Sarta de mensajes en letreros vagabundos que, si no fuera porque nos hacemos los de la vista gorda sobre el andar los veríamos como eslogan o como alternativas de negocio en fachadas y muros, pegados en postes, en los clasificados de los periódicos o en la mano extendida de gritones que hacen las veces de anunciantes.
Estos pequeños carteles podrían considerarse faltos de ideas, ridículos, hechicería, burla o rechazo: “No hay bar que por bien no venga”, “Tumbo brujerías”, “Con solo el nombre le atraigo al amor de tu vida”, “Alejo malos vecinos”, “Teñimos ropa, absoluta reserva”; “Sí hay desayunos”, “Cojo goteras”, “Se doman suegras”, “leo el tabaco”, “Siga al piso 3 que la mejor garganta profunda está ahí”. O como el aviso de una barbería esquinera que atiende a los clientes en un establecimiento de dos pisos que advierte que: “Se motila arriba y abajo”.
Lo cierto es que estos epígrafes podrían disfrutarse leyéndolos, aunque sea por curiosidad; no rompen ningún corazón y vienen cargados de gestos de ciudad, personajes ejemplares, miserias inéditas e historias nuevas, frescas o rechazables.
Hablando de romper corazones, el mío ni siquiera se volvió trizas cuando un diario sensacionalista de la capital con un avisito de esos, tituló a cuatro columnas la flagelación de mi padre en un letrero rojísimo con el que, acaso, presumió exclusividad. La desgracia no debería ser privilegio.
Pero si la gente no lee un simple papelito pegado en una pared, menos se afanará por pasarle las páginas, para leerlas, a la obra de Cervantes, Edgar Allan Poe, Jean Austen o cualquiera otro autor clásico de la literatura.
Mi patria parece una máquina de producir anuncios y letreros nocivos, la mayoría ideados por el despotismo burlón del pastor que el rebaño eligió para que le envolviera fuerte el hocico y lo cabresteara mansamente.
La vida es una aventura tan apasionada que no deberíamos ignorar las fricciones de los hombros al caminar. Los vertederos sociales no necesitan que se lo fumen leyéndoles el tabaco, tampoco le hace falta que le “desoculten” la intimidad examinándoles las “rayitas” de las manos. Lo que necesita el mundo es no simular sonrisas y no encoger ridículamente el entrecejo sin que le hayan solicitado siquiera préstamos de moneditas.
El valor de sonreír no está propiamente en la jactancia por tener llena la cartera sino en el encanto de una franca y larga conversación. Como para aguantar los días y cometer sentimentalismos.
AUTOR: JOSÉ LUIS RENDÓN (COLOMBIA)
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José Luís Rendón C. Nació en el Municipio de Argelia (Antioquia) – Colombia. Titulado como Profesional en Comunicación Social. Ha sido corresponsal de prensa alternativa independiente, cronista, periodista y locutor de radio. Cuentos: LEOCADIA, obra ganadora del primer puesto del concurso de cuento “Carrasquilla Íntimo” convocado por El Colegio de Jueces y Fiscales del departamento de Antioquia-Colombia y publicado en la revista Berbiquí. Cuento: EL MONSTRUO DE LA PLATANERA (inédito).
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