Europa, 1943.
El cielo nocturno sobre Normandía estaba dividido por explosiones lejanas, y el rugido de los bombarderos no era más que un eco constante entre los árboles calcinados. Sin embargo, para el Capitán Adrián Holt, el verdadero ruido era el silencio que venía después, ¡que terrible!. Ese instante en el que el mundo contenía la respiración, justo antes del amanecer.
—“Estamos cerca” —susurró, apretando al comunicador temporal en su muñeca—. “Evelyn, dime que esto vale la pena”.
—“Los registros indican que aquí ocurrió la primera fractura” —respondió una voz femenina con acento germánico—. “Pero no en nuestra línea original. Si no llegamos a tiempo, el Reich ganará… con ayuda del futuro”.
Adrián asintió, y con una seña, su escuadrón avanzó entre la niebla.
La Brigada Chronos no existía en ningún archivo militar oficial. Eran un borrón en los documentos, una nota al pie de media línea en la historia. Formado por soldados “rescatados” de anomalías temporales y científicos exiliados de futuros posibles, su misión era preservar el curso original del tiempo. Y esta noche, estaban por descubrir que la Segunda Guerra Mundial ya no era solo un conflicto entre naciones y formas de vida o muerte… sino entre épocas.
—“Capitán, debería ver esto” —dijo el sargento Nikolai Petrinov, agachado junto a los restos de un tanque destruido.
Lo que mostraba no era acero nazi. Era algo más. Algo imposible.
—“¿Un dron?” —preguntó Adrián, frunciendo el ceño con un gesto extrañado.
—“Pero no es de este siglo” —murmuró Evelyn, acercándose con cuidado. Los símbolos en su carcasa metálica eran familiares para ella. Lenguaje técnico del siglo XXIII.
Los nazis habían recibido ayuda.
Del futuro.
A lo largo de las siguientes semanas, la Brigada interceptó información críptica: avistamientos de “ángeles metálicos” en el frente oriental, soldados con armas que desintegraban cuerpos sin dejar rastro, y lo más alarmante: instalaciones secretas del Reich de Peenemünde, trabajando con reactores cuánticos, una tecnología que no debería existir en otros dos siglos más.
Todas las pistas apuntaban a una figura misteriosa: Helene Faust, una mujer de apariencia joven pero con conocimientos inhumanos.
Evelyn reconoció el nombre al instante.
—“Era una física militar en un futuro alterno. Su mundo colapsó bajo guerras constantes y hambrunas provocadas por cambios climáticos. Según los archivos, desertó… desapareció en una anomalía”.
—“¿Y ahora trabaja con los nazis?” —preguntó Adrián.
—“No lo hace por ideología. Lo hace por desesperación”.
Nikolai chasqueó la lengua.
—“Algunos hombres queman ciudades para encender su vela”.
La Brigada rastreó a Helene hasta una base oculta en los Alpes Bávaros. Era una fortaleza tecnológica disfrazada de búnker. En su interior, encontraron prototipos de armas, servidores imposibles para la época… y una máquina del tiempo incompleta.
La operación fue un desastre.
Helene los esperaba.
—“Capitán Holt” —dijo con una fría sonrisa—. “Siempre un paso detrás de mí”.
Adrián intentó detenerla, pero fue inútil. Helene activó la máquina rudimentaria y se desvaneció en un torbellino de luz. El vórtice dejó atrás una onda de choque temporal que fracturó la realidad en una docena de hilos contradictorios.
—“Si no la seguimos, será el fin” —dijo Evelyn, revisando frenéticamente su equipo—. Pero el salto será inestable. No sé adónde llegaremos.
Adrián observó a su escuadra. Todos asintieron.
—“Entonces saltamos juntos”.
Cuando recuperaron el conocimiento, estaban en Berlín… pero no en 1943.
Era 1965.
Y el Reich seguía gobernando.
Las calles estaban patrulladas por androides de combate con esvásticas en los hombros. Pantallas holográficas transmitían discursos de un Führer inmortal, su cuerpo mantenido por nanotecnología. El cielo, cubierto por drones. La humanidad, encadenada bajo el acero.
—“Esto no es una posibilidad” —dijo Evelyn—. “Es una aberración”.
La Brigada se escondió entre las ruinas de una vieja biblioteca. Descubrieron que Helene lideraba un escuadrón de soldados mejorados, traídos del futuro alternativo donde el Reich triunfó. Ella creía que un régimen totalitario y tecnocrático era la única forma de evitar el colapso de la humanidad.
—“Está tratando de imponer orden donde solo hay caos” —dijo Adrián,
—“O está rehaciendo el mundo a imagen de su dolor” —susurró Nikolai.
Durante meses, operaron en las sombras. Sabotearon fábricas, robaron componentes clave, interceptaron transmisiones. En cada misión, la línea temporal se estremecía. Evelyn calculaba que no quedaban muchas alteraciones más antes de un colapso absoluto.
—“Un solo desvío más” —dijo— y el tejido temporal se romperá como un hilo podrido.
La base final de Helene estaba en el corazón de Berlín, donde alguna vez se alzó el Reichstag. Ahora, una torre de cristal negro alimentada por un núcleo cuántico que parecía latir como un corazón.
La Brigada irrumpió al amanecer.
Nikolai se desmaterializó entre las sombras, desactivando los escudos del perímetro. Adrián lideró el asalto, enfrentándose cara a cara con los soldados del futuro: humanos en cuerpo, pero máquinas en eficiencia. Evelyn, desde el centro de mando, luchaba por acceder al núcleo de la máquina temporal.
Helene los esperaba.
—“¡Cuántas veces debo detenerlos!” —gritó, desatando una ráfaga de energía desde su guantelete.
—“No queremos destruirte, Helene” —dijo Adrián—. “Queremos salvar lo que aún queda de ti”.
Ella vaciló. Un momento. Una sola grieta en su convicción.
—“Mi mundo… mi hijo… todo se desmoronó. El Reich fue lo único que sobrevivió. Lo convertí en esperanza”.
—“No puedes construir esperanza con miedo” —dijo Evelyn, acercándose.
Helene bajó el arma. Las luces del núcleo parpadearon. Evelyn introdujo el código de reinicio.
Un destello de luz los envolvió.
Cuando Adrián abrió los ojos, escuchó los sonidos conocidos del frente: botas sobre barro, aviones cruzando el cielo. 1943. De nuevo.
Estaban de regreso.
La historia, al parecer, había sido restaurada.
O casi.
En los informes que revisaba más tarde, algunas fechas estaban fuera de lugar. Un general había muerto un mes antes de lo previsto. Una batalla se había ganado sin razón aparente.
Pequeñas cosas.
Pero en el horizonte, esa noche, un destello cruzó el firmamento.
No era un meteorito.
Era un vórtice.
El tiempo no había sanado por completo.
La Brigada Chronos siguió operando desde las sombras. Nadie recordaría sus nombres. Nadie sabría cuánto del mundo aún era real y cuánto era una réplica imperfecta del tiempo que alguna vez fue. Evelyn volvió a estudiar las líneas fracturadas. Nikolai, siempre en movimiento, investigaba los ecos que aún susurraban desde futuros rotos. Adrián, el guerrero del tiempo, mantenía su mirada fija en cada anomalía nueva.
Porque el tiempo… no perdona. Solo aplaza.
Y la guerra, en las sombras, jamás termina… nunca termina.
AUTOR: FRANCISCO ARAYA PIZARRO (CHILE)
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Francisco Araya Pizarro. Nacido en 1977 en Santiago de Chile, Artista Digital, Diseñador Gráfico Web, Asesor en Marketing Digital y Community Manager para empresas privadas y ONGs asesoras de las Naciones Unidas, Crítico de Arte, Cine, Literatura, además de Investigador. Y Escritor de Ciencia Ficción, donde en su blog comparte sus relatos cortos en: www.tumblr.com/franciscoarayapizarro
