COLUMNA DOMINICAL
FERNANDO SALVÓ EL DOMINGO
Por: Julián David Rincón Rivera (Colombia)
Correo electrónico: electrónico: rinconriverajulian@gmail.com

Es martes, el cielo es gris, afuera llovizna. El día es lento, tedioso y pesado. Es de esos días donde las cosas no funcionan. Estos días ocurren de vez en cuando y eso está bien, es normal, a todos nos toca. Hago un esfuerzo para la columna del domingo y este esfuerzo es como el día: lento, tedioso y pesado. Miro por la ventana. Siempre que lo hago, hay alguien paseando un perro, pero hoy no hay nadie. Ni perros, ni carros, ni personas. Me quedo allí viendo cómo cae la lluvia, cómo el viento sacude ligeramente el árbol al otro lado de la calle. No pasa nada. Me siento en la silla frente al computador, doy vueltas en ella. No pasa nada. En estos días, la tentativa de dejarse vencer es muy alta. Antes yo me dejaba vencer. Cerraba la hoja de Word y me ponía hacer otra cosa. Jugar un videojuego, ver una película, escuchar música, o simple y llanamente pasar el día en internet. Si la cosa no funciona, no pienso esforzarme, así de simple.
Hoy es de esos días en los que me hubiera dejado vencer, sin embargo, no quiero hacerlo. No quiero dejar la hoja de Word así, incompleta, olvidada e ignorada deliberadamente. Quiero luchar, intentarlo, hacer un esfuerzo. Sé muy bien que estos ejercicios esforzados no terminan con un gran resultado. Entonces, si el resultado no es fructífero, ¿para qué intentarlo? Quiero hacerlo, hacerlo bien, pero sé que hoy no puedo hacerlo bien. Aun así, dejar el ejercicio es un fracaso que no puedo tolerar.
¡Vaya dilema!
Nunca he querido que esto se vuelva una cosa compleja, difícil, trabajosa y tediosa. Si algo procuro en mi ejercicio es que sea grato y placentero. Si deja de serlo, consideraría dejarlo. Al menos por un tiempo. El problema es que tengo un compromiso con la revista, además del reto de Bradbury. Seguramente, esta es una de esas malas historias, un mal esfuerzo. Tampoco puedo suponer que todo debe ir sobre ruedas, que todo sea favorable, placentero y agradable. Nadie dijo que sería fácil. Sufrir también es parte del proceso. Creo que es necesario desarrollar esa curiosa habilidad para disfrutar de ese sufrimiento. Algunos lo hacen, o eso dicen. Me gustaría preguntarles: ¿Cómo lo hacen?
En días como hoy predominan las dudas e inquietudes, se respira un aire de incertidumbre y negacionismo. ¡Hoy es el día de los fatalistas! Diría Cesar Vallejo, aunque lo de fatalistas parece algo exagerado. Aun así, me siento como una mierda al no poder hacer eso que quiero hacer. Entonces se me ocurre algo, pero ese algo es apenas una frase o una idea. Eso no me sirve. Necesito que la idea siga de largo, se apodere de mí, que sea como esos borrachitos que uno les da cuerda con una pregunta y ya después nadie los calla. Una vez más, divago en el vacío y el silencio.
Miro a la gata dormir sobre una almohada. Ella sabe que la observo. Abre esforzadamente sus ojos. Pestañeando me observa, bosteza, se estira, vuelve a bostezar, se vuelve a acomodar y sigue durmiendo. Se toma muy enserio lo de dormir. Parece que lo disfruta y, sobre todas las cosas, parece tener un dominio total sobre esta actividad. Me gustaría escribir con la facilidad con la cual la gata duerme. Creo que fue Bukowski el que dijo que no todos los días se podía escribir. Me gustaría contradecirlo. Sin embargo, esa persuasión, guardada en esa frase dicha hace ¿qué, veinte, treinta, cuarenta años? Aún tiene poder y vigencia. Es increíble, que las palabras dichas en el pasado sigan influyendo en el presente, en este martes donde la gata duerme, afuera llueve y yo intento refutar a Bukowski.
Estancado en la silla observando la parsimonia de la gata y cómo la tarde gris se va haciendo oscura noche. No necesito ver la hora para confirmar que el día se está acabando. Bukowski ha ganado. Dejo el ejercicio en Word y abro un videojuego. En ese momento, Fernando me escribe por WhatsApp. Hemos hablado en un par de ocasiones después de la feria. Me pregunta en qué momento estoy disponible para una llamada. Le digo que estoy disponible en ese momento. Hablamos un poco de su libro, de la presentación de la Filbo. A Fernando le gustó la crónica de la presentación de su libro. Aunque ya lo había mencionado en algún mensaje, no me lo había dicho personalmente. Es extraño. Cuando empecé a escribir, nunca llegué a imaginar que aquello que escribiría le gustaría a un escritor. Lo hice por mera curiosidad. No sabía que se sentía, ni que esperar, ni que me encontraría. No sabía qué se necesitaba, ni qué condiciones, requerimientos o exigencias. Solo quería arremedar a esos que había leído y me habían fascinado. Quería copiar su poder y su influencia. Me impresionaba mucho el hecho de que, solo por medio de la palabra escrita, una persona llegara a influir en la vida de otra, hasta el punto de obligarlo a imitarlo. Con una agenda y un esfero en la mano, pensé que sería como amarrarse los zapatos, cepillarse los dientes, vestirse, ver la televisión, o sentarse a comer algo. Esa primera vez no supe qué hacer. Claro que había escrito antes, pero no lo había hecho de esa manera. Es decir, de forma intencional y consciente. Allí me di cuenta de que tenía que pensar en muchas cosas. De igual forma, descubrí que no sabía nada de nada. Tenía mucho que aprender y hacer.
Que un escritor diga que le gusta lo que yo escribo, especialmente en este día, tiene un efecto extraño que Fernando explica muy bien mientras hablamos. Es muy agradable cuando alguien más reconoce el trabajo y esfuerzo personal. Además de llenar y motivar, te empuja a seguir adelante, seguir esforzándote. Es como si su llamada hubiera disipado todas las dudas que venía arrastrando durante el día. Que los esfuerzos valen la pena, que los intentos no son del todo desestimados. Me hubiera gustado confesarle que hoy me siento inseguro, que tengo miedo, dudas, pereza y desconsuelo. ¡Que soy persona, a fin de cuentas! Que soy escritor, igual que él, o eso intento, pero hay días que no puedo, no llego. Días en que me siento como ese primer día: ingenuo, inmaduro e incapaz. Días en que no sé qué hacer y al final termino por no hacer nada. Bukowski ha ganado. No se lo digo. No parece pertinente.
La llamada de Fernando me dice que Bukowski no siempre tiene la razón, que algunos días se pierde, pero no todos los días se puede perder. Mañana, seguramente, recordaré lo que ocurre hoy. Lo haré con algo de gracia y alegría, aunque hoy no le encuentre la gracia. Me reiré, y tal vez lo hago con él al lado, compartiendo anécdotas, curiosidades y experiencias, aunque en este respecto él tenga muchas más cosas que decir. Él me felicita por la crónica. Yo lo felicito por su libro. Agradece mi presencia en la presentación. Le digo que desde el momento en que leí que hablarían de Cortázar prometí que no me lo perdería. Además, le comunico mi inquietud y curiosidad por el universo amoroso de Cortázar, el cual desconozco por completo.
Fernando tiene la intención de regresar a Bogotá en algunos meses, en lo que será un evento para discutir su libro. Espera aprovechar la oportunidad para poder encontrarnos en persona y hablar de manera más tranquila y amena. Me sugiere tener su libro leído para esa ocasión. Es curioso. Ayer, justamente, terminé el libro que estaba leyendo. Para hoy tenía pensado empezar uno sobre Charles Manson. Que la llamada de Fernando modifique mis planes lectores es una genialidad que no se puede explicar con simples palabras. Él admite que el libro es largo y la letra de la edición es pequeña. No creo que esto sea impedimento alguno. Sin nada más que agregar, nos vamos despidiendo. Fernando me alienta en ese esfuerzo que es escribir. De igual forma, me dice que cuento con él como un amigo para todo lo que necesite. Simplemente le doy las gracias. Después de colgar, siento un poco de vergüenza, algo de remordimiento mezclado con entusiasmo. Cierro el videojuego que ya aparece en la pantalla del computador. Retomo la hoja de Word y empiezo a escribir. Todo fluye, todo vuela, todo anda con una ligereza y simpleza natural.
Las palabras de Fernando tuvieron un efecto casi mágico en mi estado de ánimo. Ahora, estoy convencido. Reconozco que fue él, realmente, quien salvó la columna del domingo.
AUTOR: JULIÁN DAVID RINCÓN RIVERA (COLOMBIA)
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Julián David Rincón Rivera, segundo de dos hijos, nacido en Bogotá, Colombia el 7 de abril de 1994. Profesional de Cultura Física, Deporte y Recreación.
Lector apasionado, escritor por elección, músico por diversión.
Cuenta con tres publicaciones antológicas con la editorial ITA, además de dos publicaciones en proceso, también de carácter antológico, con factor literario y la editorial mítico.
Con varias publicaciones en revistas de américa latina, encuentra en la escritura el mejor sustento para su vida.
Instagram: @relatero_literal
