Shedim

Ivancito creció hasta convertirse en un atractivo jovencito de ojos verdes, deseado por todas las muchachas del salón. A sus doce, había sido un nerd regordete con ridículos anteojos; a los quince, adelgazó, transformó su físico y (gracias a sus padres) comenzó a usar lentes de contacto. Poco o nada recordaba su infancia solitaria: sus juegos de rol, las series animadas de princesas de fantasía oscura y los espectáculos de magia.

​Su padre, Don Iván Castañeda, un firme conservador, siempre mantuvo en férrea disciplina al amanerado jovencito. Recordaba el día que lo vio haciendo la coreografía de la serie animada de princesas de fantasía (tenía diez años): la golpiza fue tan fuerte que Ivancito estuvo con el rostro hinchado un día entero.

​Doña Fernanda Castañeda, la abnegada y rubia madre de Iván, tuvo que mentir a las chismosas vecinas de aquella urbanización de clase alta: “Un niño lo golpeó en el recreo”.

​En otra ocasión, él robó el set de maquillaje de su hermana, Ivanna, y empezó a recrear a uno de sus personajes del programa de magia. Esta vez, el castigo no fue físico sino psicológico: Don Iván encerró a su hijo en la habitación abandonada del ático de la casa. Recién terminaba de cumplir once años.

​Allí estuvo veinticuatro horas, junto a cucarachas que se paseaban por sus zapatos y un ratón que roía la madera de la puerta, mientras Iván sollozaba y rezaba cien Padrenuestros. En su temor por la oscuridad envolvente, aquel niño se orinó en los pantalones cuando escuchó que el automóvil salía de la casa. “Me han dejado… Van al Parque Metropolitano… ¡Me han dejado!”. Los golpes a la polvorienta puerta fueron inútiles.

​Buscando a tientas, halló en una caja de herramientas una pequeña linterna que procedió a encender (Gracias a Dios tenía baterías). Pero en el reino de las tinieblas, la luz suele mostrar los peores horrores: tras él, una pequeña silla mecedora revelaba una extraña figura: un payasito de traje amarillo, verde y naranja, de no más de un metro veinte de altura. Su rostro era alargado, como el del Guasón, con un pentagrama invertido en cada ojo. La nariz, puntiaguda como un cono, no exhibía la típica sonrisa, sino una línea en forma de rectángulo de donde colgaba una lengua bífida de felpa.

​Ivancito lo recordó de inmediato, pues aquel enigmático payaso había sido un regalo de su tío Dámaso, quien, por cierto, desapareció sin dejar rastro un 13 de octubre.

​“¡Hola! Amiguito mío, ya me acordé de ti. Mi payaso de la infancia”, el jovencito abrazó al muñeco como si hubiese visto un ángel. “No recuerdo tu nombre”.

​Entre el cansancio, la noche que caía y el hallazgo del payaso, Ivancito se quedó dormido. Horas después, su padre abría la puerta de aquella habitación, ignorando al amigo de la infancia de su hijo.

​A los quince, con su físico transformado y una sonrisa que seducía incluso a su maestra, Ivancito disfrutaba ir al cine, jugar voleibol y salir (a regañadientes) con Débora Salazar, una pálida jovencita hija del rabino de la principal sinagoga de Puerto Aztur.

​Cuando Ivancito no estaba escuchando música de Loco Mía en su equipo de sonido, leía revistas de farándula. Su padre ya no lo vigilaba tanto como cuando era niño, pues su hijo era “todo un macho de pecho peludo”.

​Don Iván siempre se fumaba tres cigarrillos antes de irse a la cama, tomaba una copa de whisky escocés y se acercaba a mirar, de forma silenciosa, la habitación de su hijo quinceañero. Allí, en el fondo, estaba el payaso. Seguía pensando que su desaparecido hermano, Dámaso, estaba loco de remate por haberle regalado semejante esperpento a Ivancito. Esos horrendos ojos púrpura, con aquellos pentagramas invertidos y… ¿Por qué la lengua bífida?

​Mucho se decía que Dámaso estaba loco de remate días antes de su desaparición en la Zona de Cuervos Grises. “Era masón y alcohólico”, decía la gente; “tenía por dios a Lucifer”, comentó una vez el padre Genaro, amigo de la familia Castañeda. En Puerto Aztur siempre había atracción por el amarillismo, lo escandaloso, lo sangriento y lo macabro; por eso, Don Iván estaba ahorrando para largarse cuando pudiera de aquella ciudad. Le estaban ofreciendo un puesto en una prestigiosa empresa de Montevideo.

​Sin hacer ruido, el padre cerró la puerta de su hijo y fue hasta el ático. Buscó en la habitación donde estuvo el payaso y, luchando contra un acceso de tos que le provocó el polvillo, consiguió la caja de madera donde venía el juguete. La decoración tosca, extraña y anticuada parecía aludir a cuestiones judías. La palabra SHEDIM parecía indicar el nombre del payaso. Tres cabezas amarillas, cornudas y de fisonomía semita salían de una estatuilla.

​A Don Iván le parecía absurdo todo aquello. “No entiendo cómo no presté atención. Esto parece cosa del diablo”. Dámaso siempre bromeaba cada vez que le preguntaban sobre la procedencia de aquel “juguete”. Conociendo bien a su hermano, quien tenía fascinación por lo oculto, aquello bien podría haber sido adquirido en una tienda de antigüedades. Quiso investigar más, pero ya eran las once de la noche, y en cualquier momento lo llamarían para darle noticias de su próximo trabajo en Montevideo.

​Ivancito sentía que las horas eran interminables en casa de los padres de Débora. El rabino, excéntrico y con la costumbre de hacer chistes en la cena, no parecía caerle muy bien al jovencito.

​Durante el día, Ivancito charlaba con el payaso, bailaba con él y hasta le encendía la televisión para que viera espectáculos de magia. Aunque Débora guardaba el secreto de aquel inusual amor que le tenía su novio al payaso, siempre le decía que lo tirara a la basura, pues le daba mala espina. Pero es que hasta la caja donde venía el payaso era tétrica: el mismo Ivancito la usaba para ocultar las revistas de farándula.

​—He guardado muy bien tu secreto, Iván. Ese payaso es horrendo —le dijo Débora un día al salir de clases.

​Ivancito, levemente enojado, respondió:

—¡Se llama Shedim, el payaso mágico! Y si a ti te molesta que él sea mi amigo, pues búscate a otro.

—No es necesario que me grites aquí en la calle…

—Pues cierra el pico y no me atormentes, caprichosa.

​Y se fue en dirección a su casa. Caminaba molesto, como una candidata rechazada en un certamen.

​Con el pasar de los días, el comportamiento de Ivancito se iba volviendo más inusual: hablaba solo en la ducha, bailaba su música de Loco Mía mientras ponía el CD al revés. Dejó de asistir a sus clases de voleibol, no contestaba las llamadas de su novia y comía muy poco.

​La señora Castañeda, preocupada, buscaba acercarse a su hijo. Una tarde, mientras Ivancito dibujaba en un lienzo extrañas formas geométricas que parecían no llegar a ningún lado, su madre se quedó fija mirando al payaso en un rincón de la habitación:

​—¿Te asusta, madre?

—No —la madre suspiró—. Solo que no me gustaría que llegara a hablar.

​Ivancito chasqueó los dedos y se encendió el equipo de sonido. Una música hebrea comenzó a sonar en reversa.

​—Supongo que esa música la escuchan los padres de Débora ¿o me equivoco?

​Ivancito comenzó a bailar de forma extraña:

​—Shedim me ha mostrado en visiones… De dónde proviene, cómo fue que llegó a nuestras vidas, madre. Al pie de una cueva en el Monte Sinaí, ¿sabes? Donde Moisés recibió los Diez Mandamientos.

​“Los judíos y sus cosas”, dijo la señora Castañeda, y luego se retiró de la habitación sintiendo que el payaso la seguía con la mirada.

​Nueve días después de aquel suceso, el padre de Ivancito tuvo que irse a un retiro recreacional de la empresa en las montañas. Doña Fernanda investigó que la palabra shedim alude a espíritus inmundos o demonios de la mitología judía; para no invocarlos de forma accidental, no se debía pronunciar su nombre o silbar.

​De hecho, acudió al rabino Schmuel Ben Yehuda (padre de Débora) para comentarle el caso del maldito payaso. El hombrecito palideció cuando le describió todo, y le pidió amablemente que volviera a contactarlo.

​Débora no volvió a buscar a Ivancito. El rabino le prohibió acercarse a él.

​Pasaron tres días completos y el rubio jovencito de ojos verdes y aspecto atractivo terminó siendo un cadáver viviente. No tardó en llegar la fiebre, la debilidad y las pesadillas. Ivanna despertó a su madre llorando una noche para decirle que habían huellas de sangre en la cocina; en otra ocasión, se vio la cabeza de un cerdo silbando en los muebles de la sala. Cosas que solo veían Doña Fernanda e Ivanna.

​Ivancito fue llevado al hospital y el diagnóstico fue terrible: anemia, desnutrición y fiebre amarilla. Con algo de suerte y dinero, Doña Fernanda pagó a los mejores médicos para la pronta recuperación de su hijo.

​El payaso seguía allí, sentado en un rincón de la habitación. Y cuando Ivancito llegó del hospital, le pareció que el muñeco había crecido un poco más. Doña Fernanda trató de hacerle entender a su hijo que el Shedim era una mala influencia, pero este, alterado, le gritó que no tocara su payaso. La señora telefoneó a su marido, quien le respondió que no podía adelantar su regreso.

​Tomó la irrevocable decisión de tomar el muñeco de la habitación y arrojarlo al muelle de la ciudad. Era medianoche y sus hijos dormían profundo.

​A la mañana siguiente, Ivancito despertó más animado que nunca. Se le veía feliz y risueño. Doña Fernanda se extrañó de que su hijo no preguntara por el payaso.

​Las siguientes semanas y meses transcurrieron con normalidad. Ivancito regresó a sus clases de voleibol, participó en un concurso de baile retro donde demostró sus mejores pasos al estilo de Loco Mía. Débora quiso buscarlo de nuevo (pese a la negativa de su padre), pero Ivancito parecía estar interesado en otras chicas.

​Una mañana de sábado, Don Iván llamó a su esposa desde Montevideo. Estaba a punto de firmar el contrato que sellaría la mudanza de toda la familia. Doña Fernanda, aliviada por la paz que finalmente reinaba en su hogar, preparaba el desayuno. Ivanna, tarareando una canción, se acercó a la mesa.

​—Mamá, ¿podemos quedarnos con el gato?

Doña Fernanda sonrió. —Pero si no tenemos gato, mi vida.

—Claro que sí, mami. El que está en la habitación de Iván. Es grande y peludo.

​La sonrisa de Doña Fernanda se congeló. Subió las escaleras a toda prisa, el corazón golpeándole en el pecho. Entró sin avisar en la habitación de Ivancito, que estaba en la cama leyendo una revista de farándula con total tranquilidad.

​—Iván, ¿hay un gato aquí?

—No, mamá. ¿De qué hablas?

​Doña Fernanda sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la brisa. Entonces lo vio.

​En el rincón, junto al equipo de sonido, había una caja de madera tosca, anticuada y con la decoración extraña. La misma caja. SHEDIM. De ella no salía un payaso, sino un gran muñeco de felpa con la fisonomía de un gato negro y grotesco, con tres ojos desproporcionados y la misma lengua bífida colgando. Era nuevo, impecable, como recién comprado.

​Ivancito solo lo miró y le dedicó una sonrisa peculiar.

—Ah, ¿esto? —dijo, señalando al felino—. Es el nuevo juguete que me regaló mi tío Dámaso. Me lo dejó antes de irse.

​Doña Fernanda intentó decir que Dámaso llevaba desaparecido meses y que ella misma había arrojado el anterior juguete al muelle. Pero al mirar a su hijo, notó algo nuevo en sus ojos verdes, algo que la heló hasta los huesos: el destello de un pequeño pentagrama invertido.

​En el fondo de la habitación, el Gato Shedim silbó, un sonido agudo y chirriante. No era una simple imitación. Era el mismo silbido que Ivanna había escuchado días antes en el salón.

​Doña Fernanda retrocedió lentamente, cerró la puerta y bajó a la sala. Tomó el teléfono y se encontró marcando otro número.

​—Rabino Schmuel Ben Yehuda… lo encontré. No es un payaso. Ahora es un gato. Y creo que ha crecido.

​El gato fue creciendo hasta adoptar nuevas formas: una cabra, una serpiente gigante de tres cabezas y, finalmente, otra vez el payaso. El mismo rostro alargado con pentagramas invertidos y lengua bífida. Flotaba en el aire mientras hablaba con una voz doble, como si hubiera otra cosa dentro de él:

​—¡Ah, señores gentiles! Heme aquí, heme allá —desapareció y apareció en la ventana de la habitación—. Puedo maullar —se transformó en un gato gigante—, puedo ser el macho cabrío… ¡Azazel, el demonio del desierto!

​Doña Fernanda salió corriendo de la habitación y alertó a sus hijos. Ivancito sintió que algo le cogía el brazo: era la lengua bífida de Shedim; con una fuerza descomunal, lo arrastró por toda la casa y comenzó a golpearlo contra los objetos.

​El rabino Schmuel Ben Yehuda irrumpió en la casa, jadeando, con una pesada caja de cedro entre sus brazos. Al ver la escena —Ivancito siendo lanzado contra la pared por la lengua del payaso flotante, Doña Fernanda e Ivanna gritando en el umbral—, entendió la magnitud del horror. Sin dudar, levantó la caja y la arrojó al suelo. El impacto resonó como un trueno.

​—B’Shem Adonai Tzeva’ot —rugió el rabino, citando el nombre de Dios de los Ejércitos, su voz extrañamente potente—. Shodim, l’tzedek! (¡Demonios, a la justicia!)

​El payaso Shedim se detuvo en seco, flotando a centímetros del rostro magullado de Ivancito. Su forma se contrajo, el aire se volvió denso y un hedor a azufre quemado inundó el ambiente. Los pentagramas en sus ojos giraron violentamente, y la lengua bífida se retorció, lanzando un silbido que rompió los cristales de las ventanas. El payaso sabía que su tiempo había terminado.

​El rabino recogió un antiguo y gastado talismán de plata de la caja de cedro. Al exponerlo, la luz que emanó fue una sombra profunda que se dirigió directamente al payaso.

​Shedim soltó un aullido doble, una voz de burla y agonía. El payaso se desintegró, no en humo, sino en una ráfaga de polvo seco y ceniza. El polvo fue succionado violentamente hacia el talismán de plata, que se oscureció y adquirió un tinte rojizo, como si acabara de beber sangre.

​Ivancito se desplomó en el suelo, inconsciente.

​El rabino recogió el talismán y lo guardó. Se acercó a Doña Fernanda, que abrazaba a su hija en la entrada.

​—Señora Castañeda —dijo con voz temblorosa—, la vida de su hijo está a salvo. Pero esto… —señaló el punto donde el payaso había estado—… esto no se borra. La represión de su padre y la negación de su propia naturaleza le abrieron la puerta.

​Un mes más tarde, los Castañeda se mudaron a Montevideo. Don Iván, ajeno a la verdad, lamentó haber perdido una gran venta por la rotura de las ventanas y los daños en la casa, pero firmó su contrato. Ivancito, recuperado, volvió a ser el joven simpático, pero con un cambio sutil. Ya no leía revistas de farándula. Había comenzado a diseñar ropa y se dedicaba a sus intereses sin el miedo constante al juicio de su padre.

​Doña Fernanda se limitó a sonreír con tristeza. Entendió que la lucha de Ivancito por ser auténtico había terminado, pero que el costo había sido su alma infantil. A veces, al ver a su hijo reír, notaba que sus ojos seguían siendo verdes, hermosos, pero que en el fondo ya no había la inocencia que había conocido.

​Y en un oscuro rincón del muelle de Puerto Aztur, una caja de madera con la palabra SHEDIM y la cabeza de un gato grotesco aparecieron flotando. El mar, siempre paciente, esperaba el siguiente anfitrión

AUTOR: DIONY SCANDELA (VENEZUELA)
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