El Pequeño Monstruo Blanco

Antes de nosotros, existieron creadores que se jugaron la piel por la belleza y son eternos… ¡Conócelos!

La Escritora Rebelde en la inmortalidad del día es:

Catherine Crowe – Fue una escritora que exploró con audacia los rincones más oscuros de la mente humana y el velo misterioso que separa la realidad de lo sobrenatural. Nacida en 1790 en Borough Green, Kent, su vida estuvo marcada por una inquietud intelectual que la llevó a desafiar las convenciones de su tiempo. Con una educación autodidacta, desarrolló una sensibilidad literaria que la convirtió en una de las voces más enigmáticas del siglo XIX.

Su carrera comenzó con novelas de corte social, como Las Aventuras de Susan Hopley, donde con una pluma sagaz y mordaz exploró los límites impuestos a las mujeres victorianas. Sin embargo, su verdadera esencia literaria emergió cuando se sumergió en el mundo de lo inexplicable. El Lado Nocturno de la Naturaleza, su obra más influyente, se adentró en lo paranormal con un rigor casi científico, anticipando el auge de la literatura esotérica y capturando la imaginación de generaciones futuras.

Crowe fue una mujer adelantada a su tiempo, tanto en su escritura como en su vida personal. Su separación matrimonial y su posterior independencia la llevaron a frecuentar círculos intelectuales en Edimburgo y Londres, donde entabló amistad con figuras como Thomas de Quincey y William Makepeace Thackeray. Su curiosidad por las creencias espiritistas y su fascinación por el folclore germano impregnaron sus relatos, dando vida a un universo donde lo tangible y lo etéreo se entrelazan con inquietante armonía.

Su legado no estuvo exento de episodios trágicos. En 1854, su nombre quedó envuelto en el escándalo cuando fue encontrada deambulando desnuda por Edimburgo, convencida de que los espíritus la habían vuelto invisible. Este episodio, interpretado en su época como un colapso mental, fue también un reflejo de la intensidad con la que vivía su propia literatura.

Catherine Crowe dejó este mundo en 1876, pero su obra sigue resonando en la literatura gótica y en la exploración del lado oculto de la naturaleza humana. Su mezcla de realismo social y fascinación por lo sobrenatural la convierte en una autora imprescindible para quienes buscan historias que desafían las certezas y susurran al oído del lector antiguas verdades olvidadas.

EL PEQUEÑO MONSTRUO BLANCO

En el barrio de Marylebone había en otro tiempo una casa habitada por un fantasma muy especial.

El espectro solo aparecía intermitentemente y en épocas muy distanciadas.

En realidad, solamente estaba ocupada la planta baja de la casa, pues los departamentos estaban realquilados como oficinas, cuyo personal se retiraba a las siete u ocho de la tarde.

Un día, un tal señor L…, agente de seguros sobrecargado de trabajo, decidió quedarse hasta altas horas de la noche en su oficina y rogó a su empleado M. B. que permaneciera con él.

Hacia la una de la madrugada se quedaron muy extrañados al oír que alguien llamaba a la puerta. El empleado abrió, pero no había nadie. Al cabo de unos minutos se volvieron a escuchar los golpes, pero esta vez en la ventana, cosa mucho más sorprendente, ya que el despacho estaba situado en un tercer piso y la ventana se encontraba a gran altura sobre un patio estrecho y profundo.

El señor L… fue personalmente a ver lo que ocurría, pero no alcanzó a ver a nadie.

Poco después volvieron a escucharse los golpes, pero esta vez en el interior de la habitación. Se oían dentro de una vitrina cuyos cristales estaban cubiertos por una lustrina verde; allí se guardaban los expedientes.

El señor L… y su empleado no tuvieron que molestarse en abrir la vidriera, ya que se abrió por sí sola y todos los expedientes se desparramaron por la habitación.

Al mismo tiempo los dos aterrorizados hombres vieron una horrible criaturilla correr velozmente a lo largo de las paredes.

Apenas de dos pies de alto, de una blancura enfermiza de criptógama, tenía los brazos y las piernas cubiertos de viruela, esqueléticos, y culminaban en manos y pies enormes; la cabeza, muy grande y peluda, no tenía rostro, aparte de algo semejante a un hocico que surgía del centro de lo que debería ser la cara. El monstruillo blanco dio seis o siete veces la vuelta a la habitación a una velocidad extraordinaria, sin chocar con ningún mueble. Luego se lanzó por la ventana y desapareció.

El señor L… y su empleado decidieron montar guardia durante las noches siguientes, pero la horripilante criatura no volvió a aparecer.

Seis meses después, hacia el anochecer, el empleado se disponía a marcharse, cuando oyó llamar a la puerta, luego a la ventana y casi al mismo tiempo en el armario.

Esta vez el armario permaneció cerrado, pero el pequeño fantasma surgió bruscamente del escritorio y empezó a correr a lo largo de las paredes. El señor B…, aunque asustado, intentó coger al hombrecillo. Al segundo o tercer intento, le puso la mano encima, pero no tocó más que aire, o mejor dicho, «sumergió sus manos en un aire muy frío y de mínima consistencia».

La tercera aparición tuvo lugar algunas semanas más tarde, igualmente a la hora de cerrar la oficina, pero esta vez estaban presentes el señor L…, el empleado B… y un cliente, M. W.

El monstruo fantasma no se había anunciado por la serie de golpes habituales, incluso había cambiado de táctica y se mantenía inmóvil en el ángulo de la chimenea. Únicamente su hocico se movía de un modo repugnante. El señor L… le lanzó un libro, y el monstruillo dio un salto extraordinario y desapareció literalmente en el aire.

Una investigación estableció que, alrededor de treinta años antes, una mujer había muerto al dar a luz, en esa misma casa, a un niño horriblemente deforme que solo vivió unos minutos.

A estos hechos turbulentos por sí mismos, añadiremos otro con cierta reserva, pues hasta tal punto nos desconcierta. Pero a las declaraciones formales de los señores L… y B… se añaden las no menos formales de dos testigos dignos de crédito: el conocido solicitante F… y el inspector de la policía fluvial M…

El señor L… no había escondido estos acontecimientos a los demás inquilinos de la vivienda y empezaron a divulgarse.

A raíz de ello recibió la visita de una tal señora M… que vivía en Bow, miembro de una sociedad de investigaciones físicas, de sólida reputación.

La señora M… afirmó que podía acabar con la siniestra actividad del monstruillo blanco y añadió que no quería recompensa alguna. Aceptó, incluso requirió la presencia de testigos dignos de confianza. Fueron, tal como acabamos de explicarlo, además del señor L… y el señor B…, el solicitante F… y el inspector M…

El día fijado, la señora M… llegó con una enorme cestilla, de la que hizo salir un gato blanco con los ojos rojos. Declaró que era un animal albino y que prestaba importantes servicios para ciertas experiencias ocultas.

El gato empezó de inmediato a dar vueltas a la habitación, oliendo la puerta, la ventana y al fin el armario, por el que se interesó vivamente.

La señora M… rogó a los mencionados señores que no hicieran el menor movimiento, que permanecieran tranquilos; después de esta advertencia abrió el armario.

Al mismo tiempo el gato empezó a correr a lo largo de las paredes a una velocidad inimaginable. Luego, de súbito, se le vio saltar sobre algo invisible y empezar una encarnizada lucha. Todo esto duró dos o tres minutos, que a los presentes les parecieron siglos.

De golpe, los testigos oyeron un furioso gruñido, luego un grito tan horripilante que por poco pierden el sentido.

El gato se tranquilizó inmediatamente, lamió con calma sus patas y se metió otra vez en la cestilla.

—El fantasma —explicó seriamente la señora M…— ha vuelto allí de donde jamás debió salir. Puedo garantizarles que no volverá nunca más.

Dijo la verdad, ni el señor L… ni el señor B… volvieron a ver al monstruillo blanco.

AUTOR: CATHERINE CROWE (INGLATERRA)

FUENTE – AGRADECIMIENTO
IsliaDa.org – Biografía  Catherine Crowe

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