Pasiones impetuosas ardiendo en un tizón florecido. Retintines AL AIRE desde micrófonos frenéticos y cabinas de radiodifusión delirantes. Desde mi primer micrófono en la Voz de la Independencia, en Medellín, hasta los que vinieron después, ella permaneció siempre como apresada en alguna almohada de la ciudad, frente al radiorreceptor, escuchándome, como pactando su libertad.
Yo emigraba a otras salas de transmisión y ella emigraba también al dial que fuera. Sin duda, aumentaba el largo de sus dedos índice y pulgar para rodear suavemente el interruptor de su aparato de radio, girándolo y haciendo desplazar la aguja hasta sintonizarme. Y ahí se quedaba, casi que, de plantón, escuchándome y sorteando con las transmisiones los desplantes que le hacía cada que le incumplía las citas al café. En la vida fui objeto de una fidelidad radial así.
Cabinas de radio inmersas en este mundo imparable de las tecnologías y las comunicaciones que me satisficieron. Cosas e historias que se dejan contar en las ondas hertzianas: los absurdos de la gente, las maravillas de los políticos, la santidad de un cura, la programación de canciones, la lectura y la vociferación de noticias. No faltaban los reportajes y crónicas fallidas con un resabio inconfeso de alarde o desengaño. Equivocarse en la hora en un mundo de mensajes y entretenimiento que surcaban fronteras y atravesaban montañas hacía parte de esa diversión.
Comunicadores, productores, académicos, ingenieros de sonido y hasta periodistas literarios o improvisados cohabitando y armonizando entre las urnas de transmisión como murallas de la libertad. Después de las emisiones a hurtar un clavel rojo a las carreras por entre la cerca de cualquier jardín para llevárselo a ella. Ahí mismo en el parterre, al pie de las matas saqueadas, los residentes alcanzaron a plantar carteles manuscritos insultándome, sin saber quién era realmente el matón del plantío. Me dijeron en esos avisos “ladrón subnormal”, “siémbrelas, miserable”; “huélalas usted, idiota”.
Cuántas veces pasando de claro en claro intentando hacerle una crónica. Le echaría entonces un vistazo a las plazas y una ojeada a las esquinas de los pueblos para susurrársela al oído por si la volvía a ver. Nunca aprendí a escribir la crónica y tampoco la volví a ver, pero sé que me escuchaba, lo oía todo. No le importaban las embarradas que cometiera ante los micrófonos, pero sí le incumbían mis tropezones y mis fríos a la salida gélida de la radiodifusora. Era de un susurro perfecto y ternura inagotable, ojos resplandecientes, nobleza infinita e inseparable en el dial. Conservaba humedecidos los labios, sin carmesí ni retoques. Su empeine, lírico y odorante, lo atesoraba pulcro y marrullero. Hizo que todos mis delirios se marchitaran. Ahora, bajo el misterio intimidante de su incomprensible fuga, el del puto plantón soy yo. No volví a saquear claveles rojos, aunque aquel jardín tampoco volvió a florecer.
AUTOR: JOSÉ LUIS RENDÓN (COLOMBIA)
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José Luís Rendón C. Nació en el Municipio de Argelia (Antioquia) – Colombia. Titulado como Profesional en Comunicación Social. Ha sido corresponsal de prensa alternativa independiente, cronista, periodista y locutor de radio. Cuentos: LEOCADIA, obra ganadora del primer puesto del concurso de cuento “Carrasquilla Íntimo” convocado por El Colegio de Jueces y Fiscales del departamento de Antioquia-Colombia y publicado en la revista Berbiquí. Cuento: EL MONSTRUO DE LA PLATANERA (inédito).
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