Antes de nosotros, existieron creadores que se jugaron la piel por la belleza y son eternos… ¡Conócelos!
El Escritor Rebelde en la inmortalidad del día es:
Arturo Uslar Pietri – (Caracas, 1906 – 2001) Escritor y político venezolano. Después de Rómulo Gallegos, es el escritor venezolano que de más celebridad y consideración ha disfrutado en el siglo XX. Su novela Las lanzas coloradas (1931), con la que se dio a conocer cuando contaba apenas veinticinco años, contribuyó a forjar la tan hispanoamericana tradición del «realismo mágico».
Fueron sus padres Arturo Uslar Santamaría, de ascendencia alemana, y Helena Pietri Paúl, descendiente de corsos afincados en el estado Sucre. Su bisabuelo paterno, el general Juan Uslar, luchó en la guerra de Independencia, y su abuelo materno, el general Juan Pietri, fue presidente del Consejo de Gobierno en los inicios del régimen de Juan Vicente Gómez. Tanto su padre como su abuelo fueron generales en el ejército venezolano.
Siempre se ufanó Uslar de descender de luchadores por la Independencia de Venezuela y servidores de la patria, y solía destacar la presencia en su tronco familiar de un edecán de Simón Bolívar y de dos presidentes de Venezuela, Carlos Soublette y Juan Pablo Rojas Paúl. No es de extrañar, con tales antecedentes familiares y el hondo sentido de la responsabilidad histórica y ciudadana que le inculcaron sus padres desde niño, que Arturo Uslar Pietri dirigiera una buena parte de sus esfuerzos a labrarse una trayectoria política. Son legión los cargos públicos que desempeñó. Fue tres veces ministro: de Educación (1939-1941), de Hacienda (1943) y de Relaciones Interiores (1945). Ocupó la Secretaría de la Presidencia de la República (1941-1943) en el mandato de Isaías Medina Angarita.
Como representante del pueblo, fue electo diputado a la Asamblea Legislativa en 1944 y senador en el Congreso Nacional por el Distrito Federal (1958). Y como líder político presentó su candidatura a la presidencia de la República en 1963, con el lema «Arturo es el hombre». Obtuvo 16,1 por ciento de la votación nacional, porcentaje importante en un régimen electoral como el venezolano, de mayoría simple en única vuelta de escrutinio.
Uslar había estudiado primaria y secundaria en el Colegio Federal de Maracay y en el Liceo San José de Los Teques. Por su familia, vinculada a los círculos del poder gomecista, pudo conocer de cerca el complejo entramado de pasiones que lo caracterizaba y hacerse una temprana idea de la personalidad de Juan Vicente Gómez, el último gran caudillo venezolano. Este conocimiento de primera mano le fue muy útil a la hora de escribir relatos situados en esta época y, sobre todo, una de sus más notables novelas, Oficio de difuntos (1976).
En 1924 regresó a Caracas e ingresó en la Facultad de Derecho de la Universidad Central de Venezuela. Cuatro años antes había comenzado a publicar sus primeros textos en la prensa. En Caracas frecuentó asiduamente los círculos literarios, donde trabó amistad con los escritores Fernando Paz Castillo y Miguel Otero Silva. Juntos fundaron en 1928 la revista Válvula, en cuyas páginas encontró Venezuela un eco de las vanguardias europeas.
Ese mismo año, Uslar recogió sus primeros cuentos en Barrabás y otros relatos. Y también estallaron las revueltas estudiantiles contra el régimen de Gómez que llevarían a la cárcel a muchos jóvenes escritores: el citado Otero Silva, Antonio Arráiz y Andrés Eloy Blanco, entre otros. Arturo Uslar, hijo obediente de una notoria familia gomecista, aceptó en cambio el cargo de agregado civil en la legación de Venezuela en París, ciudad donde permaneció durante cinco años. Sin el período parisino, muy posiblemente su destino literario habría sido otro. La formación de su sensibilidad e intereses acabó de tomar forma al contacto con escritores y artistas que conoció, como Paul Valéry, Robert Desnos y André Breton, o frecuentó, como Ramón Gómez de la Serna, a cuyas tertulias en un cafetín de Montparnasse solía asistir.
Sobre todo, en París descubrió que otros latinoamericanos comenzaban a forjar novedosas herramientas literarias para abarcar con ellas la singularidad histórica y cultural de sus orígenes. El guatemalteco Miguel Ángel Asturias y el cubano Alejo Carpentier, con quienes se reunía y conversaba, fueron influencias determinantes, y, junto con el mismo Uslar, acabarían siendo los precursores del «realismo mágico» a que se abocarían parte de los narradores de la siguiente generación, la del «Boom» de los años 60, y que culminaría en realizaciones tan emblemáticas como Cien años de soledad (1967), del colombiano Gabriel García Márquez. Fue en este terreno donde acabaría perfilándose lo mejor de la obra de Uslar, y por lo pronto dio sus frutos en su primera novela, Las lanzas coloradas (1931), recreación imaginativa de las guerras de Independencia venezolanas.
Años después, Uslar afirmaría que él había inventado el realismo mágico, ya que con la publicación de esta obra se había adelantado a sus amigos latinoamericanos en París. Que ello sea cierto o no es un detalle subsidiario; lo importante es que Las lanzas coloradas se sumó a Cubagua, de Enrique Bernardo Núñez, otra novela publicada en ese año de gracia para la novelística venezolana que fue 1931, y que ambas dieron a los venezolanos que quisieran abordar imaginativamente los hechos históricos un enfoque novedoso, alejado de los convencionalismos retóricos y la compulsión hagiográfica habituales en este género. Y más allá de Venezuela, la publicación de la primera novela de Uslar «abrió la puerta para lo que sería luego el reconocimiento de la novela latinoamericana en todo el mundo», en opinión del novelista peruano Mario Vargas Llosa.
Sin solución de continuidad, Uslar regresó a una Caracas provinciana y aletargada por la censura en 1934 y prosiguió su carrera literaria. Publicó artículos y ensayos de crítica y reflexión sobre asuntos literarios en la revista El Ingenioso Hidalgo, fundada por él mismo con la ayuda de su primo Alfredo Boulton y los escritores Julián Padrón y Pedro Sotillo. El 14 de julio de 1936, siete meses después de la muerte del «Benemérito» Juan Vicente Gómez, publicó en el periódico Ahora el que habría de convertirse en su artículo más leído y comentado: «Sembrar el petróleo». Allí levantaba la voz para pedirle a los gobernantes de Venezuela que no despilfarraran el oro negro, cuya explotación había comenzado a hacerse intensiva hacía pocos años, y lo utilizaran para dotar al país de actividades capaces de garantizar el sustento de sus habitantes.
Por lo demás, durante estos años y hasta el derrocamiento del gobierno de Medina Angarita, en 1945, Uslar desplegó todos sus esfuerzos en el terreno de la política, bien participando directamente en el gobierno y presentándose ante los electores, bien ejerciendo su influencia en la opinión pública. Desde los inicios del diario El Nacional, en 1943, fue uno de sus más constantes articulistas.
Los títulos mismos que dio a su columna en este medio («Pizarrón»), así como posteriormente a los programas televisivos que dirigió y presentó («Valores Humanos» y «Cuéntame a Venezuela»), delatan su inmenso afán didáctico. Paralelamente a sus actividades políticas, periodísticas y estrictamente literarias, Uslar ocupó diversas cátedras universitarias: las de Economía Política (1937-1941) y Literatura Venezolana (1948) en la Universidad Central de Venezuela, y la de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Columbia, en Nueva York (1947).
De 1945 a 1950 marchó al exilio a Nueva York. Por supuesto, aprovechó su estancia en Estados Unidos para dedicarse más a fondo a su obra literaria, y publicó la novela El camino de El Dorado (1947), el libro de cuentos Treinta hombres y sus sombras (1949) y los ensayos Sumario de economía venezolana y Letras y hombres de Venezuela, ambos en 1948. Pero Uslar no perdonó nunca el golpe de mano contra el gobierno de Medina Angarita perpetrado por la junta civicomilitar encabezada por Rómulo Betancourt y los «adecos».
Ello explica en buena medida su actitud siempre crítica y distante con el poder durante el largo período de la IV República (1958-1998). Durante este período aceptó sólo un cargo oficial, el de representante de Venezuela ante la Unesco, en París, a mediados de la década de 1970. En 1983, cuando estalló la crisis del endeudamiento y se puso de manifiesto por primera vez la hondura del quebranto económico del país, no se mordió la lengua para señalar una de sus raíces más profundas: «Venezuela está cansada del viejo y podrido disco de las promesas populistas con las que nunca ha podido salir adelante. El populismo es, en una proporción inmensa, el causante de todos los resultados negativos que hemos confrontado en estos años».
El prestigio de Uslar Pietri en Venezuela era enorme. Sus opiniones sobre cualquier asunto eran esperadas y, en algunos casos, temidas. Mucho antes de entrar en la vejez vio como sus obras ingresaban en los planes de estudio de colegios y liceos. Todo venezolano nacido en la década de 1950 ha tenido forzosamente que leer alguna página de este escritor. Aguardó en vano el galardón que más codiciaba: el Premio Cervantes. Pero ningún otro escritor venezolano obtuvo como él tantos premios y galardones por su obra narrativa, incluido el premio de novela más prestigioso del ámbito hispánico, el Rómulo Gallegos, y ha sido el único venezolano en recibirlo.
El fallo del jurado del Premio Príncipe de Asturias, que le fue otorgado en 1990 por la novela La visita en el tiempo, reconoció en Arturo Uslar Pietri al «creador de la novela histórica moderna en Hispanoamérica, cuya incesante y fructífera actividad literaria ha contribuido señeramente a vivificar nuestra lengua común, iluminar la imaginación del Nuevo Mundo y enriquecer la continuidad cultural de las Américas». Uno de los miembros del jurado, el novelista mexicano Carlos Fuentes, juzgó que Uslar ha forjado «una concepción moderna de la novela, ofreciendo las sombras y las luces del proceso histórico», y que es el precursor de una concepción de la literatura en la que se reconocen otros autores, como el premio Nobel colombiano Gabriel García Márquez.
CUANDO YO SEA GRANDE
—Tú no eres papá mío, se lo dije, tú no eres papá mío para que me pegues. ¿Tú sabes lo que tú eres?
Hablaba entre dientes, con voz pareja, comiéndose las palabras, con la cabeza metida en el pecho, mirando hacia el suelo, hacia los torcidos zapatos grises llenos de mapas y paisajes de polvo y barro.
—Se lo dije.
El ventorrillero casi no lo oía, ocupado con su cantimplora de café y sus tazas, casi no lo veía, parado contra el marco de la puerta estrecha, bamboleándose de un lado a otro mientras repetía su relato. No le conocía el nombre, pero lo había visto muchas veces, cuando venía y se paraba, como perdido u olvidado, a la puerta del ventorrillo. Era uno de los muchachos del cerro. Parecía que le había preguntado.
—¿Y qué le dijiste?
—¿Qué le dije? Le dije…
El ventorrillero no lo oía, pero él hablaba bamboleándose con la cabeza gacha.
—Le dije: tú no eres mi papá. Tú no eres sino un borracho sinvergüenza.
Con las mismas palabras volvía una y otra vez a la misma escena. El hombre oscuro en la oscuridad de la madrugada que entraba a la choza. Diciendo palabrotas y lanzando salivazos. Decía que los iba a botar a todos, que los iba a matar a todos. Que él no tenía por qué aguantar todo ese bichaje. Empezaba a tirar los peroles del fogón contra el suelo.
Y todo aquello sonaba como si fuera fin de mundo. Él y sus dos hermanas se levantaron de la cama en que dormían. Su mamá se echó la manta por los hombros y trató de hablarle. Pero él nunca oía. Gritaba y gritaba esas palabrotas, esas groserías, esos espantosos nombres que sonaban y sonaban hasta que no se podía oír más nada. Le daba patadas a las sillas. Sus dos hermanas lloraban, su mamá había ido a dar al suelo de un empujón, hasta que él se paró en la puerta y le dijo: “Tú no eres mi papá”.
Saltó para agarrarlo. Si lo hubiera cogido lo mata. Pero él corrió como un conejo, cerro abajo, por entre la gente con sueño que se asomaba a las puertas de los ranchos despertados por el alboroto.
—Tú no tienes papá. Eres hijo de perro, hijo de rata. Bicho sucio. Eso quisieras tú, ser hijo mío. Yo no tengo hijos así. Deja que te ponga la mano encima para que aprendas.
Éste era el peor de los hombres que había venido al rancho a vivir con su madre. ¿Era el peor?
Iba recordando. Había habido aquel camionero que se acostaba temprano y se levantaba antes de amanecer. Casi nada tenía que ver con él y sus hermanas. Se tomaba un café y se iba en lo oscuro a buscar el camión, la carga y la carretera. A veces, de los viajes, traía algo. Papelón, queso y una tarde un periquito, amarrado por una pata. Pero se había ido. Se había ido él y se había ido el periquito.
Había habido otros. Alguno, allá lejos, cuando él no podía recordar debió haber sido su papá.
A la madre, alguna vez, cuando no estaba cansada, o brava, o hablando con alguna vecina, o empezando a vivir con otro hombre, le había preguntado:
—¿Quién es mi papá?
Nunca le contestó del mismo modo. Una vez le dijo que era un vendedor de billetes y que no lo volvió a ver. Otra vez que era un señor decente con sombrero, corbata y zapatos lustrosos. Otras veces le decía que era el diablo.
—Tú eres hijo del diablo. Por eso eres tan malo.
La ciudad empezaba donde terminaba el cerro. Las últimas calles rectas y pavimentadas, de casas en hilera, con postes y con zaguanes, topaban con las primeras veredas, con los primeros racimos de ranchos, con los primeros montones de casuchas que daban traspiés en recodos y cuestas, entre escalones mal construidos, resbaladeros por donde rodaban los muchachos persiguiéndose y montones de basura de todos los colores.
A veces se metía por la ciudad. Donde empezaban los automóviles, las vitrinas de las tiendas, los pitos de la policía y el resonar de las rocolas en los bares. En algunas vitrinas había aparatos de televisión encendidos. Se podía quedar largo rato embebido mirando los vaqueros que perseguían otros vaqueros a tiros. O aquellos besos de nunca acabar que unos hombres buenos mozos y bien vestidos les daban a unas mujeres lindas.
A veces se paraba en la puerta de un cine y pedía. Le daban algunas monedas. Pero no faltaba gente brava que no le daba nada y encima le decía:
—Los niños no piden.
Pero esto tampoco pudo durar. Al segundo día vino un grandullón, mal encarado y le dijo:
—Si sigues pidiendo aquí te vas a llevar tu cabillazo.
Tenía cara de cumplir su amenaza. Lo acompañaban dos o tres muchachos que oían con respeto.
—Aquí no pueden pedir sino los míos. Tú no tienes derecho. A menos que entres en el arreglo.
Le explicaron el arreglo. Tenía que dar la mitad de lo que lograra al grandullón. Así lo hacían todos los otros. Poco pudo durar en este trabajo. El grandullón estaba pendiente de lo que les daban. Al terminar la entrada o la salida del cine se iban a un solar vacío cercano y sacaban las cuentas.
Metían la mano en el bolsillo y extendían en las dos palmas las monedas.
—Una para ti, una para mí.
Pero se le antojó aquel día darle una bofetada que lo hizo rodar por el suelo.
—Me estás raspando.
—Yo no. No es verdad, quiso decir, pero no le dieron tiempo. El grande y los otros estaban sobre él dándole puños y patadas. En la carrera se le cayeron las monedas que tenía en las manos. Cuando alcanzó la esquina, se detuvo un momento, quería decirles algo.
—Cuando yo sea grande…
Cuando yo pueda pegar más fuerte que tú, cuando yo pueda meter más miedo que tú, cuando tú y todos los tuyos me tengan que tener miedo, entonces vas a ver…
Cuando yo sea grande podré ir a las calles de las mujeres. Caminan y se tongonean parándose en los zaguanes y debajo de los faroles. O entran con hombres en aquellos botiquines con gruesas cortinas de pepas que no dejan ver hacia el interior. Pero él asomaba la cabeza por debajo y las veía sentadas, mostrando los muslos y los senos, tomando licores verdes y rojos, pegadas a unos hombres que parecían cansados.
—Hijo de puya, tan chiquito y estás viendo las mujeres.
Se retiraba apresurado del quicio por donde había asomado la cabeza. Corría hasta la esquina y se paraba junto al poste. No lo tomaban en cuenta porque era chiquito y no tenía dinero. Los hombres grandes cargaban dinero, bebían en las cantinas y agarraban sin miedo a las mujeres. Pero él se asomaba y fisgoneaba. Oía las risas, las palabrotas y veía los trozos pálidos de muslo desnudo. Ya él sabía lo que era ser hombre.
Escupía con desenfado, lanzando el escupitajo a lo lejos y decía a alguno de los otros muchachos.
—De esas mujeres la mejor es la turca. Yo lo sé. No ve que yo he visto mucho.
Recogía una colilla y la encendía. O cuando tenía con qué compraba una locha de cigarrillos rubios. Había aprendido a fumar como los hombres grandes. Por eso lo botaron de la escuela del barrio.
—Tan chiquito y fumando.
Había pedido permiso para ir al excusado y le abrieron la puerta y lo encontraron con el cigarrillo encendido.
Tanto escándalo por un pedazo de cigarrillo. Si ellos supieran. Él conocía más.
Pablo, el que había cantado en la televisión, le ofreció un día un pito de marihuana. Eso sí es de verdad. Pablo era alto, flaco, siempre muy bien vestido y con el pelo muy brillante. Era cantante. Él decía que cantaba en teatros y en fiestas elegantes. Y hasta un día salió en un programa de televisión. De eso hablaba siempre.
—Si uno no está metido en la rosca se friega. Por eso es que yo no pude seguir en la televisión.
Pablo parecía muy amanerado.
Vivía en una casa de vecindad cerca del cerro. Un día le dijo que entrara para que oyera un disco suyo. Allí fue que le ofreció el pito. Puso el disco. Se sentó en el suelo a su lado y comenzó a tararear la canción que estaban oyendo. Sacó el pito y lo encendió.
—¿Sabes lo que es?
No sabía, pero contestó afirmativamente.
—¿Quieres probar? Es maravilloso.
Probó. Le supo a trapo quemado. Tosió y se quedó mirando a Pablo que parecía transportado en un estado de plácida satisfacción.
Le había agarrado una mano con su mano caliente y un poco temblorosa.
—¿No te gusta?
Le tendió el otro brazo por el hombro. Comprendió de pronto y se puso de pie de un salto.
—¿Eso era lo que querías, desgraciado?
Pablo se asustó y trató de calmarlo.
—Pero si no era nada. ¿Qué te pasa?
“¿Qué me pasa?”. Era indignación y náusea lo que sentía. Ganas de escupirlo. Atreverse con él. Qué creía que era él. Aquel Pablo envaselinado y oloroso.
Pero otros días se hacían largos porque no pasaba nada. Siempre venía a dar al carrito del vendedor de perros calientes. Se paraba a verlo servir a los parroquianos como hipnotizado. Lo veía sacar el pequeño pan abierto, tomar con una pinza, del fondo humeante, una salchicha de un rojo increíble. Colocarla en la ranura del pan y empezar a poner sobre ella, con infinita delicadeza, hilos rojos de crema de tomate, sal espolvoreada, gotas de picante y grumos blancos y espumosos de salsa alemana. La boca se le hacía agua viendo al comprador dar los primeros mordiscos. Con las manos en los bolsillos parecía buscar una moneda que sabía que no estaba.
Aquél que estaba allí comprando había vivido en el rancho con su mamá. El hombre le respondía con la boca llena de comida.
—¿Y tú quién eres?
—Guá. El hijo de Ramona.
—¿De Ramona? ¿Qué Ramona?
Qué Ramona. Hubiera tenido que explicarle. Hablarle del rancho, de los otros hermanos. De la hermana mayor. Por la hermana mayor fue que su mamá tuvo que pelear con él. Siempre se quería quedar solo con la muchacha.
—Mejor es que sea yo y no un vagabundo de por ahí, que tú ni sabes quién es.
Pero ahora ni lo veía ni lo oía.
—¿Qué Ramona?
Tenía la boca llena de alimento y por las comisuras le chorreaba la salsa blanca del perro caliente. Haciendo caminos y veredas.
El cerro estaba lleno de caminos y veredas. Eran trochas entre los ranchos que se torcían a un lado y otro como cansadas y que de pronto parecían derrumbarse por una cuesta. Pero todas llevaban a las mismas encrucijadas sucias o a los comienzos de las calles de cemento. Se daba vueltas y siempre se volvía al mismo punto.
Varias veces había pensado en irse. Pero ¿adónde y cómo? Cerca pasaban las autopistas que llevaban lejos hacia otros pueblos y otras gentes. Desde por la mañana se veía desfilar la ristra de camiones y automóviles. Todos iban rápidos. Por la noche continuaba el desfile entre las luces encendidas, el zumbido lejano de los motores y el deslizamiento de las ruedas. Era mucha la gente que salía. Sobre los cargamentos de sacos llenos y de racimos de plátanos iban tumbados algunos hombres. Y a veces algún muchacho. Despernancados, durmiendo, mientras el camión se iba metiendo hacia lo que estaba lejos y que desde allí no se podía ver.
Si un camionero lo tomaba de ayudante, o simplemente le daba permiso para subirse sobre la carga, se iría rodando en el día y en la noche por caminos y caminos. Viendo otros camiones y otras gentes que regresaban o que se desviaban para otros rumbos.
Pero no habría camionero que quisiera llevar a un muchacho tan chiquito como ayudante. Él había visto hombres fuertes doblados debajo de un fardo. Y si lo tomaban dónde iba a quedarse. Parado en alguna esquina, sin saber adónde ir, como estaba ahora, como estaba todos los días en alguna vereda del cerro.
Había una época del año en que desde lejos se veía la gran carpa del circo, inflada en medio de un terreno abierto. La carpa era color de león. O los leones estaban vestidos con pedazos de la carpa. Y olía a cagajón. Había caballos grandes y chiquitos y unos retratos de payasos con enormes caras blancas manchadas de rojo. Lo más que podía hacer era dar vueltas en torno a la carpa y mirar las jaulas de los animales y un elefante viejo, medio doblado, amarrado por una pata a una cadena, que registraba entre el polvo con la trompa y recogía papeles para comérselos.
Era una vez al año y después desaparecía el circo. Un día veía desde el cerro para abajo y ya había desaparecido la carpa. Si se acercaba lo que quedaba eran papeles viejos, pedazos de cajones, envoltorios de caramelos y pilones de cagajón llenos de moscas.
No había dejado de ofrecerse a alguno de aquellos hombres con botas y látigo que salían de la carpa.
—¿No necesita un muchacho para ayudar?
No. ¿Quién iba a necesitar un muchacho. Un muchacho como él. Flaco, sin fuerza y que no sabía hacer nada?
Ya habían cerrado el ventorrillo. Caminando sin rumbo fue mirando como iban cerrándolos todos. Siempre era el mismo camino por donde quiera que tomara. Toda la noche parecía llenarse de luces solas arriba y abajo. Las del cielo y las de las autopistas.
Por delante de él trotaba un perro. Siempre eran los mismos perros. Los podía reconocer todos. Tomó una piedra y se la lanzó.
Era la hora de la noche en que las luces parecían más altas limpias y quietas. Como si se hubieran puesto más solas. La ciudad parecía aquietada y más lejana y las veredas del cerro aparecían vacías y más grandes.
Llegaba un viento frío que anunciaba la madrugada. Las pocas voces que se oían parecían lejanas. Un canto de borracho. Un aullido, que se iba adelgazando en la distancia, de perro apedreado. El crujido lejano de un frenazo de automóvil.
Caminaba dando vueltas. Vueltas que lo iban acercando a la casa de la madre. Lo sabía pero seguía marchando lentamente, deteniéndose, escarbando con el pie en los montones de basura, lanzando una mirada al interior penumbroso de los ranchos con las puertas abiertas.
Cuando ya iba más cerca, vio brillar algo en el suelo. Como un chispazo de luz que había saltado. Se apresuró para ver qué era. Era un cuchillo viejo, sin mango, mellado, respingado hacia arriba en la punta. Le pasó el dedo gordo por el filo. Todavía tenía filo. Se lo metió en la cintura, pegado al cuerpo. Sintió el frío de la hoja, pero después ya se puso del calor del pellejo.
Ahora tenía un cuchillo. Los que no tienen cuchillo respetan a los que tienen cuchillo. Basta sacarlo y amenazar. “Con cuchillo no”. “¿Con cuchillo no?”. Cuando se saca el cuchillo todos lo ven. No ven otra cosa. Ni la mano, ni la cara, ni el cuerpo. No ven sino el cuchillo. Como cuando alguien saca un revólver. Él había visto sacar un revólver. Todo el mundo se callaba. El que apuntaba y el que estaba apuntado. Y los tiros sonaban menos de lo que uno podía esperar. Sonaban como si fuera lejos. Y la gente empezaba a correr y a esconderse.
Por eso decían: “Ese está armado, ten cuidado”. Ahora él estaba armado. En toda la vereda sola, en toda la noche sola, caminando por aquellos recovecos que llevaban a la casa.
Bajó por un zanjón que le pareció distinto y se encontró frente a la casa. Creía que estaba más lejos.
Adentro todo estaba quieto y oscuro. Sacó el cuchillo y lo apretó con fuerza. Asomó la cabeza por la puerta entrejunta. En la cama estaba el hombre durmiendo. Boca abajo, con un brazo descolgado que tocaba el suelo. Medio desnudo. Roncaba como si se estuviera ahogando. Se le veía todo el cuello gordo descubierto desde la nuca hasta el hombro. Al lado, boca arriba, sin ruido, estaba su madre. En los colchones del suelo se veían las formas de sus hermanas.
Ahora el espacio parecía más grande. Él era el más alto. A todos los veía desde arriba.
Se fue acercando al camastro muy poco a poco. El hombre se sacudía con los ronquidos. Con el cuchillo apuñado se inclinó sobre él. De un solo golpe le podía abrir todo el pescuezo. No tendría tiempo ni de gritar. Él saldría corriendo cerro abajo, o cerro arriba. Buscaría donde esconderse, o donde irse. Buscaría.
Fue entonces cuando se encontró con los ojos de la madre que lo estaban viendo.
—¿Qué fue?
Hablaba bajo con temor de despertar al hombre.
—Dame eso. Estás loco.
Suavemente le tomó el cuchillo. Se lo entregó sin fuerza.
—Vete a acostar que ya va a ser de día.
Caminó hacia su rincón. Tropezó con una de las hermanas que refunfuñó semidormida. Se tendió boca arriba en un pedazo de manta. Se metió una mano en la boca, mordió con fuerza y comenzó a llorar sin que lo oyeran.
AUTOR: ARTURO USLAR PIETRI (VENEZUELA)
FUENTE – AGRADECIMIENTO
Biografías y Vidas – Biografía Arturo Uslar Pietri
Tomás Fernández y Elena Tamaro. «Biografia de Arturo Uslar Pietri» [Internet]. Barcelona, España: Editorial Biografías y Vidas, 2004. Disponible en https://www.biografiasyvidas.com/biografia/u/uslar.htm [página consultada el 15 de abril de 2026].

Equipo Escritores Rebeldes
