COLUMNA DOMINICAL
ESTE MUNDO ES HERMOSO
Por: Julián David Rincón Rivera (Colombia)
Correo electrónico: rinconriverajulian@gmail.com

Santiago ha estado silencioso y retraído. Ha leído una novela de un escritor francés. No le tomó mucho tiempo leerla. Unos cuatro o cinco días. La obra habla de un hombre en proceso de decadencia. Se entiende como decadencia, en el contexto de la obra, a la renuncia deliberada de todos los criterios morales y valores éticos que rigen una cultura y una sociedad. El hombre ha preferido su egoísta individualismo antes que la entrega de vivir en sociedad y comunidad.
En un principio, Santiago no parece reconocer el impacto de la novela. Mejor dicho, lo está asimilando. Le toma su tiempo, que pasa reflexivo y taciturno. Hay una cosa en concreto que lo mantiene retorciéndose de dudas: El hecho de que el protagonista reconozca su predilección por cambiar diez conversaciones con Eistein por una cita con una mujer atractiva. El hombre argumenta pasar por una etapa de su vida en la que todo hombre tiende a dejarse llevar por el deseo carnal y sexual antes que el interés propio de su curiosidad. Algo normal y natural. La encrucijada nace en el momento en que el protagonista del libro sugiere cierta forma de reproche por esta elección. Esto es muy importante. No lo dice explícitamente, lo sugiere. Deja la posibilidad a que cada lector interprete a su manera sus palabras. Santiago, por su parte, lo ha interpretado de la peor manera posible: explícitamente. En consecuencia, ya no puede tolerar la preferencia por una linda mujer antes que el desarrollo y cultivo de su pensar. Si antes se lanzaba con decisión y apremio detrás de una falda corta, de un lindo pantalón ceñido o de un pronunciado escote, ahora se lo piensa dos veces. Ese pensar le duele y le cuesta el doble, ya que está en esa etapa vital de la que habla el personaje de la novela, donde los instintos carnales y sexuales parecen más fuertes y poderosos que cualquier acto racional.
Conociendo el sentimiento, Santiago se asigna así mismo el reproche. Admira en silencio al personaje de la obra, entendiendo que la mejor manera para admirarlo es imitarlo. Sin embargo, el reproche le parece algo injusto. Claro que es injusto. Que esa sociedad de mierda le restrinja ese instinto natural argumentando una vulnerabilidad social y moral. Él es un hombre que se antoja, se banaliza, se le hace agua la boca, el sexo, los sentidos y algo más con la linda figura de una mujer en lo mejor y más poderoso de sus formas. Santiago no piensa negarlo, reprimirlo o condenarlo.
¿Debería sentir remordimiento por el hecho de preferir una linda figura antes que una conversación con Einstein?
En lo absoluto. Para ello, Santiago inventa una presunta necesidad de quemar etapas y épocas con experiencias. De esta forma, en la medida en que disfruta al máximo de la linda figura femenina, le dará paso a la posibilidad de disfrutar con todo su ser la conversación con Einstein cuando llegue el momento de hacerlo. La mesura a este respecto tiene el efecto de catapulta para impulsar otro tipo de remordimiento que nacerá por no saber disfrutar de los aprecios que la vida le ofrece. Si no sabe aprovechar y disfrutar los atributos de la belleza femenina, ¿Qué le asegura que puede disfrutar del interés en una conversación con Eistein?
Ya que Santiago pretende ir más allá de los convencionalismos, se dice que lo ideal es aspirar a encontrar una persona lo suficientemente bella físicamente y que sea capaz de estimular una conversación tan interesante y profunda como lo haría el mismísimo Einstein. Mientras lo anuncia, le encuentra a su ideal ciertos atisbos de ambición muy irreal. Una fantasía sustentada por la necesidad de satisfacer dos deseos que parecen contradictorios y opuestos. Efectivamente, contradictorios y opuestos. La razón de esta premisa se la susurra al oído una fuerza llamada tradición, recordándole que existe un estereotipo muy arraigado que sugiere que la persona físicamente bella no puede ser inteligente. Santiago le haría frente a este estereotipo si no fuera por una justificación justa y razonable. La persona físicamente atractiva tiende a ocupar su tiempo en cuidar su cuerpo, su rostro y su figura. Por su parte, la persona intelectualmente bella va a priorizar su tiempo en cultivar su mente, su espíritu y su corazón. ¿Término medio? Difícil de pronosticar, conociendo la predilección de las personas por uno de los extremos. De hecho, Santiago descubre que el escritor francés sugiere en su novela que no existe compatibilidad entre la belleza física y la “belleza intelectual”, por llamarlo de alguna manera, cuando el protagonista se debate entre estas dos posibilidades. En este sentido, el ideal de Santiago, efectivamente, toma un claro carácter de irreal, considerando que una persona físicamente bella difícilmente puede llegar a ser como Einstein. Aún y a pesar de todo esto, Santiago está lejos de convencerse, y mucho menos resignarse. Ya que no puede complacerse completamente con una linda figurita, piensa en Marie Curie. ¿Por qué Marie Curie? Es la referencia más cercana y real que tiene en relación con la belleza intelectual. Una mujer tan o incluso más interesante que el mismo Einstein. Marie Curie, según fotos y registros gráficos, no parece una mujer muy “atractiva”, en el sentido más estricto de la palabra. De esta forma, la noción de irrealidad que se ha planteado anteriormente con relación a su ideal de persona bella toma mayor veracidad y contundencia. Sin embargo, Santiago no se deja engañar tan fácilmente. En primer lugar, debe reconocer que sus criterios y estándares de belleza física están muy bien asignados y demarcados. La sociedad y el sistema se han encargado de ello. Puede que Curie no cumpla con los criterios de belleza tan claros y estandarizados, aun así, y está convencido de ello, sería una mujer sumamente interesante, si se le sabe llevar por el buen camino (se dice que era de carácter fuerte. No se puede esperar menos de una mujer que ganó dos premios Nobel). En segundo término, Santiago se pregunta si la belleza física es realmente tan estrictamente estandarizada y definida. Recuerda entonces a tantas mujeres con las que ha estado y cómo estas le han descrito, todas por igual, su hombre ideal: un tipo grande, musculoso, tatuado, con barba, peinado corto y que tenga moto.
¡Qué frío, qué silencio, qué indiferencia había entonces entre ellos!
Un extraño sentimiento de extranjerismo cuando ellas le describen al mismo hombre. Santiago no era ese hombre, por lo tanto, no sentía su lugar en ese momento, en esa cama, en ese cuerpo que había poseído con esmero y entusiasmo. Las estimaciones masculinas (hablando en un sentido estrictamente heterosexual) a este respecto no varían mucho. Con la experiencia en el filo de la memoria y el fresco andar de sus cavilaciones, Santiago concreta que, si se siguen estos criterios al pie de la letra, las probabilidades de encontrar ese ideal con el cual aspira se reducen drásticamente. En su lugar, si se conserva la idea de belleza tradicional y un tanto anticuada como un concepto netamente subjetivo (que depende estrictamente de cada individuo), las probabilidades de que se cumpla el deseo aumentan. En consecuencia, encuentra la dificultad en esa costumbre injustificada por homogeneizar la belleza. Hacerlo es algo estúpido, Santiago lo sabe bien, pero no por ello se deja de hacer. La estupidez insiste siempre, eso le dijo el escritor francés. Pues bien, eso es, precisamente, lo que hace la gente. No parecen decidir por ellos mismos. Necesitan que el sistema les diga cómo se tiene que ver la belleza. Evidentemente, el sistema no va a decir que la belleza se parece a Marie Curie. Lo que el sistema ofrece son alternativas para parecer altamente atractivo. Eso no es belleza. Lo que pretende el estándar son más miradas, más atención, más seguidores.
¡Qué bonito se siente cuando una linda figurita posa sus ojos y su atención en uno! En especial cuando el aprecio, la atención, el afecto, el cariño y el amor son ausencias que se notan y se sienten. Aun así, el escritor francés ha hablado, dialogado con Santiago y este último ha puesto atención. La insistencia por razonar la cuestión de la belleza como estándar termina definiéndola como una limitación en sí misma. Entender la belleza de una sola manera funciona como mecanismo de manipulación para que todos persigan lo mismo. Fotocopias y simulaciones de ese “ideal” que el sistema ha implantado y sugerido. Estándar en el cual Santiago no le encuentra el espacio que la inteligencia se merece. Parece rezagada, en un segundo plano. De esta forma, ¿Cómo se puede pretender reconocer la inteligencia como un tipo de belleza?
Vuelve a retomar con fuerza el recuerdo de Marie Curie: una mujer extraordinaria que no necesita el atractivo físico para llamar la atención. Entonces el reproche está justificado, a razón de esa falta de capacidad por ir más allá de lo evidente. Consecuencia inequívoca de un mundo que prioriza, cada vez más, lo fácil. La belleza estandarizada es mucho más fácil y asequible. Reconocer la belleza en la inteligencia requiere más atención, concentración, por ello, es más raro en este mundo. Es una belleza se construye con el tiempo, con trabajo y paciencia. Una persona “normal” puede desarrollar un atractivo inigualable después de unas horas de conversación. De igual forma, una persona físicamente atractiva puede perder toda su presumible belleza después de abrir la boca.
El ideal está lejos. Es una exigencia carente de razón, pies y cabeza. Santiago no es el único que lo lamenta. Mujeres y hombres por igual detallan su sentimiento en internet, que es el equivalente actual a decir que se pega el grito al cielo. Quejas, reproches, querellas y lamentaciones. Nadie sabe dar con su ideal, por el simple hecho de que ese ideal no existe en realidad. Lo que existe es un estereotipo que el sistema ha impuesto y está moldeado por las redes sociales, tiktok, pornografía, el cine, Instagram, la publicidad. Nada más irreal que ese mundo que nos muestran en las pantallas. ¿Qué se encuentra en su lugar? Personas representaciones de múltiples dificultades, inseguridades, vicios, excentricidades, imperfecciones y rarezas.
¡Nada más humano que todo esto!
La tolerancia a la realidad se pierde. La mentira del sistema prevalece. Lo peor de todo es que el convencimiento de dicha mentira es la actitud general. El resultado: un montón de gente infeliz, amargada, jodida y aburrida. El escritor francés le enseña datos a Santiago. La epidemia de soltería empieza a tener carácter pandémico.
Este mundo es hermoso.
AUTOR: JULIÁN DAVID RINCÓN RIVERA (COLOMBIA)
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Julián David Rincón Rivera, segundo de dos hijos, nacido en Bogotá, Colombia el 7 de abril de 1994. Profesional de Cultura Física, Deporte y Recreación.
Lector apasionado, escritor por elección, músico por diversión.
Cuenta con tres publicaciones antológicas con la editorial ITA, además de dos publicaciones en proceso, también de carácter antológico, con factor literario y la editorial mítico.
Con varias publicaciones en revistas de américa latina, encuentra en la escritura el mejor sustento para su vida.
Instagram: @relatero_literal
