En la ciudad, las flores crecían incluso sobre el concreto agrietado. La ciudad tenía esa clase de belleza enferma que sólo poseen los lugares demasiado húmedos para morir del todo. Las lluvias llegaban sin aviso, los edificios parecían cubiertos por una capa permanente de musgo y las antiguas avenidas industriales terminaban devoradas lentamente por raíces que surgían desde las alcantarillas. Por las noches, cuando la niebla descendía desde el río, Verena Fabra, también conocida como “Belladonna” parecía menos una ciudad y más un invernadero abandonado por Dios. Fue allí es donde decidió construir su trampa.
El club “Orquídea Negra” olía a perfume caro, vino dulce y humo de tabaco importado. Las conversaciones se movían en voz baja entre políticos corruptos, contrabandistas y empresarios abominablemente ricos para preocuparse por la ley. En el escenario principal, donde una cantante de jazz interpretaba canciones melancólicas bajo luces verdes, Belladonna observaba el salón con una copa de absenta entre los dedos. Vestía un traje color esmeralda que parecía reflejar la iluminación tenue del lugar. Su cabello oscuro y rebelde caía sobre los hombros como una cascada brillante, y alrededor de ella siempre existía un aroma difícil de describir.
Algo entre flores nocturnas y veneno.
—“Sigues pensando en él” —dijo una voz masculina.
Verena sonrió apenas sin apartar la vista del salón.
—“Todo depredador piensa en la presa que escapó”.
El hombre se llamaba Arthur J. Vane, traficante de productos químicos y uno de los pocos socios capaces de tolerar el temperamento de Verena.
—“Dicen que nadie puede atrapar al Fantasmagórico —comentó.
Ella finalmente bebió un sorbo de absenta.
—“La gente confunde inteligencia con paciencia”.
El hombre conocido como “El Fantasmagórico” llevaba más de dos años destruyendo operaciones ilegales de Belladonna. Nadie sabía exactamente quién era. Algunos aseguraban que había trabajado para la inteligencia militar, por su forma estratégica de moverse, con artes marciales mixtas. Otros creían que era un detective desaparecido durante la investigación sobre un político corrupto. Había incluso quienes afirmaban que no era un hombre, sino varios utilizando la misma identidad.
Pero todos coincidían en algo: Cuando aparecía, alguien terminaba perdiéndolo todo.
Belladonna lo odiaba de una manera particularmente íntima. Porque seis meses antes,
El Fantasmagórico incendió uno de sus laboratorios clandestinos en el distrito industrial. Las llamas consumieron años de investigación genética. Plantas alteradas. Esporas experimentales. Compuestos biológicos imposibles de recrear. Pero lo peor no fue el dinero o el tiempo perdido. Fue la humillación.
—“Entró solo” —recordaba ella con frialdad mientras observaba las luces del club—. “Como si el lugar ya le perteneciera”.
Desde entonces, atraparlo dejó de ser negocio. Se convirtió en obsesión personal.
Belladonna había dedicado gran parte de su vida al estudio botánico. No desde universidades respetables, sino desde mercados negros farmacéuticos, laboratorios privados y expediciones ilegales a selvas donde crecían especies desconocidas.
Aprendió algo importante: “Las plantas son más pacientes que las personas”.
No necesitaban correr. Ni gritar. Ni disparar armas. Simplemente esperaban. Y tarde o temprano todo terminaba cayendo en sus raíces.
La idea del invernadero nació semanas después del incendio. Compró discretamente un antiguo jardín botánico abandonado en las afueras de la ciudad. El lugar llevaba décadas cerrado después de una plaga que arruinó gran parte de las instalaciones. Perfecto para trabajar sin curiosos alrededor.
Durante meses transformó aquel sitio en algo distinto. Algo vivo. Mandó construir sistemas de irrigación. Instaló conductos ocultos para liberar esporas químicamente alteradas. Cultivó plantas carnívoras modificadas mediante hormonas experimentales. Lianas sensibles al movimiento. Hongos capaces de inducir parálisis temporales. El sistema de seguridad ideal
Todo cuidadosamente diseñado como un ecosistema hostil. Un jardín construido para devorar intrusos.
—“¿Y cómo piensas atraerlo?“ —preguntó Arturo una noche mientras recorrían el lugar. Belladonna acarició suavemente una flor azulada cuyos pétalos parecían respirar.
—“El Fantasmagórico tiene un defecto”.
—“¿Cuál?”.
Ella sonrió.
—“No soporta ver a otros atrapados”.
La trampa comenzó con desapariciones. Personas vinculadas al mercado negro secuestradas en distintos sectores de la ciudad. Pequeños delincuentes. Contrabandistas menores. Informantes. Todos conectados discretamente con operaciones destruidas anteriormente por El Fantasmagórico.
Belladonna sabía que investigaría. Y sabía exactamente hacia dónde terminaría llegando. La noche elegida, la lluvia golpeaba los ventanales del antiguo jardín botánico como dedos impacientes. Dentro, el invernadero parecía otro mundo. Una selva artificial iluminada por lámparas verdes y violetas. Plantas gigantescas colgando de estructuras metálicas oxidadas. Flores abiertas como bocas húmedas. Esporas brillando en el aire. Todo hermoso. Todo profundamente incorrecto. Belladonna observaba desde una plataforma superior cubierta por enredaderas. Escuchó finalmente el sonido esperado. Pasos. Lentos. Cuidadosos. El Fantasmagórico había llegado. Vestía su habitual abrigo oscuro empapado por la lluvia exterior. La luz verdosa del invernadero deformaba parcialmente su figura mientras avanzaba entre senderos cubiertos de vegetación.
No parecía nervioso. Eso irritó inmediatamente a Belladonna. Había hombres armados escondidos. Plantas capaces de inmovilizar animales grandes. Toxinas suspendidas en el ambiente. Y aun así, él seguía caminando plácidamente como si visitara un museo.
—“Pensé que serías más difícil de atraer” —dijo ella utilizando altavoces ocultos.
El Fantasmagórico levantó apenas la mirada.
—“Pensé que tus trampas serían más originales”.
Belladonna sonrió.
—“Todavía no empieza la parte interesante”.
Entonces las luces cambiaron. Lianas vivas descendieron violentamente desde estructuras superiores. El suelo comenzó a liberar esporas amarillentas. Varias flores enormes se abrieron al mismo tiempo, expulsando una niebla dulce y espesa. El Fantasmagórico reaccionó rápido, pero no lo suficiente. Una de las lianas atrapó su brazo. Otra rodeó sus piernas. Cayó de rodillas entre raíces húmedas mientras las esporas cubrían lentamente el aire.
—“Ahí estás” —susurró Belladonna.
Descendió elegantemente por las pasarelas metálicas hasta quedar frente a él.
El Fantasmagórico respiraba con dificultad. Las pupilas ligeramente dilatadas. Perfecto. Porque el verdadero centro de la trampa no eran las plantas. Eran las feromonas. Compuestos biológicos diseñados para alterar voluntad, percepción y respuesta emocional. Belladonna llevaba años perfeccionándolos. En pequeñas cantidades podían generar confianza. En dosis altas… Obediencia.
—“No luches” —dijo acariciando suavemente el rostro del hombre atrapado—. “El jardín ya te aceptó”.
El Fantasmagórico levantó lentamente la mirada hacia ella. Y entonces ocurrió algo inesperado. Sonrió. No fue una sonrisa grande. Ni desafiante. Peor. Una sonrisa tranquila. Como si acabara de entender algo divertido. Belladonna sintió un pequeño escalofrío.
—“¿Qué te causa gracia?”.
El hombre tardó unos segundos en responder.
—“Tus mezclas químicas”.
Ella entrecerró los ojos.
—“¿Qué pasa con ellas?”.
—“Casi funcionan”.
Aquella frase cambió algo en el ambiente. Belladonna retrocedió apenas.
Por primera vez desde el inicio de la trampa, sintió incertidumbre. El Fantasmagórico tosió ligeramente antes de continuar hablando.
—“Usaste demasiada concentración floral”.
—“Imposible”.
—“Las feromonas se saturaron entre sí”.
Belladonna intentó responder, pero entonces comprendió el verdadero problema.
Él seguía consciente. Demasiado consciente.
Durante semanas había perfeccionado la fórmula utilizando pruebas químicas limitadas. Pero jamás pudo experimentar correctamente sobre sujetos expuestos a estrés extremo. Y El Fantasmagórico llevaba años entrenando precisamente para resistir manipulación psicológica.
—“Aun así estás atrapado” —dijo ella intentando recuperar control.
El hombre volvió a sonreír.
—“Eso también fue parte del problema”.
Entonces ocurrió.
Las luces del invernadero parpadearon violentamente. Un sonido metálico recorrió las tuberías superiores. Belladonna giró alarmada.
Demasiado tarde.
El Fantasmagórico había fingido debilidad desde el principio. Mientras ella hablaba, logró liberar discretamente una mano utilizando una cuchilla oculta en la manga.
Y durante los últimos minutos estuvo manipulando los controles hidráulicos conectados a los sistemas de ventilación.
—“¿Qué hiciste?” —preguntó ella.
El hombre levantó la mirada hacia los enormes conductos suspendidos sobre el invernadero.
—“Abrí el invierno”.
Gas frío comenzó a descender violentamente desde las tuberías industriales. Una niebla helada inundó el lugar. Las plantas reaccionaron inmediatamente. Las especies tropicales modificadas por Belladonna dependían de humedad y calor constantes.
Las hojas comenzaron a cerrarse. Las lianas perdieron movilidad. Varias flores se marchitaron en cuestión de segundos. Las esporas químicas también colapsaron. Cristalizándose lentamente en el aire helado. Belladonna intentó correr hacia los controles principales, pero el frío estaba afectando ya sus propios compuestos biológicos. Las piernas le temblaban. La visión comenzaba a nublarse.
Lo último que vio antes de perder el conocimiento fue al Fantasmagórico alejándose tranquilamente entre la blanca niebla del invernadero. Como una sombra atravesando un jardín moribundo.
Despertó horas después. El silencio era absoluto. Las luces principales estaban apagadas. Gran parte de las plantas habían muerto por el cambio brusco de temperatura. El invernadero parecía ahora más un cementerio húmedo. Belladonna se incorporó lentamente entre hojas congeladas y raíces ennegrecidas. Entonces vio el billete. Descansaba cuidadosamente sobre una maceta destruida. Un boleto ferroviario hacia Nova Central. Y escrito detrás, con tinta negra elegante, había una frase breve:
“Gracias por el paseo botánico.”
Durante varios segundos simplemente observó el papel. Sin moverse. Sin respirar casi.
Después comenzó a reír. Una risa baja. Extraña. Casi cansada. Porque comprendió algo doloroso: El Fantasmagórico no había destruido realmente el invernadero. Ella misma lo había hecho. Su obsesión. Su necesidad de controlar cada variable. Su arrogancia química. Todo aquello terminó convirtiendo el jardín en una prisión para sí misma.
Los periódicos jamás hablaron del incidente. Oficialmente, el jardín botánico sufrió un accidente industrial provocado por sistemas de calefacción defectuosos. Pero en la ciudad comenzaron a circular historias. Historias sobre una hermosa mujer construyendo selvas imposibles para atrapar fantasmas. Historias sobre plantas que susurraban nombres humanos por las noches. Historias sobre un hombre de abrigo oscuro escapando siempre sonriendo.
Semanas después, Arthur J. Vane encontró a Belladonna trabajando sola entre restos marchitos del invernadero.
—“Todavía puedes reconstruirlo” —dijo él.
Ella observó las raíces muertas cubriendo el suelo húmedo.
—“Sí”.
—“Entonces, ¿qué ocurre?”.
Belladonna tardó en responder. Finalmente, levantó el pequeño billete ferroviario que todavía conservaba guardado.
—“Las plantas son simples, Arthur”.
—“¿Simple?, ¿Después de todo esto?”.
Ella asintió lentamente.
—“Sólo crecen hacia donde existe luz”.
Miró entonces el jardín destruido alrededor. Y por primera vez en mucho tiempo comprendió que algunas obsesiones funcionan exactamente igual que ciertas plantas venenosas:
Parecen hermosas mientras florecen. Hasta que terminan asfixiando todo lo que las rodea.
AUTOR: FRANCISCO ARAYA PIZARRO (CHILE)
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Francisco Araya Pizarro. Nacido en 1977 en Santiago de Chile, Artista Digital, Diseñador Gráfico Web, Asesor en Marketing Digital y Community Manager para empresas privadas y ONGs asesoras de las Naciones Unidas, Crítico de Arte, Cine, Literatura, además de Investigador. Y Escritor de Ciencia Ficción, donde en su blog comparte sus relatos cortos en: www.tumblr.com/franciscoarayapizarro
