El Rapidín”, cuento El viejo, por la Universidad de Colima.
* 2008. Historias que por ahí andan, por la editorial Generación Espontánea.
ANTOLOGÍAS:
* 2023. Relatos breves. Antología colombiana, Elipsis Editores.
* 2022. Fictología. Antología del Primer Concurso de Cuento Breve “La Realidad supera a la Ficción… ¿o Viceversa?”.
* 2021. Festival Rulfiano de las Artes. Cuentos seleccionados 2021.
* 2019. Antología Zombie II, editorial Endora.
– Cuentos del sótano VI, editorial Endora.
* 2014. Cuentos del sótano V, editorial Endora.
* 2013. Cada loco con su tema, Grupo Editorial Benma.
* 2010. Leer el cuento, editorial Endora.
* 2009. Cuentos del sótano, editorial Endora.
– Un ojo al gato y otro al garabato, editada por la Casa del Poeta Alí Chumacero.
* 2007. Desde las islas, editada por la Universidad Nacional Autónoma de México.
* 2006. Antes de que las letras se conviertan en arañas, editada por el Instituto Mexiquense de Cultura.
Además, diversas publicaciones en varias páginas de Internet.
