Cuando el imperio biotecnológico de Corvin Draxler se derrumbó, hacía ya seis años, en medio de un escándalo que involucraba experimentación genética ilegal a una escala que ningún organismo regulador había logrado siquiera imaginar hasta entonces, la mayoría de los informes oficiales dieron por cerrado el caso con la muerte del propio Draxler, ocurrida en circunstancias nunca del todo esclarecidas durante la redada final de su complejo de investigación. Sin embargo, para la agente Seline Marchetti, nunca había compartido del todo esa sensación de cierre. Había participado, siendo entonces una joven recién analista incorporada a la división de bioseguridad, en el procesamiento de los archivos incautados durante aquella redada, y algo en la organización interna de esos documentos —la manera cuidadosa en que ciertos nombres de investigadores aparecían mencionados solo de pasada, sin ninguna dirección de contacto verificable o rastro posterior en ningún registro público— le había dejado, durante seis años, la incómoda sensación de que la caída de Draxler había sido, en el mejor de los casos, una victoria parcial.
Esa sospecha se confirmó de la manera más inquietante en una tarde de marzo, cuando un pescador reportó, casi como una curiosidad más que como una emergencia, el hallazgo de un cuerpo varado en una playa remota que ningún mapa turístico incluía entre sus rutas habituales. El cuerpo, según el informe forense inicial, pertenecía a un hombre de aproximadamente treinta años, en un estado de salud física extraordinario, con una musculatura y una densidad ósea que superaban con creces los parámetros normales de cualquier ser humano documentado hasta entonces, y con un patrón genético que, tras semanas de exhaustivo análisis, resultó no corresponder de manera completa a ningún linaje humano conocido en las bases de datos internacionales.
—“Tiene que estar relacionado con Draxler” —le dijo Seline a su superior, el director Vander Knorr, apenas los primeros resultados genéticos completos llegaron a su escritorio—. “Ningún otro programa de investigación en el mundo ha llegado tan lejos en modificación genética humana. Y creíamos haber destruido toda esa investigación hace seis años”.
La investigación de Seline, autorizada de mala gana por Knorr dado lo políticamente delicado que resultaba reabrir un caso que las autoridades internacionales consideraban oficialmente cerrado, la llevó, semanas después, hasta una pista que ningún informe anterior había logrado seguir con suficiente perseverancia: una serie de transferencias bancarias, fragmentadas a través de docenas de cuentas repartidas por múltiples jurisdicciones, que finalmente convergían en un punto geográfico específico del Pacífico sur, una pequeña isla volcánica, no catalogada con precisión en ningún registro marítimo, que aparecía únicamente en mapas anteriores a la década en que Draxler había empezado a construir su fortuna.
—“Draxler compró esta isla hace más de veinte años, mucho antes de que su nombre apareciera en cualquier investigación pública” —le explicó Seline a Knorr, mostrándole en la pantalla las imágenes satelitales más recientes, donde se distinguían, entre la vegetación densa, estructuras que claramente no correspondían a ninguna formación geológica natural—. “Y según estas imágenes, la actividad en la isla no ha disminuido después de su muerte. Al contrario. Ha aumentado”.
Krorr, revisando las imágenes con el ceño fruncido, formuló la pregunta que Seline llevaba días temiendo tener que responder con la incertidumbre que todavía la caracterizaba.
—“¿Crees que Draxler sigue vivo, dirigiendo desde la sombra?”.
—“No lo sé” —admitió Seline—. “Pero creo que, esté vivo o no, alguien continúa su visión. Y necesito autorización para averiguar exactamente qué están construyendo en esa isla, antes de que termine de estar completamente listo”.
Antes de su caída, Corvin Draxler había desarrollado, según los archivos que Seline desenterró de los registros más antiguos de la investigación original, una filosofía que había atraído, con el paso de los años, a un círculo cada vez más comprometido de científicos, ingenieros genéticos y filántropos convencidos de que la humanidad, tal como existía, había llegado ya al límite de su propia capacidad evolutiva.
—“La humanidad se ha vuelto demasiado frágil, demasiado dependiente de la tecnología externa en lugar de mejorar su propio cuerpo desde dentro” —había declarado Draxler, según una transcripción de un discurso privado grabado por un exempleado que años después colaboraría con la investigación oficial—. “Mi obra no consiste en destruir a la humanidad, como algunos medios sensacionalistas insistieron en describirla. Consiste en dar a luz a su siguiente versión, más resistente, más capaz, mejor preparada para sobrevivir a los desafíos que se avecinan”.
Seline, leyendo esas palabras seis años después de la caída oficial de Draxler, comprendió con una incómoda claridad que la isla sin nombre en el Pacífico sur no representaba simplemente un laboratorio clandestino más, dedicado a continuar experimentos abandonados. Representaba, según todo lo que sus análisis sugerían, el intento de completar, de manera definitiva, la visión que Draxler había predicado durante años ante un círculo cada vez más devoto de seguidores: no la destrucción de la humanidad existente, sino su reemplazo gradual, silencioso, por una nueva generación diseñada desde cero para superarla en cada aspecto mensurable.
Seline llegó a la isla tres semanas después, formando parte de un pequeño equipo de reconocimiento autorizado por Knorr bajo la máxima discreción posible, dado que ninguna agencia internacional quería asumir públicamente la responsabilidad de reconocer que la investigación de Draxler había sobrevivido. Lo que encontraron, al desembarcar en una playa protegida por acantilados que la mantenían invisible desde cualquier ruta marítima convencional, superó incluso las hipótesis más extremas que Seline había manejado durante semanas de investigación previa: una instalación completa, camuflada con una asombrosa sofisticación entre la vegetación volcánica de la isla, que incluía laboratorios de investigación genética, instalaciones médicas de última generación y —lo que resultó más perturbador de todo lo que presenciaron esa tarde— un complejo residencial, diseñado para albergar y educar a los que describían en los documentos incautados durante la operación como «la nueva generación». Encontraron, en las instalaciones residenciales, a docenas de niños y adolescentes, cada uno con las mismas características físicas extraordinarias que el cuerpo hallado en la playa semanas atrás había mostrado, criados desde su nacimiento —muchos de ellos concebidos, según los registros médicos, mediante técnicas de manipulación genética directa sobre embriones— bajo un régimen educativo diseñado específicamente para inculcarles, desde la primera infancia, la convicción absoluta de que representaban el siguiente paso evolutivo de la especie humana, destinados, según les habían enseñado sistemáticamente sus cuidadores, a reemplazar gradualmente a la humanidad «original» una vez alcanzada la suficiente madurez.
—“Esto no es simplemente un laboratorio clandestino, Knorr” —informó Seline, con la voz cargada de una indignación que le costaba mantener bajo control —. “Aquí fabrican una nueva sociedad, diseñada desde cero para considerarse superior a nosotros, y educándolos deliberadamente para no sentir ningún vínculo genuino con la humanidad que Draxler consideraba obsoleta”.
Durante el proceso de evacuación de la isla, mientras el equipo médico de la operación evaluaba el estado físico y psicológico de cada uno de los niños y adolescentes encontrados en el complejo residencial, Seline se encontró frente a una niña de apenas nueve años, llamada «Unidad Siete», que la observaba con una mezcla de curiosidad y desconfianza que Seline reconoció, con una punzada de tristeza inesperada, como algo dolorosamente parecido al miedo.
—“¿Ustedes vienen a destruirnos?” —preguntó la niña, sin ningún temblor evidente en la voz, con la calma entrenada de alguien que había sido preparada desde su nacimiento para considerar esa posibilidad con una frialdad que ningún niño de su edad debería poseer. Seline, arrodillándose para quedar a la altura de sus ojos, sintió que la pregunta le exigía una honestidad que ningún protocolo estándar de la operación había anticipado del todo.
—“No venimos a destruir a nadie” —respondió, eligiendo cada palabra con cuidado—. Venimos porque las personas que te criaron te mintieron. La niña, procesando esa respuesta con una expresión que combinaba desconcierto genuino y algo que Seline interpretó, con cautela, como el primer indicio de una duda plantada contra años de adoctrinamiento sistemático, no respondió de inmediato.
—“Entonces, ¿qué va a pasar con nosotros?” —preguntó finalmente.
—“Vamos a asegurarnos de que crezcan en un lugar donde nadie les enseñe que su valor depende de superar o reemplazar a nadie” —respondió Seline, con una certeza que esperaba poder sostener después de la operación—. “Van a tener la oportunidad de descubrir, por sí mismos, quiénes son, sin que nadie más decida eso por ustedes desde antes de que nacieran”.
En las semanas posteriores a la operación, mientras la agencia de Seline negociaba, junto con varios organismos internacionales de derechos humanos y protección infantil, el proceso complejo de reintegración de los niños y adolescentes rescatados de la isla —un proceso que ninguno de los protocolos existentes había anticipado del todo, dado que ningún caso similar había sido documentado antes con esa magnitud—, Knorr decidió, contra la recomendación de varios asesores legales que preferían mantener el caso completamente sellado, autorizar una versión editada del informe final para conocimiento limitado de las principales agencias internacionales involucradas en bioseguridad.
—“El mundo necesita saber que este tipo de proyecto es posible, aunque no necesite conocer cada detalle específico de esta operación” —le explicó Knorr a Seline, justificando su decisión—. “Draxler murió hace seis años, pero su visión sobrevivió, en secreto, gracias a seguidores dispuestos a continuar su trabajo sin ningún escrutinio externo. Si no reconocemos públicamente ese riesgo, aunque sea de manera limitada, corremos el peligro de que algo similar vuelva a ocurrir, en algún otro rincón del mundo, sin que nadie lo descubra a tiempo la próxima vez”.
Seline, revisando meses después los primeros informes de seguimiento sobre la adaptación de los niños rescatados a sus nuevas circunstancias —procesos lentos, complicados, marcados por una desconfianza inicial hacia cualquier figura de autoridad que ningún terapeuta especializado consideraba sorprendente dado su historial—, pensó en la pregunta que la pequeña «Unidad Siete», cuyo nombre real, Alira, había elegido finalmente para sí misma semanas después de su rescate, le había formulado aquella primera tarde en la isla. Comprendió, reflexionando sobre esa pregunta y sobre la respuesta que había logrado ofrecerle en el momento, que el verdadero legado que Draxler había dejado detrás de su caída no era, en el fondo, un avance científico peligroso que la humanidad debía temer por su sofisticación técnica. Era, de manera mucho más profunda y mucho más difícil de erradicar por completo, la idea misma de que la existencia de alguien solo adquiere valor cuando implica el desplazamiento o la superioridad sobre otra persona, una idea que ninguna redada, por exitosa que fuera, lograría desmantelar del todo mientras siguiera encontrando, en algún rincón del mundo, a alguien dispuesto a creerla y a construir, en su nombre, otra isla sin nombre esperando ser descubierta.
AUTOR: FRANCISCO ARAYA PIZARRO (CHILE)
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Francisco Araya Pizarro. Nacido en 1977 en Santiago de Chile, Artista Digital, Diseñador Gráfico Web, Asesor en Marketing Digital y Community Manager para empresas privadas y ONGs asesoras de las Naciones Unidas, Crítico de Arte, Cine, Literatura, además de Investigador. Y Escritor de Ciencia Ficción, donde en su blog comparte sus relatos cortos en: www.tumblr.com/franciscoarayapizarro
