A veces, la ciudad parece construida con murmullos. No importa cuántos rascacielos se levanten, cuántas patrullas recorran las calles o cuántos titulares intenten explicar la noche anterior; al final, siempre queda un rumor flotando entre los callejones, pegándose a los transeúntes como niebla tóxica. Y tras cada gran tragedia, surge un mito.
El de aquella década fue sencillo de nombrar, aunque casi nadie se atrevía a decirlo en voz alta: el Hombre Coleóptero.
La historia empezó como empiezan las supersticiones: con un caso que nadie podía resolver. Un guardia nocturno, de apellido Dorson, apareció muerto en uno de los patios del asilo, boca arriba, como si hubiese estado mirando algo brillar en el cielo. Sus manos estaban cubiertas de escarcha, los ojos abiertos, la boca entumecida en un gesto que no lograba parecer un grito. No había marcas de violencia. Solo una extraña textura brillosa sobre su camiseta, como si pequeñas hebras de seda se hubieran adherido a él.
—“Criaturas del alcantarillado, eso es” —dijo un policía joven, intentando sonar convincente.
—“O murciélagos” —añadió otro, sabiendo que ninguno lo creería.
La autopsia no aclaró nada. Y en el asilo… bueno, el asilo no necesitaba excusas para inventar monstruos.
Pero lo que reavivó el mito no fue el cadáver. Fue la cinta.
El archivo apareció en una caja oxidada durante una remodelación parcial de la institución. Tenía una etiqueta escrita a mano: Semana 19 – Registro de Seguridad. El formato era tan viejo que tuvieron que pedir un reproductor antiguo. Cuando por fin lograron que el aparato funcionara, la grabación se interrumpía cada treinta segundos, como si la cinta hubiera sido sumergida en agua. Se oía un ruido suave, un roce, casi como alas frotando. Y al final, una voz femenina, ronca, quebrada, diciendo:
—“Las luces atraen a cierta especie de coleóptero, querido… y yo soy la luz”.
Los forenses la escucharon varias veces. Algunos aseguraban que la voz era una imitación. Otros, que se parecía demasiado a alguien que muchos daban por muerta: la doctora Marianela Duarte. Ella y Dante, su último paciente, habían desaparecido dos años antes, durante el incendio que consumió el lado B del centro psiquiátrico. Nunca se encontraron sus cuerpos, ni sus registros médicos, ni siquiera pertenencias. Solo un informe clínico manchado de humo en el que Marianela había escrito: “Todos los pacientes son libres. Yo también”.
Con el tiempo, ambos se volvieron fantasmas útiles para llenar titulares. Pero la cinta devolvió algo parecido al miedo dormido. En esas noches frías, los guardias empezaron a ver algo. Primero una sombra, luego una silueta. Siempre en los tejados, siempre moviéndose con un ritmo que no era humano. Algunos describían alas. Otros hablaban de ojos que reflejaban la luz como fragmentos de espejo. Uno afirmó haber oído risas infantiles, muy cerca y muy arriba.
El director del asilo prohibió mencionar el tema.
—“La ciudad tiene suficientes leyendas. No necesitamos otra” —dijo.
Pero los rumores no obedecen órdenes.
A veces, cuando la nieve caía lenta y pesada, uno podía mirar hacia la torre norte y ver algo que se encogía contra el cielo, como una figura envuelta en un capullo. La gente empezó a dejar ofrendas improvisadas: linternas rotas, flores secas, cajas de cerillas. No sabían si la criatura era peligrosa o protectora. Solo sabían que existía, y que ninguna cámara lograba captarla por completo. La imagen siempre quedaba borrosa, temblorosa, opaca. Mina tenía veintinueve años y una obsesión por los casos mal archivados. Decía que un periódico solo servía de algo si podía incomodar a quienes dormían tranquilos. Había seguido historias imposibles: la del hombre que nunca envejecía, la del niño que hablaba con las tuberías, la de la mujer que aseguraba que el tiempo se le derramaba por los dedos como aceite.
Pero ninguna la había marcado tanto como el incendio del asilo.
Ella misma había entrevistado a Marianela dos semanas antes de la catástrofe.
—Tenía una sonrisa de alguien que iba a cansarse” —recordaba Mina—. “No de alguien peligroso”.
Después del incendio, Mina coleccionó testimonios. Cada uno contradecía al anterior. Algunos aseguraban que Marianela había huido con Dante; otros, que él la había abandonado; otros, aún que ella lo había asesinado. Nadie sabía nada. Nadie quería saberlo tampoco.
Hasta que aparecieron los murmullos del Hombre Coleóptero.
Para reconstruir la leyenda, Mina entrevistó a Thomas Hargreeves, el último guardia que afirmaba haberlo visto de cerca.
—“No es un hombre” —dijo él, con la voz rasposa de quienes viven más de noche que de día—. “Creo que alguna vez lo fue, pero… ya no. ¿Ha visto un insecto atrapado en una lámpara?. ¿Esa forma que busca la luz como si la necesitara para existir? Pues imagínelo, pero grande. Muy grande. Y triste, si es que un bicho puede estar triste”.
—“¿Te habló?” —preguntó Mina.
—“No… bueno, no con palabras. Pero me miró. Sentí como si… como si reconociera algo en mí. No sé explicarlo. Me dejó pasar, ¿sabe? Yo estaba patrullando la azotea, y él estaba allí, inmóvil, como una estatua rara. Si hubiese querido, me habría arrancado la cabeza. Pero solo me dejó ir. Me observó y se quedó quieto”.
—“¿Qué vio exactamente?”.
Hargreeves tardó en responder.
—“Ojos” —dijo por fin—. “Muchos. Pero uno… uno parecía recordar”.
Mina supo que no conseguiría más.
La noche en que decidió colarse en los terrenos del asilo, el viento arrastraba un olor a metal húmedo. Mina llevaba una linterna pequeña, una libreta y una copia digitalizada de la cinta. Sus editores la habían despedido dos semanas antes por insistir demasiado en el tema. A ella no le importó. Si la verdad no cabía en un diario, encontraría dónde dejarla. Las ruinas del lado B del asilo parecían un órgano muerto, conservado en sal. Las ventanas rotas dejaban entrar la luna como un paciente enfermo, y los corredores, aún llenos de escombros, tenían esa quietud de los lugares donde nadie respira desde hace años. En el lado B, Mina encontró huellas. No eran humanas. No eran de ningún animal que ella conociera. Eran como marcas alargadas, casi lineales, con un patrón repetitivo. Como si algo se arrastrara, pero de forma vertical.
—“Allí” —susurró alguien detrás de ella.
La reportera giró en seco. No había nadie. Pero la voz no había sonado como un eco. Había sonado… cercana. Femenina.
El sótano tenía fama de ser el sitio más antiguo del edificio, construido antes de que el asilo fuera el asilo. Un vigilante retirado le había dicho a Mina que no bajara allí “ni aunque el diablo mismo estuviera dándote indicaciones”. Eso solo la convenció aun más. Los peldaños crujían, pero el sonido se ahogaba en la oscuridad. Algo olía a cera fría, como si docenas de velas se hubiesen derretido y vuelto a endurecer. El aire cambiaba de temperatura sin aviso: un segundo helaba y al otro parecía espeso.
Entonces escuchó el aleteo.
No era un batir rápido, sino un roce suave y repetido, como alas frotándose. Mina apuntó la linterna hacia adelante y el haz de luz tembló sobre las paredes. La piedra tenía marcas. Arañazos.
Y allí, al fondo del pasadizo, una sombra alta se movió.
—“No quiero hacerte daño” —dijo Mina, sin saber si mentía.
La figura avanzó.
La linterna reveló primero las alas: membranosas, translúcidas, plegadas como un abrigo orgánico. Luego el torso, delgado, demasiado delgado. Y por último, el rostro.
No era humano. Pero tampoco era completamente inhumano.
Tenía dos ojos principales, grandes, compuestos, que vibraban con la luz. Y, en medio de ellos, un tercero, más pequeño, que parecía parpadear con una tristeza vieja. La boca era apenas una línea. La piel, como porcelana húmeda.
Y sin embargo…
—“Marianela…” —susurró Mina, sin estar segura de por qué aquel nombre se escapaba.
La criatura inclinó la cabeza. Y entonces habló, no con voz firme, sino con un susurro roto:
—“Las luces… atraen…” —dijo, y su sonido parecía el eco de algo más humano que ella murmurando detrás—. “Las luces atraen a cierta especie de coleóptero, … querido”…
Mina reconoció la frase. El final llegó como un golpe:
—“…y yo soy la luz”.
Marianela Duarte había desaparecido en el incendio. Pero nadie dijo con toda certeza que hubiera muerto.…
Mina, temblando, retrocedió un paso. La criatura también lo hizo, como imitando un gesto aprendido. Su respiración era irregular, casi infantil. No parecía agresiva, pero tampoco controlada. Y cuando parpadeaba, la luz de la linterna la hacía estremecerse.
—“¿Me entiendes?” —preguntó Mina.
—“Entender… es peso… “—respondió la criatura, con esfuerzo—. “Peso… y alas no llevan peso”.
La reportera sintió un nudo.
—“¿Qué te hicieron?”.
La criatura miró el techo, como si las respuestas estuvieran allá arriba.
—“Él… quería… reír” —dijo—. “Yo… quería… ver. Ver más. Ver todo”.
La piel de la criatura tembló, como si debajo hubiera otra forma intentando salir.
—“Marianela… murió. Y algo… la vio. Algo… vino… a buscar la luz”.
Un escalofrío sacudió a Mina.
—“¿Y él?. ¿Dante?”.
La criatura tembló. Su voz cambió: se hizo más aguda, más humana, como si alguien hablara a través de ella:
—“Él… ríe en mí. A veces. Cuando la luz… se quiebra”.
Mina comprendió: no estaba frente a un singular monstruo, sino frente a la cicatriz viva de dos mentes retorcidas atrapadas en un cuerpo nuevo. Una metamorfosis sin control, un renacimiento imposible.
Marianela no había huido.
No había muerto.
Había evolucionado. O algo había evolucionado en ella.
La criatura se acercó a Mina con movimientos torpes, como si quisiera tocarla pero temiera romperla.
—“Luz…” —susurró—. “Traes luz”.
—“Es una linterna” —respondió Mina, tragando saliva.
—“No. Luz… dentro. Igual que antes”.
La criatura levantó una mano delgada y casi transparente. Cuando la luz cayó sobre los dedos, estos vibraron, como las alas de un insecto recién nacido.
—“Déjame mostrar” —dijo—. “Mostrar lo que queda”.
Mina sintió que todo su cuerpo respondía con un temblor involuntario.
—“¿Mostrar qué?”.
—“El final” —dijo la criatura—. “El final que se arrastra por los techos. El final que ustedes llaman… leyenda”.
La criatura tocó su frente. Y Mina dejó de estar en el sótano.
Vio los rascacielos de la ciudad, como si flotara. Vio luces parpadeantes, humo, torres inclinadas. Vio una figura oscura saltando de un edificio a otro. Y vio otra figura, translúcida, siguiéndola: alas desplegadas, ojos brillando como miles de espejos diminutos.
Vio miedo.
Vio hambre.
Vio recuerdos rotos: risas en un consultorio, una mano temblando mientras firmaba un informe clínico, una explosión que lo devoraba todo… y una sensación de liberación tan intensa que dolía.
Y luego, vio algo más:
Un rostro. Una sonrisa. Pero ambos se desvanecían como tinta diluida.
No era él. No quedaba él. Solo quedaban restos.
La visión se rompió en un destello. Mina cayó de rodillas.
—“¿Por qué vuelas por el asilo?” —jadeó ella—. “¿Qué buscas?”.
La criatura tardó en responder.
—“Busco… mi nombre”.
Mina sintió un hilo frío recorrerle el pecho.
—“Marianela…”.
—“No” —susurró la criatura—. “Ella… es eco. Yo… soy… después”.
La reportera contuvo el llanto.
—“¿Y qué quieres de mí?”.
La criatura extendió un ala. Era frágil y hermosa, como un vitral vivo.
—“Que cuentes bien la historia” —dijo—. “Que la luz no se apague… sin que alguien recuerde por qué brilló”.
Mina salió del asilo al amanecer. La nieve caía suave, como polvo.
Se detuvo un instante y miró hacia la torre norte.
Allí estaba: una silueta doblada, quieta, observando la ciudad que la había parido y devorado. Cuando el sol rozó su piel translúcida, las alas brillaron como si estuvieran hechas de luz propia.
La criatura no se movió. Simplemente vigilaba.
Como una polilla ante una lámpara que nunca deja de parpadear.
Mina abrió su libreta, respiró hondo y escribió la primera frase del artículo que nunca enviaría a ningún editor:
“La leyenda del Hombre Coleóptero no nació del miedo, sino del reflejo de lo que la ciudad hace a quienes miran demasiado de cerca su luz”.
Y mientras guardaba su pluma, algo resonó en el aire.
Un susurro.
Una voz quebrada.
Una frase que ya pertenecía a la ciudad:
“Las luces atraen a cierta especie de coleóptero, querido… y yo soy la luz”.
AUTOR: FRANCISCO ARAYA PIZARRO (CHILE)
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Francisco Araya Pizarro. Nacido en 1977 en Santiago de Chile, Artista Digital, Diseñador Gráfico Web, Asesor en Marketing Digital y Community Manager para empresas privadas y ONGs asesoras de las Naciones Unidas, Crítico de Arte, Cine, Literatura, además de Investigador. Y Escritor de Ciencia Ficción, donde en su blog comparte sus relatos cortos en: www.tumblr.com/franciscoarayapizarro
