COLUMNA DOMINICAL
COLOMBOOKS
Por: Julián David Rincón Rivera (Colombia)
Correo electrónico: electrónico: rinconriverajulian@gmail.com

Mucha gente aprendió a usar Google Meet y Zoom durante el confinamiento por la pandemia de COVID-19. De igual forma, las tiendas y comercios tecnológicos agotaron rápidamente sus existencias de cámaras y micrófonos. La realidad se hizo virtual ante la prohibición del contacto social. Muchos solo se arreglaban de cintura para arriba, otros hicieron de sus mascotas la atracción de las sesiones virtuales, otros tantos se quejaron de ansiedad, depresión y estrés a razón del encierro y el aislamiento social. Muchas cosas ocurrieron durante el confinamiento. Una de las más llamativas fue esa costumbre común (casi norma) de utilizar la biblioteca personal como fondo en todas las interacciones virtuales. Se priorizó en contextos laborales o académicos. Algunos lo acompañaban con algún instrumento musical o un elegante cuadro decorativo. Otros más prácticos se limitaban a utilizar una imagen de una biblioteca cualquiera que encontraban en internet. Pueden existir tantas razones como personas para este comportamiento, sin embargo, la psicología sugiere que este acto transmite orden y profesionalismo. En lo personal, siempre me pareció un acto banal, arrogante y estúpido, en especial aquellos que se esforzaban porque un título en especial, un volumen en concreto apareciera en un lugar visible y al alcance de la cámara. Mucha gente anunciaba a gritos con sus ostentosas bibliotecas lo cultos, sabios e inteligentes, lo preparados y letrados que eran. Vestían corbata, peinados de gomina, rostro limpio, sonrisa reluciente. Mientras tanto, en el fondo de la habitación, aparecía él o ella en pijama, ropa deportiva o paños menores. Los más despreocupados se aparecían en bola. Contenido para adultos en horario familiar.
Lo que realmente me interesan son los libros. Todos esos libros detrás de las cámaras, detrás de las reuniones, de las enseñanzas, de las labores, objetivos y propósitos. Esos libros parecían sombras estancadas en el tiempo. Amigos o amores olvidados en el pasado. Unos ordenados de tal y cual manera, otros amontonados de cualquier manera. Todos esos libros acumulando tiempo, años, polvo y olvido. Siempre me pregunté cuántos de esos libros eran leídos realmente, cuántos de esos libros se abrían por primera vez, cuántos ojeados, disfrutados, sufridos, ignorados, dejados o simple y llanamente olvidados. En muchos contextos y lugares una biblioteca es una mera ostentación, una decoración o un mueble más que adorna la casa y llena espacios vacíos. En estos contextos virtuales, pura banalidad. Tenía la sospecha de que muchos de esos libros tan orgullosamente ordenados y presentados eran simples secretos para sus dueños, personas que por una u otra razón se negaban la posibilidad de darle algo más a esos libros que el simple hecho de servir de decoración. Tenía la sospecha de que muchos de esos libros habían sido metidos en esos estantes para no volver a abrir sus hojas nunca jamás. Era injusto.
“La gente no se da cuenta de cómo un libro puede cambiar sus vidas”. Malcolm X tenía algo más que simplemente la razón.
Tenía mis propios libros. Los tenía guardados y organizados con el propósito de crear mi propia biblioteca. Les tenía mucho aprecio y cariño ya que me permitieron descubrir y aprender cosas que muchas otras cosas nunca lograron hacer. Eran mis libros y los tenía para mi provecho. Allí descubrí lo patético y egoísta de esta premisa. Un libro está hecho para ser leído. Entre más veces se lea un libro, mucho mejor. Entre más personas lean un libro, mejor aún. Qué valía más: ¿Guardar todo ese poder y conocimiento para mí mismo, o dejar que otros lo aprovechen y disfruten tanto como yo lo hice?
No me lo pensé dos veces. Al día siguiente, tomé una mochila que casi nunca utilizaba y la llené con mis libros. Así fue como arrastré toda mi “biblioteca” a mi lugar de trabajo. Los colocamos en el espacio de uno de los estantes, donde estaban los dulces y las golosinas, donde la gente los pudiera ver. No dije nada, a la espera de la reacción de la gente. La mayoría simplemente los ignoró. Unos pocos se acercaron a la vitrina a “chismosear” los nombres de las solapas. Fueron muy pocos los que preguntaron la razón de ser de esos libros. A esos curiosos los premiamos con un libro.
—Le regalamos un libro a todo aquel que pregunte por ellos.
Fue ciertamente triste y doloroso reconocer que a la gente poco, casi nada le importaban y le interesan los libros. Se llevaron unos pocos volúmenes. Una de esas personas, en forma de agradecimiento por el regalo, trajo sus propios libros.
—Escoja el que quiera.
Escogí uno de Faulkner.
Los días fueron pasando y, sin querer queriendo, mis libros se habían quedado estancados en el estante de las golosinas, como una decoración más en mi lugar de trabajo. Allí se hubieran quedado, acumulando polvo, mugre y migajas de olvido e indiferencia de la gente si no hubiera llegado aquel hombre.
Cierto día, un hombre entró y pidió tinto. Se sentó en una de las mesas que da a la pared donde están pegadas varias frases que había sacado de mis lecturas.
—Están muy bacanas las frases —dijo el hombre, con un claro acento paisa que lo delataba.
Al decirlo, reconoció los libros en el estante de las golosinas. Se acercó y los detalló.
—Tiene aquí muy buenos títulos —dijo—. ¿Es que están vendiendo los libros o qué?
Le expliqué al hombre el propósito y la función de los libros.
—¿En serio hermano? —dijo sorprendido— Hombre, que bacano.
Así fue como conocí a Felipe.
Felipe es un filósofo que trabaja con una editorial de Medellín llamada Esquina Tomada. Lector apasionado y amante de las letras. Le invité otro tinto y algo más para acompañarlo.
—Así solo con el tintico está bien mi hermano —dijo.
Esa tarde hablamos un poco de literatura, filosofía y algo de poesía. Preguntó por mis escritores de cabecera. Le mencioné a Bukowski, Camus y Cortazar. Yo le devolví la pregunta. Me respondió con unos nombres que no conocía. Al intercambiar ideas y opiniones sobre la literatura, Felipe dijo algo que me llamó la atención.
—Esto es lo bacano de los libros; son capaces de establecer lazos y hermandades en la gente…
Felipe aprovechó la oportunidad y les echó una ojeada a mis libros. Escogió lo mejorcito que tenía. Realmente, Felipe sabía de literatura. Algunos de los libros que se llevó me dolieron, tengo que admitirlo. Escogió siete u ocho libros. No lo recuerdo bien. Los guardó en una bolsa reutilizable de tela que ahora se usan para hacer mercado. Prometió volver con algunos libros de su propia colección para hacer un intercambio. A los dos días volvió con la misma bolsa de tela, el mismo entusiasmo y ese acento paisa tan característico que tiene. De la bolsa sacó unos libros de unos escritores que no conocía: Jack Kerouac, Heinrich Boll, Knut Hamsun, Amélie Nothomb, Sándor Márai. Además, me regaló un volumen de una revista de literatura antioqueña con un apartado especial de Louis-Ferdinand Céline.
—Ya que le gusta tanto Bukowski, puede que le interese este volumen.
Le di las gracias. Era verdad, los libros eran capaces de establecer vínculos donde ninguna otra cosa es capaz de hacerlo. Después de aquello, seguimos en contacto, especialmente por WhatsApp. Le preguntaba concretamente por recomendaciones literarias. Él me ofrecía sus sugerencias. Un día me dijo que estaba desarrollando un proyecto relacionado con libros.
—Si el proyecto sale, ¿Le gustaría ser parte?
Le dije que sí.
Pasó algo más de un año. No hablábamos con mucha frecuencia. Pensé que lo del proyecto no había salido adelante, hasta que un día me llamó y me confirmó la noticia. Felipe confesó que la propuesta que había implementado en mi lugar de trabajo lo había inspirado. Él formalizó la idea. La bautizó, le creó identidad, buscó alianzas, apoyos e inversión. Le dio alcance, viabilidad, propósito y objetivo. Le agregó la seriedad y credibilidad que le hacía falta. Así fue como nació ColomBooks.
Felipe se las ingenió para crear las “bolsilleras”. Una especie de cartelera hecha con fibras de fique que sirve de exhibidor y muestra para los libros. Todo aquel que quiera acoger el proyecto paga un monto cercano a los ochenta mil pesos colombianos (lo que cubre el costo de la bolsillera). Además de la bolsillera, se le entrega un primer lote de libros, donados por la editorial Esquina Tomada, para que la bolsillera sea ubicada en una zona común y tenga sus primeros ejemplares para su funcionamiento.
—La idea es que la gente utilice la bolsillera. Que se lleven los libros y dejen sus propios libros para que otros los lean. Es acercar a la gente a los libros, crear comunidad, crear lazos.
Compramos la bolsillera y a los pocos días nos llegó el paquete con los libros donados. La ubicamos en un lugar visible y la llenamos de libros. Sinceramente, no tenía muchas expectativas. Aun así, la cosa funcionó. A las dos semanas después de colocar la bolsillera, ya se habían llevado todos los libros donados. Coloqué mis propios libros, asegurándome, claro está, de tener siempre algo de Bukowski. Una mañana, un vecino del sector, el administrador del parqueadero, detuvo su compra para detallar la bolsillera.
—¿Estos libros están a la venta?
No señor. Son un obsequio. Le expliqué a detalle el objetivo de la iniciativa.
—Me gusta —dijo él—. Estoy retomando la lectura. Me refiero a la lectura en libros. Ahora leemos muchas cosas de forma digital, pero no es lo mismo.
Efectivamente, no es lo mismo. El man le echó ojo a Bukowski.
—¿Le gusta Bukowski? —pregunté.
—Lo he escuchado. Me han dicho que es muy interesante. Aun no leo nada de él.
Le dije que se llevara el libro. Dudo un poco. Creo que no terminaba de convencerse de que el libro fuera un obsequio. Dijo que estaba terminando un libro. Cuando lo terminara, vendría por Bukowski.
—Lléveselo de una vez hermano —le advertí—. Puede que cuando vuelva, Bukowski ya no esté.
Se lo llevó. Era Hollywood. Interesante novelilla autobiográfica de Bukowski. Si bien era una atractiva forma de arrancar con Bukowski, no era de lo mejor del viejo. A los pocos meses me compartió su impresión.
—Usted tiene buen gusto.
Quedó fascinado con Bukowski. Le dije que, desde mi perspectiva, Hollywood no era de lo mejor de Bukowski.
—¿A no? —dijo— ¿Cuáles libros debería leer de Bukowski?
Le dije que, para mí, son seis los libros indispensables de Bukowski: Pulp, Mujeres, Shakespeare nunca lo hizo, La máquina de follar, Peleando a la contra y El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco.
A los pocos días, volvió con Hollywood. Le tenía listo La máquina de follar. Se sorprendió con la portada. Le dije que, a mi gusto, ese libro tenía el mejor relato de Bukowski. Le seguí compartiendo libros de Bukowski. Ahora mismo, lo tengo en el cuarto o quinto volumen, a la espera de más y otros escritores que le he recomendado.
Como él, muchas personas se han acercado a la bolsillera no solo a llevarse libros a su casa. Mucha gente, impulsada por la iniciativa, se llevan los libros, los leen, y los traen de vuelta para que otras personas los lean. Otros se los llevan y los regalan a alguien más. Algunos traen libros de sus bibliotecas y los comparten para que otros tantos se animen a leerlos. Poco a poco, se ha creado comunidad. Los libros se mueven como si de pan caliente se tratara. Algunas personas parecen aun escépticas.
—¿Por qué los regalan? —preguntan.
—¿Por qué no hacerlo? —les respondemos.
AUTOR: JULIÁN DAVID RINCÓN RIVERA (COLOMBIA)
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Julián David Rincón Rivera, segundo de dos hijos, nacido en Bogotá, Colombia el 7 de abril de 1994. Profesional de Cultura Física, Deporte y Recreación.
Lector apasionado, escritor por elección, músico por diversión.
Cuenta con tres publicaciones antológicas con la editorial ITA, además de dos publicaciones en proceso, también de carácter antológico, con factor literario y la editorial mítico.
Con varias publicaciones en revistas de américa latina, encuentra en la escritura el mejor sustento para su vida.
Instagram: @relatero_literal
