CRÓNICAS FILBO 2026
NO SABIA QUE SE PODIA HACER TANTO EN LA FERIA DEL LIBRO
Por: Julián David Rincón Rivera (Colombia)
Correo electrónico: electrónico: rinconriverajulian@gmail.com
La feria internacional del libro de Bogotá celebra este año su trigésimo octava edición. Casi cuarenta años promoviendo los libros y la lectura. Como aficionado a los libros y a la lectura, es de suponer que este evento representa un acontecimiento de gran interés e importancia. La realidad es que, hasta la fecha, este evento me daba igual. Nunca me ha interesado seguir tendencias, corrientes, modas o movimientos. Nunca me han interesado los eventos masivos o de gran impacto cultural. Claro que la feria del libro representa una magnífica oportunidad para expandir nuestros conocimientos y ampliar la perspectiva del mundo literario. ¿Debería avergonzarme al admitir que solo he asistido a dos ediciones? Si es que estas experiencias se pueden considerar realmente como asistencias.

Mi primera vez en la feria fue hace aproximadamente diez años. Teníamos un día libre y no sabíamos qué hacer con él. Consideramos ir a cine, a un centro comercial o a un parque a jugar fútbol y comer helado. Queríamos hacer algo, pero estábamos cansados de hacer siempre lo mismo. Alguien dijo que en Bogotá se estaba desarrollando la feria del libro. No sabíamos nada de la feria del libro, solo que era la actividad más importante de libros en el país. No éramos necesariamente unos amantes de los libros, pero era una actividad diferente y novedosa en contraste con todo lo que estábamos acostumbrados. Decidimos ir en Uber. El conductor era un hombre joven que conocía muy bien las calles de la ciudad. Se las supo apañar para eludir los trancones en las vías principales. No demoramos mucho en llegar a Corferias. Habíamos eludido lo que consideramos la principal fuente de demora en nuestro plan. Con entusiasmo y expectativa por lo que sería un día diferente en nuestra cotidiana vida, nos topamos con largas filas de gente para entrar al evento. Tuvimos que caminar aproximadamente tres cuadras para incorporarnos a la fila. Mientras unos compraban las boletas de ingreso, otros hacían fila para ingresar. Por fortuna, la fila se movía rápido. Con las boletas nos dieron unos volantes con la información del evento, la programación y un mapa de Corferias. No conocíamos Corferias, no sabíamos ubicarnos ni teníamos certeza alguna de los pabellones ni de las actividades. Una vez ingresar, hicimos lo que mejor podíamos hacer en nuestras condiciones: perdernos en el primer pabellón que encontramos. La cosa hubiera sido más grata y sencilla de no haber sido por la cantidad de gente que había en la feria. A pesar de que el pabellón era un lugar amplio y de techo alto, el calor era la sensación reinante. La corriente de gente nos empujaba por los pasillos y los caminos que se formaban en medio de los stands de exposición. Cada vez que me detenía a observar los estantes de libros, obligaba a la gente que iba detrás a detenerse. No podía mirar con calma y tranquilidad sin sentir el afán y apremio que venía detrás. En aquel entonces ya empezaba a desarrollar un interés real por los libros. Tenía la intención de comprar algo. Tenía algunos escritores en mente, pero no sabía si los encontraría. En un stand ciertamente ostentoso, pero con poco contenido, vi un rostro conocido en la portada de un libro. Esa fue la primera novela que leí de Camus: La Peste. Seguimos caminando un rato más. Compramos algo para los más pequeños y tomamos una pausa para alimentarnos. Aproveché la pausa para ir a otro pabellón por más libros. Este pabellón era como un Corabastos, pero de libros. Arrumes de libros por un lado y por el otro. La gente se amontonaba alrededor de los stands, miraba los libros, los abrían, los olían. Los vendedores hacían negocio con tres o cuatro personas a la vez. Hablaban, gritaban, discutían. Entre más ingresaba al pabellón, más caótico era el asunto. Si antes, en el primer pabellón sentía calor, en este la sensación de asfixia y de quedar completamente atrapado por la multitud era viva y palpitante. Sin embargo, el entusiasmo y vértigo de encontrar el libro indicado me empujaban hacía adelante. Me gustó el ambiente de este pabellón. Encontré un stand con estantes repletos de libros. Los habían dividido por categorías y géneros anunciados con marcador sobre pedazos de cartulinas cortados a la carrera. Había uno que decía: OSHO EN INGLÉS. Pegué mis narices en uno de los estantes. Vi muchos nombres interesantes en los lomos de los libros. Podía quedarme allí horas enteras observando los nombres en letras de diferentes tamaños y tipografías sobre los coloridos lomos. Habían pasado quince minutos, o tal vez más tiempo. Me estaban esperando. Cogí un libro de Benedetti. Le pregunté al vendedor si tenía algo de Bukowski. Dijo que ya se le había acabado la máquina de follar. No sé por qué me habló de este libro. En su lugar, me entregó uno de color amarillo. Se titulaba Pulp. Esa fue la primera novela que leí de Bukowski.
La segunda experiencia en la feria fue hace aproximadamente cuatro o cinco años. Alguien me invitó. No tenía la intención de ir. Fuimos en carro. Duramos casi una hora tratando de encontrar un parqueadero. Entramos por un ingreso anexo al parqueadero. No había mucha fila para ingresar, pero la cantidad de gente dentro de la feria era escandalosa. La escena se repetía. El tumulto de gente te arrastra por los pabellones. Te empuja, te lleva, te guía. Uno pasea rápidamente la vista por los estantes y mostradores, sin la posibilidad de detenerse un momento a detallar un poco algo que parece interesante. Al ingresar a la feria nos habían obsequiado unos volantes con todas las actividades y el mapa de la feria. En cierto momento nos detuvimos a descansar un poco. Revisamos la programación. Había cosas interesantes. Aunque no conocíamos Corferias, intentamos guiarnos con los volantes. El mapa mostraba todos los pabellones del evento. Lo primero era saber dónde estábamos ubicados. A un lado estaba un pabellón enorme que no tenía especificaciones ni nombre. Al otro lado había una carpa. Más abajo, una plazoleta de comidas. Nos fijamos en la carpa. Dicho escenario estaba destinado para el desarrollo de actividades relacionadas con procesos de paz y cosas por el estilo. En las convenciones del mapa aparecían los nombres de los lugares. Dedujimos que esa era la carpa de charlas de paz. El pabellón que nos interesaba estaba, según el mapa, por la plazoleta de comidas a la izquierda. Fuimos en esa dirección y encontramos el edificio, pero no la entrada. Dimos la vuelta entera. Vimos gente haciendo fila, pero no vimos entrada alguna. Dicen que el que pregunta llega a roma, ¿qué pasa si el que es interrogado es peor de despistado que los que preguntan?
Supuestamente había personas, identificadas con chalecos del evento, que estaban para hacer de guías a los visitantes. No vimos a ninguna persona con chaleco en el evento. Finalmente seguimos las indicaciones de un tipo que estaba comprando algo de beber en un punto de alimentos. Parecía alguien confiable dada la decisión y la certeza con la que hablaba. Seguimos sus indicaciones. Para cuando nos dimos cuenta, estábamos en el arco de la entrada principal de Corferias. Habíamos salido del evento sin darnos cuenta y para volver a entrar teníamos que volver a pagar. Nos fuimos frustrados, cansados, con hambre, sin asistir a ninguna actividad y sin ningún libro debajo del brazo.
Fui a la feria, pero pasé sin pena ni gloria. Fue como si no hubiera ido realmente. Para quien ignora todas las actividades, ofertas y eventos que ofrece la feria, la feria es como ir un fin de semana de paseo: solo una distracción efímera, poco placentera e irrelevante.
Para esta trigésimo octava versión de la feria no tenía la intención de asistir. Me invitaron desde la revista. Dije que sí. Lo que no sabía es que no es cualquier tipo de invitación. Quieren que escriba sobre la feria. Lo primero que hice fue revisar la programación. Aunque oficialmente comienza el 21 de abril, en la página oficial la información de la programación empieza desde el 22 de abril. Así que, oficialmente para mí, la feria comienza el 22 de abril. Las actividades son diarias, continuas y cubren prácticamente todo el día. Eventos y actividades para todas las edades y gustos. Cosas intrigantes e interesantes.
Ese primer día salgo temprano de casa, previendo el tráfico y los contratiempos. La autopista norte, como es costumbre, presenta gran flujo vehicular. Lo que debería tomar alrededor de veinte o veinticinco minutos toma algo más de cincuenta minutos. Mientras espero el Transmilenio, me pregunto cómo sería Bogotá con un sistema de transporte y movilidad como el de Japón. Bogotá no sería lo que es. De igual forma, Transmilenio no sería lo que es si se aplica en otra ciudad, otro país u otro contexto. Mientras viajo en Transmilenio, escuchando todos los rumores de la gente y oliendo sus humores, pienso que el sistema de transporte de una ciudad se contagia de la idiosincrasia de esta. Si se quiere saber qué es una ciudad, hay que viajar en su sistema de transporte para hacerse una idea.
El ingreso al evento se hace por el arco, la entrada principal a Corferias. Eso fue lo que me indicaron. Esta entrada está dividida en tres secciones: entrada general, entrada de acreditación y entrada de invitación. En la entrada general ya hay una larga fila para ingresar al evento. Para el ingreso acreditado, solo es necesario mostrar la acreditación y el documento de identidad para verificar los datos. Nunca he entrado a un evento cultural de manera tan rápida y sencilla. Dentro del evento ya hay algo de movimiento. Todas las personas y organizaciones que se mueven dentro del mismo ultiman detalles para la nueva jornada. Se ve uno que otro grupo de estudiantes uniformados con uno o dos docentes encargados.
La India, país invitado, tiene su propio pabellón en la feria. Es fácil reconocerlo y dar con él. Un hombre de logística que está en la entrada del pabellón me indica que aún no se permite el acceso.
—¿A qué hora?
—A partir de las diez.
Mire la hora: nueve y treinta. A las diez está programada una charla sobre la cultura y la civilización india a la cual tengo pensado asistir. Camino un rato, voy al baño, me siento en cualquier lado y me tomo una avena alpina sabor original con unas galletas club social que compre antes de ingresar a Corferias. Espero que sean las diez. El pabellón está adornado con múltiples infografías enfocadas a las influencias culturales, literarias y de otros indoles de la india. Al único que logro reconocer es a Gandhi. Mientras leo, escuchó el sonido agudo de pruebas de sonido al fondo del pabellón, indicación inequívoca de que la charla está por comenzar. A la entrada de esta sección hay mujer en una mesa. La saludo. Pienso que es la encargada de verificar las credenciales de acceso. Le pregunto si puedo ingresar al recinto a la vez que le enseño la credencial que cuelga de mi cuello.
—Claro —me dice ella, pero ella no está allí para verificar las credenciales.
Dado que los invitados no hablaban español, la organización ofrece la ayuda de unos auriculares que traducen el diálogo.
—¿Quieres los auriculares?
—¿Hablan inglés?
—inglés e Hindi.
Le digo que sí. Me pide un documento para recibir los auriculares. Le doy mi documento de identidad. Ella anota algo en un papel adhesivo que pega al documento. Saca de un cajón los auriculares. Me indica cómo se encienden, cómo funcionan y cómo buscar la frecuencia para las diferentes traducciones. El lugar, a pesar de no ser muy grande, está adornado y decorado de manera muy elegante. La mayoría de la gente, tanto de logística como de organización e invitados, visten de manera elegante, formal y ostentosa. Yo llevo Jean y camisa. Me siento un poco fuera de lugar allí dentro. Una mujer de logística me pide sentarme en las sillas delanteras. No hay mucha gente, solo las dos primeras hileras frente al escenario. En el escenario hay cuatro hombres: dos invitados, un moderador y un traductor. La presencia del traductor sugiere en sí mismo que el uso de los auriculares es innecesario, aun así, en las primeras intervenciones de los invitados, pruebo los auriculares. Los encendiendo y sintonizo la frecuencia que la mujer en la entrada me ha indicado. Solo se escuchaba estática. Cambio de frecuencia varias veces. En una de ellas se alcanza a escuchar algo debajo de toda la estática, pero es confuso e incomprensible. Desisto de los auriculares. Esta acción la veo repetirse en la mayoría de los asistentes que han aceptado los auriculares. Durante la charla se habla de la cultura india, sus semejanzas con la cultura colombiana, el impacto mutuo de ambas civilizaciones y sus influencias literarias. Si bien el traductor hace un gran esfuerzo por describir con la mayor exactitud y veracidad la opinión de los invitados, se nota que le cuesta un poco encontrar las palabras. De igual forma, esa dinámica de intervención seguida de su correspondiente traducción limita mucho la fluidez, el ritmo y la dinámica de la charla. La cosa no fluye, no funciona. Es difícil seguir el hilo conductor de la charla. Algunas personas llegan y otras tantas se van de la sala. No duro mucho tiempo. Salgo de la sala, le devuelvo los auriculares a la mujer y ella me regresa mi documento.
La siguiente actividad comienza en una hora, así que tengo tiempo de sobra para recorrer los pabellones. En el pabellón de ediciones internacionales encuentro un stand con libros de Malcolm X. Me acerco a observar. Una mujer encargada del stand me saluda. Su acento me confirma que es de nacionalidad extranjera. Aun así, habla muy bien español. Me regala un volante con toda la información. Una editorial estadounidense que se enfoca en la publicación de libros basados en la lucha de clases. Es curioso encontrar allí libros que hablan de Cuba, Fidel Castro, el Che Guevara. Es la primera vez que la editorial participa en la feria del libro. Hablamos un rato sobre la importancia de personajes como Malcolm X, Marthin Luther King y James Baldwin. De la sección de ediciones internacionales paso a las ediciones nacionales. Observo con atención y curiosidad el contenido de los stands. Los encargados me invitan a conocer más de sus productos. Una que otra vez me detengo y me dejo provocar por el entusiasmo de sus discursos.
—Venga y curiosea —dice un hombre encargado de uno de los stands.
En una mesa ubicada en el centro de su espacio tienen varios objetos con inscripciones en braille. En el piso se encuentran baldosas con pequeñas protuberancias en forma de círculos y barras que uno encuentra en algunas ocasiones en las calles. Uno de los hombres me explica que estas baldosas son estructuras especiales que sirven como medio para informar y prevenir a las personas con discapacidad visual de ciertos obstáculos o escenarios concretos en las calles. Se trata de una organización con un enfoque inclusivo. No solo manejan ediciones en braille para personas con discapacidad visual. Tienen una extensa variedad de servicios y productos enfocados en la inclusión tales como material didáctico para la formación, señalización, impresión y otros productos que facilitan la inclusión de las personas con discapacidad en la vida cotidiana. De igual forma, ofrecen material didáctico de gran accesibilidad y fácil manejo para que cualquier persona logre aprender el lenguaje de señas.
—Si usted conoce o desarrolla un proyecto enfocado en la inclusión de personas con discapacidad, esta organización lo puede asesorar y apoyar en todo lo que necesite.
Parece algo llamativo, interesante y necesario. Dado editorial sensorial, es el nombre de la organización.
Una charla relacionada con el silencio del castigo en Colombia me llama la atención. Plantea una pregunta que es el centro del debate: ¿Ojalá se pudran en la cárcel? El pabellón donde se desarrolla el debate es exclusivo para charlas y conferencias. Está dividido en pequeñas salas, seis en total. Cada sala cuenta con su propia tarima, su sistema de sonido, su logista, sus sillas y su aforo. Aunque no son totalmente independientes y aisladas una de otra, el sonido de cada sala parece estar meticulosamente ajustado para que no interfiera con las actividades de las demás salas. Hay unas veinte personas aproximadamente esperando. Me siento en la parte trasera de la sala, cerca de la salida. Cinco personas conformaban el grupo de debate. Una de ellas es la moderadora. Cada uno se presenta y describe su formación o campo de acción. Diferentes ramas del conocimiento y experiencias de vida. Todos tienen algo en común: están involucrados, directa o indirectamente, en el mundo carcelario. Cada uno describe y explica su vínculo y relación. Un docente universitario que acerca a sus estudiantes de derecho a conocer la realidad penal de muchos de los presos. Una mujer que administra una biblioteca en un centro carcelario. Otra mujer que viene desarrollando un amplio e interesante proyecto investigativo con énfasis estadístico de los presos y las cárceles del país. Finalmente, un hombre, exconvicto, que pasó catorce años en la cárcel y ahora trabaja con una fundación que apoya y promueve los procesos de resocialización. En un principio, todos comparten una misma opinión acerca del sistema carcelario del país: el constante y sistemático trato inhumano que reciben los presos. Todos y cada uno de los ponentes han logrado evidenciar, desde sus campos de acción y su puesta en escena, esta realidad contada a medias. Sin embargo, es el hombre que ha vivido en carne propia lo que es ser un convicto el que más énfasis y empeño pone en esta situación. Así lo hace saber a todos los asistentes y a los miembros del grupo de debate con el tono de su voz, el énfasis en sus palabras, la convicción y cierto grado de remordimiento que se logra reconocer en su discurso. Ese impulso emotivo lo lleva a proponer una potencial razón que justifica dicho trato: la garantía de seguridad dentro de los centros penitenciarios no necesariamente garantiza el cumplimiento de los derechos humanos. Esta dinámica enmarcada en el debate pone en consideración a toda la sala el enfoque diferencial en el trato de género. No solo se habla de hombres y mujeres. La implementación del término “transgénero” a significado un reto para el sistema carcelario. Datos estadísticos y referencias de anécdotas reales así lo demuestran. Tal vez la más impactante y representativa es el caso de una mujer trans que solicitó la implementación de la eutanasia como respuesta a la difícil y precaria situación que enfrenta en la cárcel.
Si bien todos los miembros del grupo de debate tienen opiniones, posturas y comentarios interesantes y de mucho valor, creo que es el discurso del exconvicto el que más resonancia tiene en la sala. Su experiencia personal no puede compararse con los contactos que el resto de los exponentes han logrado desarrollar desde sus profesiones y posiciones. Es precisamente desde su experiencia personal donde presenta no solo las falencias del sistema carcelario del país, sino de una sociedad ciertamente hipócrita y cobarde que se esconde detrás de opiniones sin fundamento y actitudes injustificadas.
La mujer que direcciona y administra la biblioteca enfatiza el valor e impacto de la cultura dentro del contexto penitenciario. Algo que trasciende mucho más que el simple propósito de garantizar dicha reinserción de la que tanto se habla en discursos políticos y en los noticieros. Si bien no todos los presos se interesan en los libros y la literatura, estos espacios han permitido desarrollar proyectos, impulsados en muchas ocasiones por los mismos presos, que han permitido trascender, de una u otra manera, su condición de encarcelados. Proyectos musicales, artísticos, empresariales y de diversas índoles que no solo les han permitido a estas personas sobrellevar su estadía privados de la libertad. Se refieren iniciativas de carácter empresarial que algunos presos, al cumplir su condena, ejecutan al salir al contexto civil y que representan su sustento y estilo de vida actual. Historias, experiencias, anécdotas, comentarios y opiniones alimentan la idea de la importancia de tratar a los presos como personas que, si bien han cometido algún error, no pueden caer en el perpetuo estigma de ser unos rezagados a nivel social.
Nuevamente, el ponente que más énfasis y criterio parece tener en el escenario es el exconvicto. Habla de la cruel injusticia que viven muchos presos al momento de ser asignados en alguna cárcel o trasladados. Parecen ser la moneda de cambio de negocios, favores, castigos, conveniencias, extorsiones dentro del sistema carcelario. Lo dice ya que, desde su perspectiva, la familia es el oxígeno vital del preso.
—Sin ellos, sin esas dos personas que están allí sentadas en el público, yo no lo hubiera logrado —dice mientras señala al fondo de la sala, con el espíritu abatido y la voz entrecortada por el sentimiento. Dice que él tuvo suerte. Mucha suerte.
—¿Qué pasa con aquellos que no tienen familia? ¿O aquellos a los, por las razones que sean, no pueden ver a sus familias?
Lo explica con datos.
—¿Ustedes saben cuales son los días en los que más motines se presentan en las cárceles?
El silencio del público le responde.
—Los miércoles y los jueves.
La razón es simple. Las visitas familiares y conyugales se desarrollan, comúnmente, los fines de semana. Son entonces los días de mitad de semana cuando los presos parecen perder el poder de dicho oxígeno vital que los mantiene en relativa calma y tranquilidad. Para aquellos a los cuales este privilegio se les es arrebatado, les queda cierto consuelo. El simple hecho de que, al compañero de celda, al colega, al amigo en esa cruda experiencia de vida se alimenta de ese oxígeno vital. Puede que no lo viva en carne propia, pero verlo en ese colega significa un alivio personal. Privar al preso de este alivio a razón de negocios, favores, castigos o simples caprichos de los altos mandos que toman “decisiones” puede ser un delito tan o incluso peor que los cometidos por aquellos que están presos.
Una invitación a replantearnos el concepto, la idea y la opinión que tenemos como sociedad con respecto a los presos. ¿Realmente es el castigo el mejor método para combatir la delincuencia? ¿Es realmente el resentimiento la mejor respuesta que podemos ofrecerles como sociedad a los presos?
JULIÁN DAVID RINCÓN RIVERA (COLOMBIA)
Columnista Escritores Rebeldes

Julián David Rincón Rivera, segundo de dos hijos, nacido en Bogotá, Colombia el 7 de abril de 1994. Profesional de Cultura Física, Deporte y Recreación.
Lector apasionado, escritor por elección, músico por diversión.
Cuenta con tres publicaciones antológicas con la editorial ITA, además de dos publicaciones en proceso, también de carácter antológico, con factor literario y la editorial mítico.
Con varias publicaciones en revistas de américa latina, encuentra en la escritura el mejor sustento para su vida.
Instagram: @relatero_literal
