Encuentre Aquí – El Lugar (Primera Parte)
VII
Los sonidos del bosque se avivaban por la suavidad de la brisa, el camino parecía una larga línea café a través del color verde del pasto, y a los costados los árboles arropaban la hojarasca y la humedad, paisaje que Corina y el joven Trulio recorrían por el camino como dos niños jugando a perseguirse. Ambos reían y se detenían, volvían a correr y se decían una que otra palabra, tomados siempre de la mano.
—No nos alejemos mucho, Trulio —dijo ella, ante la insistencia de su amado por guiarla hacia un paraje a un lado del camino.
—No lo haremos.
Tomaron el paraje y llegaron a una fuente de agua, salpicada por una cascada que caía desde la montaña. Trulio condujo entre los árboles a Corina y la acostó en la hojarasca. El arrullo del agua les obsequió la calma que pronto los unió en un profundo beso y en un deseo por desbordar sus caricias. Se desnudaron y buscaron el calor y la humedad de los sexos.
Minutos después, Trulio se recostó en la hierba para recobrar el aliento.
—¡Vámonos ya! No deberíamos estar aquí.
—¡Espera! —él la interrumpió.
Corina siguió la indicación del dedo de Trulio, quien le pedía que prestara atención a unas voces cercanas.
—Alguien viene.
—Sí. ¡Ay, Trulio! Son los espíritus del bosque. ¡Vámonos ya! —Corina se asustó y haló del brazo a su novio.
—No, espera. Escondámonos —propuso—. Quiero ver qué hacen.
Los dos retrocedieron un poco y se ocultaron entre unos matorrales.
Vestidas con batas transparentes y ligeras, cuatro mujeres aparecieron ante sus ojos, se besaban, acariciaban y reían coquetas, llevaban sobre sus hombros un carcaj con flechas y un arco. Trulio sintió otra vez el deseo y acarició una de las nalgas de su amiga.
—¡Quieto! —exclamó ella, esquiva.
Las cuatro mujeres se acercaron a la orilla de la fuente. Los dos curiosos las vieron desnudarse y entrar en el agua. Ellas se despojaron de sus prendas, se bañaron los cabellos, frotaron sus hermosos y blancos cuerpos, con una mezcla de caricias y besos. Trulio sentía palpitar la sangre en sus sienes, y resbaló la mano por la entrepierna de corina, quien dejó escapar una leve risa, suficiente para que las cuatro mujeres interrumpieran su lascivia.
—¿Quién anda ahí? —preguntó una de ellas con enojo.
Antes de que Corina y Trulio pudieran decir palabra alguna o salir huyendo, los rodearon. Los dos no supieron qué responder, sus ojos parecían los de niños descubiertos en alguna travesura.
—¡Estos parajes son sagrados! —gritó una de ellas.
—¿No saben a quién han profanado? —dijo otra.
—¡Vernos desnudas es motivo de injuria! —vociferó una más y salpicó con agua el rostro de Trulio.
El joven reaccionó con violencia e intentó arremeter contra ella, pero ésta lo envió de bruces junto a Corina, quien estupefacta contemplaba la escena.
—¡Aún no he terminado! Las niñas que surjan de ustedes, y por cinco lazos sanguíneos más, serán para nosotras.
Luego salpicó el rostro de Corina con agua.
Una luz brillante les obligó a cerrar los párpados. Las cuatro mujeres prorrumpieron en chillidos, el aire se tornó bravío y algunos pedazos de madera y de hojas secas llegaron hasta el cuerpo de los jóvenes. Ellas desaparecieron y los murmullos del bosque regresaron a su cauce.
Los dos emprendieron la huida, pero en el camino Trulio se sintió mal. Corina fue testigo de la transformación de su compañero en un oso, que profería ruidos por su hocico sin interrupción.
—¡Trulio! ¿Qué te hicieron?
Corina acarició el cuello del oso y lo atrajo hacia su pecho, como lo haría un amo con su perro, mientras lloraba desconsolada. Pensó en regresar al pueblo, pero nadie le creería cuando dijera la verdad; y si inventaba alguna mentira, la tacharían de asesina. Prefirió internarse en el bosque con el oso.
Acompañada por el sigilo, cada semana Mantia salía en dirección al bosque. Fiel a la promesa que le había hecho a su hija Corina, estaba decidida a ayudarla hasta donde fuera posible. Llevaba en la mente el recuerdo del rostro pálido y el semblante demacrado de su hija una noche en que se apareció en la casa después de varias semanas de desaparecida, buscando comida y algo de ropa. Corina le contó lo ocurrido en el claro, y también le pidió que fuera cada semana a visitarla, petición que Mantia no pudo negar.
Un día, al llegar a la cueva en la que estaba Corina y el oso, la recibieron los llantos de un bebé. Corina no estaba por ningún lado. Junto al crío había un halcón que le dio la bienvenida con un chillido. Mantia no se sorprendió, sabía que era su hija, ya la había visto deformada y con el cuerpo invadido por pequeñas plumas. Sólo era cuestión de tiempo antes de convertirse en halcón. Ella adoptó al niño, y a los del pueblo siempre les dijo que un familiar lejano le había dejado encargado a su hijo. Llamó Melesio al crío.
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El viento sopló los rostros de Melesio y su ahora abuela. Abrazados compartían un sentimiento que se manifestaba con fuerza. El joven le agradecía todo lo que había hecho por él, no la culpaba de nada, ni tenía la intención de reprocharle algo. Mantia lo miró a los ojos y le secó las lágrimas. Le rogó que no intentara regresar al pueblo. Tenía miedo de que dijera algo y de que los lincharan hasta matarlos. Melesio comprendió y guardó silencio. A veces iban cerca del claro a rezarle a los espíritus del bosque y a pedirles perdón, llevándoles algunas ofrendas, pero nunca obtuvieron respuesta a sus plegarias.
Después de la muerte de Mantia, él regresó al pueblo y no encontró a nadie vivo, todos estaban quemados en túmulos junto a algunos animales. Se instaló en su antigua cabaña y se convirtió en el único sobreviviente del lugar.
VIII
A partir de la cena en que tuvieron como invitado a Melesio tiempo atrás, las atenciones de Anthea hacia él despertaban en su interior un sentimiento que había jurado desechar desde lo ocurrido. La amistad con el hermano y los padres se hizo más estrecha cada día. Él colaboraba con algunos arreglos en la cabaña de la familia, con leña y víveres traídos del bosque. A pesar de que contestó a todas sus inquietudes, no les dijo que se había impuesto, por miedo a una descendencia marcada, una vida de ermitaño; y cada vez que miraba hacia ese lugar, se aferraba con mayor decisión a una existencia de austeridad, alejada de tentaciones carnales. Pero el impulso de buscarnos unos a otros que la naturaleza impone a todos los seres, es más fuerte que la voluntad del más aferrado de los eremitas. Los padres de Anthea no se opusieron a la amistad que entre los dos se fortalecía cada vez más. En varias ocasiones, los miraban tomados de las manos o hablando en secreto, o llegando juntos del bosque enclaustrados en conversaciones que sólo admiten dos interlocutores. Incluso, en algunas ocasiones, Anthea se quedó a pasar la noche en la cabaña de Melesio.
Con frecuencia Melesio y el hermano salían al bosque a cazar o a traer provisiones. Esa mañana quedaron de verse para atrapar algunos conejos. Cuando el joven llegó a la cabaña de Melesio, no lo encontró y pensó que tal vez se había adelantado. Con seguridad lo encontraría en el bosque.
Mientras vigilaba con su arco a un conejo que acababa de abandonar la madriguera, el joven escuchó el grito que provenía del lugar donde alguna vez Melesio lo había descubierto espiando a los espíritus del bosque. Dudó por un instante, pero el lamento había sido tan fuerte que nada le impediría acudir en pos de la persona necesitada de ayuda. Al pasar junto a la corriente del claro, vio el cuerpo de su hermana detenido por las hojas en una de las orillas. Gritó su nombre, y de inmediato se metió al agua y la trasladó a tierra. Sus manos se untaron de sangre al tocar la profunda herida de cuchillo que tenía en el estómago. Con el llanto desbordado, cargó a su hermana para llevarla a la cabaña.
En cuanto el hermano pasó por ahí, vio a las cuatro mujeres del bosque destrozar a mordiscos el cuerpo de Melesio, como en un banquete de perros que se disputan pedazos de un ciervo. Perdió el equilibrio por la impresión y cayó de bruces junto con su hermana muerta. Las mujeres lo descubrieron, y una de ellas le salpicó sangre sobre el rostro. El joven salió corriendo, no pudo cargar de nuevo el cuerpo de la hermana por la impresión. Como río desbordado, su corazón parecía caballo indomable y sus pies casi no tocaban el suelo mientras avanzaba. El aire llevaba los gritos de ayuda dirigidos a sus padres. El joven sintió ganas de vomitar y mucha sangre salió de su boca. Rodó por el pasto como arrojado cuesta abajo. Cuando llegó a la cabaña, ya no era el mismo. Vio a su madre abrir la puerta y proferir un grito:
—¡Una serpiente!
El padre acudió con un machete y enfrentó al ofidio. El joven trataba de decirle que era él, su hijo; que Melesio mató a su hermana; que los espíritus del bosque se lo comieron, y que el cuerpo de su hermana estaba en el claro, pero de su boca salía una lengua bífida que emitía un agudo siseo. El padre levantó el machete y partió una parte del cuerpo de la serpiente. El joven sintió un enorme dolor, pero no quiso atacar a su propio padre. En vano trataba de explicarle que se había convertido en serpiente porque los espíritus del bosque lo salpicaron de sangre. Pero nada salía de sus fauces. El padre lanzó un nuevo machetazo y cortó la cabeza del animal. El bífido se transformó en el cuerpo decapitado del hijo.
Después de enterrar a su vástago, el padre fue varias veces a la cabaña de Melesio, mas nunca lo encontró. Buscó en la vivienda algún indicio que le permitiera sacar conjeturas. Pasó días completos en el bosque llamando a Anthea. Incluso se atrevió a visitar el lugar de la fuente de agua, contrariando las precauciones dichas por Melesio el día de la cena, pero no encontró nada. Maldijo una y mil veces a Melesio, a la amistad que permitieron entre él y su hija y a la idea de haber venido a este lugar.
Por semanas, el padre esperó el regreso de la hija. Su esposa dejó de hablar, se pasaba los días sentada en una mecedora, con la mirada perdida en el silencio. Vencido el hombre por el dolor, empacó sus cosas y emprendió camino con ella a donde el viento los llevara. Atrás quedó el humo negro de la madera quemada de las dos últimas cabañas habitadas.
AUTOR: GUILLERMO RÍOS BONILLA (COLOMBIA)
© DERECHOS RESERVADOS AUTOR (A)

Guillermo Ríos Bonilla, nació en 1976 en Colombia (Florencia – Caquetá), y en el año 2004 se naturalizó mexicano. Es licenciado en Letras Clásicas por la Universidad Nacional de Colombia; y maestro en Letras Clásicas por la UNAM. Ha trabajado como profesor, investigador, traductor, subtitulador y corrector de estilo.
CONCURSOS DE CUENTO GANADOS
* 2025. Convocatoria Internacional de Cuentos Gold Editorial: Reinos en otra dimensión.
* 2018. XIV Juegos Literarios Nacionales Universitarios de la Universidad Autónoma de Yucatán.
* 2014. Concurso de Cuento de la Universidad de Colima.
– Primer Concurso de Cuento Escríbele a “El Sol de Irapuato”.
* 2010. Concurso de Cuento Universidad de Colima 70 Aniversario.
* 2004. XI Premio Nacional de Cuento Carmen Báez.
– IV Concurso Nacional y Estatal de Cuento José Agustín.
* 1999. II Concurso de Creación Literaria, Género Cuento, realizado por la Universidad Nacional de Colombia.
Segundos, terceros lugares y menciones en otros concursos de cuento en México, Colombia, Argentina y España.
LIBROS DE CUENTOS PUBLICADOS:
* 2025. El árbol de las hojas palabreadas por la Gold Editorial.
* 2017. Réquiem por un polvo y otras senXualidades, e-book, por la editorial Porrúa.
* 2015. Colección “El Rapidín”, cuentos cortos Minimágenes, por la Universidad de Colima
* 2014. Burbujas de aire en la sangre, por la Editorial Samsara.
* 2011. Los vástagos del ocio, por la editorial Samsara.
* 2010. Colección “El Rapidín”, cuento El viejo, por la Universidad de Colima.
* 2008. Historias que por ahí andan, por la editorial Generación Espontánea.
ANTOLOGÍAS:
* 2023. Relatos breves. Antología colombiana, Elipsis Editores.
* 2022. Fictología. Antología del Primer Concurso de Cuento Breve “La Realidad supera a la Ficción… ¿o Viceversa?”.
* 2021. Festival Rulfiano de las Artes. Cuentos seleccionados 2021.
* 2019. Antología Zombie II, editorial Endora.
– Cuentos del sótano VI, editorial Endora.
* 2014. Cuentos del sótano V, editorial Endora.
* 2013. Cada loco con su tema, Grupo Editorial Benma.
* 2010. Leer el cuento, editorial Endora.
* 2009. Cuentos del sótano, editorial Endora.
– Un ojo al gato y otro al garabato, editada por la Casa del Poeta Alí Chumacero.
* 2007. Desde las islas, editada por la Universidad Nacional Autónoma de México.
* 2006. Antes de que las letras se conviertan en arañas, editada por el Instituto Mexiquense de Cultura.
Además, diversas publicaciones en varias páginas de Internet.
