En la ciudad, los edificios de vidrio reflejan un cielo permanentemente gris; las personas importantes nunca hablan de poder en voz alta. Lo administraban. Lo heredaban.Lo esconden detrás de empresas, fundaciones y acuerdos que jamás aparecían en registros públicos. Allí, en los niveles más altos de aquella maquinaria invisible, existe una organización conocida solo entre ciertos círculos como MANDRAGORA.
Sin bandera. Sin ideología. Solo tiene continuidad.
Y para MANDRAGORA, el mundo no debe cambiar. Debe mantenerse estable, aunque para lograrlo fuera necesario destruir vidas en silencio.
Serena Valcari conoció a Lucien Orvek durante una reunión privada en la costa de Nareth. Ella trabajaba en manipulación financiera internacional. Él supervisaba operaciones de inteligencia corporativa. Ambos eran jóvenes, brillantes y demasiado disciplinados para confiar en alguien. Tal vez por eso se entendieron tan rápido.
La atracción entre ellos no nació de la ternura. Nació del reconocimiento. Cada uno veía en el otro la misma frialdad elegante, la misma costumbre de ocultar pensamientos detrás de frases medidas.
Las primeras conversaciones estuvieron llenas de omisiones. Ninguno decía exactamente qué hacía. Ninguno preguntaba demasiado.
En MANDRAGORA, la curiosidad excesiva era vista como una debilidad.
—“El mundo funciona porque ciertas personas toman decisiones difíciles” —dijo Lucien una noche, mientras observaban el puerto desde una terraza iluminada por lámparas doradas.
Serena sostuvo la copa entre los dedos.
—“El mundo funciona porque alguien paga el costo de esas decisiones”.
Lucien sonrió apenas.
—“Eso también”.
Con el tiempo, comenzaron a compartir pequeños secretos. Nunca lo suficientemente completos para volverse vulnerables. Una cuenta bloqueada en otro continente.
Un senador comprado años antes. Un científico desaparecido tras negarse a colaborar.
Fragmentos. Siempre fragmentos. Se enamoraron de la misma forma en que operaban: cuidadosamente. Sin entregarse del todo. Sin bajar completamente las defensas.
Cuando Serena quedó embarazada, Lucien guardó silencio durante varios segundos antes de reaccionar. No parecía sorprendido. Parecía preocupado.
—“¿Qué ocurre?” —preguntó ella.
Lucien observó la ciudad detrás del ventanal.
—“En MANDRAGORA no existen las familias normales.
Serena entendió lo que quería decir. Los hijos no eran solo hijos. Eran activos potenciales. La niña nació durante una tormenta eléctrica que dejó media ciudad sin energía. La llamaron Lyta. Lucien sostuvo a la recién nacida con una incomodidad casi imperceptible, como si no estuviera acostumbrado a tocar algo tan frágil. Serena lo observó desde la cama del hospital privado.
—“Tiene tus ojos” —dijo.
Lucien negó suavemente.
—“Espero que no tenga nuestro tipo de vida”.
Pero ambos sabían que eso era imposible. Porque MANDRÁGORA no olvidaba los vínculos. Los administraba.
Lyta creció rodeada de lujo silencioso. Escuelas privadas. Idiomas aprendidos antes de los diez años. Entrenamiento psicológico disfrazado de educación avanzada.
Desde pequeña entendió que ciertas preguntas no debían hacerse.
¿Por qué cambiaban constantemente de residencia?. ¿Por qué su madre desaparecía semanas enteras?. ¿Por qué había habitaciones de la casa donde no podía entrar?
Nadie respondía directamente.
—“Hay cosas que comprenderás cuando seas mayor” —repetía Serena.
Y Lyta aprendió pronto que aquella frase significaba otra cosa: No insistas.
Lucien era más distante. No cruel. Simplemente… inaccesible. A veces desaparecía durante meses y regresaba con el rostro más cansado, como si hubiera envejecido años en pocos días.
Una noche, cuando Lyta tenía doce años, lo encontró sentado solo en la cocina.
Parecía mirar algo que no estaba allí.
—“¿Papá?”.
Lucien tardó en reaccionar.
—“Deberías dormir”.
Lyta dudó antes de hablar.
—“¿Tú eres una buena persona?”.
La pregunta quedó suspendida entre ambos. Lucien soltó una risa breve. Vacía.
—“En nuestro mundo, esa pregunta no sirve de mucho”.
Cuando cumplió dieciséis, MANDRAGORA comenzó a observarla oficialmente.
No era una ceremonia de iniciación. Ni un evidente reclutamiento. Era más sutil.
Evaluaciones psicológicas encubiertas. Entrenamientos especializados. Personas que aparecían “casualmente” para medir sus reacciones.
Lyta comprendió rápidamente que estaba siendo moldeada.
—“Tienes aptitudes excepcionales” —le dijo una mujer llamada Azelis durante una sesión privada.
—“¿Para qué exactamente?”.
Azelis sonrió.
—“Para sobrevivir donde otros no pueden”.
La entrenaron para leer microexpresiones, manipular conversaciones, detectar patrones financieros y resistir interrogatorios prolongados. Le enseñaron idiomas, protocolos de vigilancia y métodos para destruir evidencia sin dejar rastros. Pero hubo algo que nunca lograron enseñarle del todo. La obediencia absoluta.
Porque Lyta hacía preguntas. No siempre en voz alta. A veces solo dentro de su cabeza. Y en organizaciones como MANDRAGORA, la duda era una grieta peligrosa.
La primera vez que vio morir a alguien tenía diecinueve años. Un empresario acusado de filtrar información sensible. La operación debía parecer un accidente cardíaco.
Limpia. Eficiente. Sin emociones.
Lyta observó desde el vehículo mientras el hombre caía lentamente sobre su escritorio. Nadie habló durante varios minutos. Finalmente, el agente a su lado dijo:
—“Un problema menos”.
Lyta miró por la ventana. Y sintió algo inesperado. No era culpa. Más bien, vacío.
Esa sensación la persiguió durante semanas.
—“¿Es normal?” —preguntó una noche a Serena.
Su madre dejó de leer inmediatamente el libro que tenia en sus manos.
—“¿Qué cosa?”.
—“No sentir… nada”.
Serena sostuvo su mirada durante un largo instante.
—“Sí”.
Pero ambas sabían que estaba mintiendo.
Con los años, Lyta se convirtió en una de las operadoras más eficaces de MANDRAGORA. Sabía adaptarse. Mentir. Desaparecer. Podía entrar en una sala y detectar quién ocultaba miedo, quién deseaba poder y quién estaba dispuesto a venderse por ambos.
Era brillante. Precisa. Y cada vez más peligrosa. Pero también comenzó a notar inconsistencias. Operaciones justificadas con argumentos contradictorios. Personas eliminadas no por ser una amenaza real o incomodidad política. Crisis económicas inducidas deliberadamente para beneficiar alianzas privadas.
Una noche, revisando archivos clasificados, encontró el nombre de su padre. No en una lista de agentes activos. En un informe disciplinario. El documento estaba incompleto, pero bastó para comprender; Lucien había cuestionado una operación años atrás.
No públicamente. Solo internamente. Había dudado. Y en MANDRAGORA, dudar equivalía a volverse inestable.
Cuando enfrentó a Serena, su madre permaneció en silencio varios segundos.
—“¿Qué ocurrió con él realmente?”.
Serena cerró lentamente la carpeta que estaba leyendo.
—“Hizo preguntas equivocadas”.
—“¿Lo mataron?”.
—“No oficialmente”.
Lyta sintió un nudo en el estómago.
—“¿Y tú lo permitiste?”.
Serena bajó la mirada por primera vez en muchos años.
—“No pude detenerlo”.
Aquella respuesta destruyó algo dentro de Lyta. No porque confirmara la muerte de su padre. Sino porque entendió el verdadero alcance de MANDRAGORA. En la organización no exigía lealtad. Exigía renuncia emocional.
A partir de entonces comenzó a observar todo de otra manera. Las reuniones.
Las órdenes. Las sonrisas cuidadosamente vacías de quienes controlaban el sistema.
Y empezó a notar el miedo. No el miedo de las víctimas. El miedo interno. El de quienes sabían demasiado y aun así seguían obedeciendo.
Porque MANDRAGORA sobrevivía gracias a eso. Al temor de quedarse fuera.
Azelis fue la primera en sospecharlo.
—“Estás distraída” —le dijo durante una evaluación.
—“Estoy cansada”.
—“No. Estás pensando demasiado”.
Lyta sostuvo la mirada sin responder. Azelis inclinó apenas la cabeza.
—“La duda destruyó organizaciones enteras antes”.
—“Tal vez porque tenían motivos para dudar”.
El silencio se volvió peligroso.
Días después, Lyta descubrió que sus accesos estaban siendo limitados. La observaban. Como antes habían observado a Lucien. Comenzó entonces a reconstruir fragmentos del pasado de su padre. Archivos borrados. Transferencias ocultas. Comunicaciones incompletas. Y cuanto más descubría, más evidente se volvía una verdad incómoda:
Lucien no había traicionado a MANDRAGORA.
Simplemente había comprendido demasiado tarde lo que realmente era. No un sistema de protección. Era una máquina diseñada para perpetuarse a sí misma. La duda empezó a consumir a Lyta de manera silenciosa. No podía confiar en nadie. Ni siquiera en su madre.
—“¿Por qué nunca huiste?” —preguntó una noche.
Su madre parecía agotada.
—“Porque después de cierto punto ya no sabes quién serías fuera de todo esto”.
Aquella frase permaneció en la mente de Lyta durante días. Comprendió entonces el verdadero horror de MANDRÁGORA No era la violencia u operaciones clandestinas.
Era convertir la identidad de las personas en algo inseparable de la organización.
Hasta que abandonar significara desaparecer.
La orden final llegó meses después. Debía eliminar a un antiguo analista que había intentado filtrar información confidencial. Un procedimiento simple. Rápido.
Cuando recibió el expediente, el pulso se le alteró. El objetivo había trabajado junto a Lucien años atrás. Lyta permaneció inmóvil observando la fotografía.
Y por primera vez desde que tenía memoria, no supo qué hacer.
Aquello era exactamente lo que MANDRAGORA más temía. La incertidumbre.
Porque un agente que duda empieza a imaginar alternativas. Era capaz de imaginar alternativas para dejar de ser completamente controlable.
La noche antes de la operación, Lyta regresó sola al viejo apartamento donde había vivido de niña. El lugar estaba vacío. Cubierto de polvo y silencio. Encontró una caja escondida detrás de una pared falsa. Dentro había documentos. Notas incompletas. Reflexiones dispersas. Y una frase escrita a mano:
“Nos enseñaron que el poder protege. Nunca nos dijeron qué ocurre cuando el poder empieza a protegerse solo a sí mismo”.
Lyta cerró los ojos.
Afuera, la lluvia comenzaba a caer. La ciudad seguía brillando como si nada pudiera tocarla. Pero debajo de aquella elegante superficie, las grietas ya existían. Pequeñas. Silenciosas. Imparables. Y por primera vez en toda su vida, Lyta entendió que tal vez la duda no era una debilidad. Tal vez era lo único humano que quedaba dentro de un sistema construido para borrar precisamente eso.
AUTOR: FRANCISCO ARAYA PIZARRO (CHILE)
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Francisco Araya Pizarro. Nacido en 1977 en Santiago de Chile, Artista Digital, Diseñador Gráfico Web, Asesor en Marketing Digital y Community Manager para empresas privadas y ONGs asesoras de las Naciones Unidas, Crítico de Arte, Cine, Literatura, además de Investigador. Y Escritor de Ciencia Ficción, donde en su blog comparte sus relatos cortos en: www.tumblr.com/franciscoarayapizarro
